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Ganar elecciones parciales o locales es riesgoso porque envía un mensaje alarmante a quienes pueden bloquear los avances de un partido que se convierte en amenaza para los intereses establecidos, difícilmente favorables al cambio. Las victorias parciales pueden llegar a ser más preocupantes que las derrotas porque no hay excusa para no seguir adelante, no importa cuáles sean los riesgos. Y el mayor de ellos no deja de ser el del posible cambio de las reglas electorales.
La victoria parcial de Aung San Suu Kyi en las elecciones destinadas a llenar vacantes del legislativo en Burma – Myanmar es sin duda un gran avance si se tiene en cuenta que su partido, además, ganó la mayoría de las vacantes disponibles. Pero al mismo tiempo su triunfo es apenas un paso pequeño en el camino que podría llevarla al poder, como seguramente lo anhela la mayoría de los habitantes de un país cuya voluntad ha sido desconocida por los militares, de manera abusiva, por varias décadas.
Si bien es cierto que conducir un gobierno es una responsabilidad de mayores exigencias que ganar unas elecciones, éste último ejercicio requiere de excepcional tacto político cuando el proceso se desarrolla en circunstancias anómalas, como la de estar a merced de poderes que pueden cambiar las reglas de juego en cualquier momento.
No deja de ser motivo de regocijo el hecho de que Suu Kyi haya podido, por fin, participar en una elecciones, aunque éstas sean organizadas bajo la supervisión y control de sus propios enemigos. El resultado a su favor es apenas normal, si se tiene en cuenta solamente la voluntad popular, porque era de esperarse que la presión de tantos años de ausencia y de apoyo a la líder más reconocida del panorama político del país la llevara al triunfo en una elección pequeña. Y es buena seña que las autoridades hayan reconocido su victoria y la de otros miembros de su partido que ganaron en diferentes circunscripciones.
Pero todo lo anterior, en la perspectiva del proceso político de Burma Myanmar no es sino un pequeño paso que no debe dar lugar a falso optimismo. El camino por recorrer es muy largo y el hecho de que todavía se encuentren en el poder los militares que fuereon capaces de desconocer su triunfo en las elecciones generales de 1990, cuando obtuvo el ochenta por ciento de lo votos, no da lugar para que sea seguro que ahora darían vía libre a la voluntad popular en las elecciones de 2015, que presumiblemente darían un resultado similar al de hace más de dos décadas.
La esperanza del avance democrático en ese país del sudeste asiático depende entonces en primer lugar del tino con el que la señora Suu Kyi, premio Nobel de la Paz, lleve en adelante su actividad política, luego de permanecer en arresto domiciliario tantos años como víctima de una dictadura que apenas ahora, ante el fracaso de sus políticas, ha manifestado la intención de dejar el poder en manos de los civiles. Cualquier traspiés suyo, o de sus seguidores, puede llevar a una nueva anulación de sus actividades políticas por parte de un régimen que ha cambiado de cabeza pero no de índole en los últimos años y ha sido aparentemente insensible a la presión internacional.
La máxima prueba del talento político de Aung San Suu Kyi está todavía por darse. Su actitud ha de combinar suficiente flexibilidad para no molestar ni hacer sentir temor a los generales en el poder y al mismo tiempo suficiente fuerza para ser creíble como agente de cambio. Condiciones ambas que tal vez solo pueda reunir alguien como ella, educada bajo el ejemplo de su padre, líder de la independencia, y del legendario Secretario General de las Naciones Unidas, U Thant, con quien trabajó en sus años juveniles. Ejemplo para las mujeres demócratas de todo el mundo, llamadas a triunfar donde tantos hombres han fracasado.