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Sobrevivir escándalos no tiene porqué ser mérito ni credencial para liderar una institución de amplia y profunda significación mundial.
Alrededor del planeta y en torno del fútbol se congregan millones de personas que configuran una especie de gran nación: la nación de los que corren tras una bola en potreros, arenales y estadios; de los que asisten como espectadores al ritual de los partidos y de los que siguen con el alma en vilo las incidencias de cada juego por la radio, los periódicos o la televisión. Es una nación diferente de todas las demás. Abarca todos los continentes, no hace distinciones de raza, religión, preferencia política ni condición social. Siempre está en movimiento porque en algún lugar, a cualquier hora, se desarrolla un partido o alguien se divierte con un balón, aunque apenas trate de imitar el juego de verdad. Y todos los que juegan lo hacen, sin disidencias, conforme a las mismas reglas, que son respetadas universalmente como no lo ha podido conseguir jamás ningún Estado.
La nación inmensa del fútbol se tiene que sentir agraviada y ofendida ante la contundencia de los hechos que condujeron a que la policía llegara a un hotel de lujo en Suiza y se llevara a una serie de altos dirigentes de la FIFA, congregados para renovar el mandato del presidente, que aspiraba a la reelección y que, después de todo, en segunda vuelta y a pesar del escándalo e inclusive de los llamados a que se hiciera a un lado, recibió el poder de seguir a la cabeza de la Federación. También esa misma nación tiene que preocuparse por los juegos de poder internacional en torno a la FIFA, pues llama la atención el hecho de que las detenciones, propiciadas por la Fiscalía General de los Estados Unidos, se hayan producido justo horas antes de la votación, mientras que por otro lado Rusia entra inevitablemente en el escenario, así sea solamente por ser la sede del próximo, cuestionado por algunos, campeonato mundial.
Resulta muy difícil pensar, y aún más creer, que el techo del problema tenga que ser simplemente el de los dirigentes capturados, sobre cuya idoneidad y rectitud se han presentado dudas en la prensa mundial a lo largo de varios años. La responsabilidad tiene que llegar más arriba, porque en todo caso era de esperar que el presidente de la organización hubiera actuado a tiempo para conjurar las actuaciones de las que ahora se viene a ocupar la justicia. Máxime cuando desde hace rato se ha especulado tanto sobre posible falta de transparencia en procesos como los de adjudicación de sedes para los campeonatos mundiales y de derechos para la transmisión de esos y otros eventos. Pero la responsabilidad se puede dispersar también en muchas direcciones, razón por la cual conviene que se investiguen de verdad los procesos que, en torno a las actividades cuestionadas, se hayan dado al interior de cada uno de los países miembros de la Federación.
En todo caso la dirección suprema de una entidad de tanta importancia como la FIFA, que congrega más países que cualquier otra institución privada internacional, no implica solamente el disfrute de los honores sino la diligencia más grande en el propósito de vigilar con extremo cuidado procesos que, después de todo, deben ser presentables ante cientos de millones de seguidores en todos los continentes. El ejemplo del presidente del fútbol mundial, como el de todos los presidentes, juega un papel fundamental en la defensa y la consolidación de unos parámetros morales y éticos que afectan no solamente el ánimo de aficionados y profesionales sino la práctica de ese y otros deportes.
En el comportamiento del reelegido presidente hay por lo menos una cosa difícil de creer y otra difícil de explicar. La primera es la manida disculpa de que no tuvo ni idea de lo que pasaba, porque todo sucedió a sus espaldas; algo que deja mucho que desear en cuanto a su estado de alerta para advertir el rumbo de la nave bajo su comando. La segunda es la de que justamente él es la persona indicada para seguir guiando esa nave en este preciso momento, a pesar de todo lo que pasa y sin perjuicio de que la duda sobre su idoneidad siga creciendo.
Parecería que estamos ante un nuevo ejemplo de alguien capaz de salirse con la suya y quedarse en el puesto contra viento y marea, pero no en el papel del gran capitán que lucha contra las olas de la adversidad o de la injusticia. Con el hecho de permanecer en el cargo como si no hubiera pasado nada, queda satisfecho por ahora en su egoísmo el propio presidente de la FIFA. Pero su capacidad de gestión se verá afectada porque tendrá que dedicar buena parte de su tiempo al famoso arte de sobrevivir, que elogian quienes no son capaces de pensar que el fútbol mundial merece tener a la cabeza una persona libre de toda sospecha. Entonces perderá la institucionalidad del fútbol mundial, que seguirá también bajo sospecha, con el peligro de que cunda la falta de respeto por esas leyes no escritas de la decencia según las cuales las instituciones deben estar por encima de los intereses de los individuos.
Si se pudiera llenar un estadio de proporciones globales con los aficionados que siguen con el fervor ya sabido los partidos de fútbol, es posible que millones de personas, desencantadas por los acontecimientos de los que son protagonistas algunos de sus máximos dirigentes, produjeran la silbatina más grande de la historia. Con el tiempo, ido ya el ahora presidente, porque su tiempo terminará algún día, será posible advertir cuánto daño le hizo, por el simple hecho quedarse en medio de la nube contaminada de hoy, a un deporte cuya regla principal a la hora de la verdad no debe ser otra que la de jugar de manera limpia y caballerosa.