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Las supremas instancias

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Las embajadas extranjeras no pueden estar por encima de las instituciones nacionales.

Por poderosos que sean ciertos países, y por grande que sea la idea que se tenga de ellos, sus representantes no tienen porqué ser vistos como instancia por encima de las propias, por humilde que sea la imagen que se tenga de lo patrio y precario que sea el concepto de la calidad de los gobernantes autóctonos. Acudir al embajador de otra nación para plantearle quejas, y pedirle que intervenga en asuntos internos, será siempre una falta contra la dignidad nacional, aunque no estuviere tipificada formalmente en un código.

El proceso informativo que se ha desatado con las revelaciones de WikiLeaks tiene tantas facetas que, por lo mismo, es decir por exceso de oferta, se puede ver afectado el valor que la opinión le atribuya a sus descubrimientos. Pero ello no tiene porqué afectar la validez de las lecciones que cada país, comenzando por los Estados Unidos, pueda sacar, honestamente, de la convulsión generada por el fenómeno.

Con la catarata de datos procedentes de todos los rincones del mundo, han quedado reflejadas la acuciosidad y la eficiencia de un servicio exterior ejercido con conciencia de la misión que le corresponde, una de las cuales es precisamente la de medir la temperatura política de otras naciones, opinar sobre su clase dirigente y prever los posibles desarrollos futuros de las relaciones bilaterales y de los procesos internos y sus efectos en el panorama internacional. Por ese camino ha sido posible, por un instante, conocer lo que en uno u otro caso piensan los agentes de una gran potencia sobre la situación y las perspectivas de todos aquellos con quienes tienen relaciones. Lo que a la larga, aparte de ciertos datos curiosos, no tiene nada de raro.

Al mismo tiempo ha quedado al descubierto la incapacidad del sistema rector de ese servicio para mantener protegidos sus propios datos. Con lo cual, de paso, se plantea un problema mayor, como es el de la aparición de un nuevo tipo de confrontación entre actores desiguales, como lo son de una parte los Estados y de otra organizaciones ciudadanas, que no están interesadas en respetar los tradicionales parámetros de la supremacía estatal y quieren abrir las compuertas que permitan desocupar el acumulado de millones de datos hasta ahora ocultos, que consideran deben ser del dominio público. Confrontación que puede ser el preludio de muchas otras como consecuencia de la existencia misma de redes internacionales de información que adquirirán cada vez mayor peso político.

Pero, no ya desde el ángulo de los dueños de los archivos, sino desde la perspectiva de los dirigentes de unos cuantos países periféricos, las revelaciones de WikiLeaks traen noticias interesantes sobre la manera en la que dichos dirigentes ven a la gran potencia. Nada tiene de raro que algunos de ellos traten de mantener distancias y de marcar puntos en defensa de sus propios intereses, lo que sin duda les trae el respeto de sus interlocutores. Pero también, en ciertos casos se advierte que las cosas pueden tener otro tinte cuando se trata de regímenes o personajes débiles, obsesionados o confundidos, frente a los cuales la gran potencia se puede quedar quieta, con la seguridad de que aquellos acudirán prestos, por su propia voluntad, a contribuir al ejercicio de lo que algunos llaman el poder imperial.

El extremo, que por lo visto no ha dejado de presentarse, es el de funcionarios del más alto rango que han llegado al exceso de acudir a los representantes estadounidenses, no sólo para informar sobre temas de interés común, o para intercambiar ideas, conjeturas u opiniones sobre ellos, lo cual es corriente en el mundo de las relaciones internacionales, sino para darle al embajador extranjero la dimensión de árbitro o componedor de problemas internos y, qué vergüenza y qué impotencia, solicitarle que intervenga ante otras autoridades, supremas, del propio país, como si de ese representante diplomático, como instancia máxima, emanara un poder capaz de conseguir uno u otro resultado.

Tal vez sin darse cuenta, quienes obran de tal manera demuestran el desprecio o al menos la precaria idea que tienen de las propias instituciones de su país. Lo mismo que el concepto que en el fondo tienen de la calidad o de las aptitudes de sus propios gobernantes. Cuánta risa y cuántos sonrojos podrá producir en Washington semejante conducta no solicitada. Y cuántas dosis de verdadero patriotismo requieren quienes, en uno u otro rincón del mundo, atribuyen a representantes extranjeros una condición de suprema autoridad, por encima de la institucionalidad que han jurado solemnemente defender.

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