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Las ciudades son el escenario inmediato de nuestra dicha o nuestra infelicidad.
El éxito del manejo de la economía, la realidad de la seguridad, la sensación del bienestar y el sentimiento de habitar bien o mal, encuentran su contexto verdadero en la ciudad donde cada quien viva. La economía global se salta las fronteras de países y se mueve bajo el impulso de las ciudades, que junto con sus suburbios responden por más del ochenta por ciento del producto bruto mundial. La realidad de las calles puede llevar al éxito políticas nacionales o arruinar los mejores propósitos. De ahí que la responsabilidad de los gobiernos locales sea mucho mayor de lo que pensamos. También la responsabilidad ciudadana al elegir alcaldes y al vigilar su gestión.
A la hora de la verdad las ciudades están todavía atrapadas entre los grandes procesos, y las decisiones, impulsadas en cada país desde el nivel central. Pero no es menos cierto que en una u otra parte gozan de algún grado de autonomía para convertir en realidad postulados que en las circunstancias de la vida cotidiana son los que determinan la calidad de vida de sus habitantes, que por lo demás son ya más de la mitad de los del planeta. Y que a la hora de la verdad miran en primera instancia a sus gobiernos locales como los responsables efectivos del marco de su bienestar.
En la perspectiva del futuro, las claves del éxito de cada sistema político, y también de la competitividad del sistema económico, estarán relacionadas con la idoneidad de su modelo de gobierno local. Si los gobiernos nacionales no comprenden la dimensión local de su gestión y no adoptan sus estrategias sobre la base de sus efectos en esa instancia, podrán estar perdiendo el tiempo por apartarse de la realidad. Si al mismo tiempo los gobiernos locales carecen de imaginación, o de poderes, para conducir la vida cotidiana en términos de armonía y bienestar, quedará configurado el cuadro de una desventura mayor.
Quién lo creyera: la Gran Bretaña se confiesa hoy como el país desarrollado que tiene el menor grado de autonomía para sus ciudades, que a la hora de la verdad dependen financieramente en medida extrema de las políticas nacionales, al punto que es el gobierno central el que establece las proporciones del gasto público en ellas, sin tener en cuenta sus condiciones ni las necesidades vistas desde el ángulo de sus habitantes y de los responsables de su administración directa.
La Comisión sobre el Crecimiento de las Ciudades entrega este martes en Londres su cuarto reporte, dedicado a sostener la idea de que a las grandes ciudades, en realidad a las ciudades región, se les deben atribuir más poderes para que puedan manejar su propio sistema impositivo, tener mayor control sobre el gasto para que sea más pertinente, y contribuir mejor al proceso de crecimiento económico del Reino Unido. O de lo que quede de él si los escoceses deciden votar por la separación.
Los trabajos de la Comisión, que busca afrontar a tiempo el fenómeno inevitable del crecimiento y la primacía de lo urbano, buscaron conocer la realidad de las diferentes ciudades regiones que cubren la geografía del país. Para ello convocaron a expertos, consultores, académicos y think tanks, además de abrir canales para percibir la opinión ciudadana.
En el sentir de la Comisión, el debate mismo en torno a la posible independencia de Escocia es una buena muestra del deseo de las comunidades de contar con mejores elementos para decidir sobre su propio destino. Al mismo tiempo el reporte tiene el buen cuidado de aclarar que no todas las ciudades están, por el hecho de existir, preparadas para dirigir con alto grado de autonomía su proceso de desarrollo. De manera que la idea no es la de tomar una decisión generalizada, como se hace en ejercicio del populismo propio de democracias atrasadas, sino la de establecer una escala por la que habrán de trepar quienes crean que tienen derecho a mayor autonomía, que les será concedida sobre la base de sus méritos.
El debate queda por ahora abierto. Las propuestas de la Comisión serán objeto de análisis ponderado con suficiente anticipación en la perspectiva de las elecciones generales británicas de 2015, de manera que no queden para última hora decisiones que no se pueden tomar al ritmo enloquecido de las campañas electorales, que por lo general se convierten en la feria más grande de la improvisación y la apoteosis de la publicidad interesada en decir cualquier cosa que pueda cautivar a los votantes. Buen ejemplo para que aquí no aceptemos de una vez, sin saber qué piensan y si conocen de asuntos urbanos, las candidaturas de figuras públicas, que creen saber de todo, a las alcaldías de nuestro país de ciudades.