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Grecia lleva varios miles de años viviendo próxima al naufragio y no hay razón para pensar que en esta ocasión este se consumará. Parece que existiera allí un modelo de vida política que es el de la amenaza permanente de una crisis definitiva. Pero, como en “Esperando a los bárbaros”, de Cavafis, el día termina y los bárbaros no llegan, aunque hubieran podido ser una solución.
El fracaso en la búsqueda de una mayoría parlamentaria que permita escoger presidente de la república ha obligado a los griegos a ir a elecciones generales el 25 de enero. Las advertencias sobre las consecuencias que pueda traer uno u otro resultado son estruendosas, pero no solo tienen en ascuas a quienes pueden votar sino a los responsables y a algunos gobernantes de otros países de la Unión Europea así como a los acreedores de la República Helénica.
El temor de los ortodoxos, no de la Iglesia Griega sino de la economía tradicional que domina el escenario europeo, es el de que llegue al poder Alexis Tsípras, quien encabeza las encuestas y es el protagonista de una campaña orientada a terminar, no solo en Grecia sino en el resto del continente, con las políticas de austeridad, consideradas hasta ahora como la fórmula del sacrificio inevitable para recuperar el rumbo y el bienestar perdidos.
Es posible que sean fundados los temores de que Grecia bajo un eventual gobierno de Alexis no cumpla con las obligaciones impuestas por el Banco Central Europeo, el Fondo Monetario Internacional y diferentes instancias de la Unión Europea, y trate más bien de negociar nuevas condiciones. Y ahí es donde muchos ven el peligro de que el proceso griego llegue a producir algún efecto “subversivo” contra el orden actual, si se tiene en cuenta que el movimiento Podemos parece marchar en España en la misma dirección, que los socialistas franceses no dejan de buscar la fórmula para que Europa no sea símbolo de austeridad con castigo social, y que muchos otros piensan lo mismo en los demás países del continente.
En las urnas se verá si los esfuerzos del Primer Ministro conservador Antonis Samarás, que hasta ahora lograron, en las cifras, un nivel aceptable de recuperación e inclusive de crecimiento, van a terminar en la cesta de los papeles quemados. Entonces se sabrá si el pueblo griego decide marchar en la otra dirección, sobre la base de que al menos un tercio de la población del país vive una situación de penuria en aras del cumplimiento de metas económicas impuestas por poderes extranjeros, pero en desmedro de los derechos humanos.
La ocasión es propicia para recordar a un pintor de Patmos que afirmaba que a cada rato los griegos vuelven a vivir su drama eterno, con peligro de naufragio, en medio de la alegría general y con el aliento de siempre, suficiente para sobrevivir, aunque no para arreglar sus males de una buena vez. Nunca nos ha durado más que unos pocos años la ilusión de que las cosas andan bien, apuntaba, y más tarde advertimos que todo era un andamiaje teatral y que en la euforia de la comedia de la política esta gente inocente y apasionada se ha vuelto a equivocar.
Llevamos tres mil años en estas, proseguía, y sin necesidad de ponernos de acuerdo, porque eso aquí es imposible, estamos dispuestos a continuar! Y vamos a seguir lo mismo que siempre, esperando que vuelvan los buenos días, comiendo entretanto las mismas yerbas, porque no estamos dispuestos a cambiar. No vamos a pagar impuestos. Los pobres no lo han hecho jamás, porque hace no más dos siglos tenían que pagárselos al Turco, y esas cosas nunca se olvidan. Y los ricos mucho menos van a pagar, porque no lo hacen en ninguna parte, y si no dejarían de ser lo que son. Recuerda que esta tierra no solo es la de Midas, que hace que los ricos sobrevivan a sus propias catástrofes, sino también la de Hermes, el protector de los ladrones, que les favorece complacido para demostrar que no morirá jamás. En cuanto a los demás, la vida ha sido siempre la misma, y por eso no les importa quién gobierne, con tal que no sea extranjero, porque su causa es la de tener pan en la mesa, café para todas las tardes y vino cuando sea necesario; y pasan la vida llenos de paciencia, hasta que se mueren de viejos, con el bolsillo liviano y la conciencia tranquila.
Aprovecho la ocasión para desearles muy buen año a mis amables lectores.