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Nos hace falta Anna

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Así como cada país tiene un jefe de gobierno, y un campeón del deporte nacional, debe contar con campeones de la moral.

También debe tener una oposición respetada y respetable, para que ayude a mirar todo, dentro de la misma institucionalidad, con otros ojos. Cuando no se tiene ninguno de estos dos últimos, la ciudadanía debe asumir el papel de veedora suprema de la vida pública, en lugar de voltear la vista y hacerse la desentendida, con lo cual completa un cuadro más grave todavía que el de las crisis económicas, porque permite la corrosión del alma colectiva y el imperio de una “normalidad” perversa. En Delhi, Kanpur, Bihar, Kurukshetra y otras ciudades de la India, cientos de ciudadanos se han agolpado a la puertas de las casas de miembros del gabinete del gobierno nacional, lo  mismo que de los parlamentarios de una u otra región, para poner en práctica una de las experiencias sociales, provenientes de viejas tradiciones, que inspiraron a Mahatma Gandhi en su lucha por la independencia y la fraternidad. Se trata de la “dharna”, que consiste en sentarse en huelga de hambre frente a donde viva el deudor para reclamarle el respeto de una obligación legítimamente adquirida, para que todo el mundo note su incumplimiento, hasta que pague. El motivo del reclamo, en este caso, es la urgencia de la aprobación de una ley que institucionalizaría una especie de supremo veedor, Ombudsman, facultado para tomar de manera independiente decisiones correctivas de amplio espectro en materia de corrupción política, sin tener que pedir autorización de los gobernantes de turno. El proyecto, bajo la denominación de Proyecto de Ley “Lokpal”, esto es protector del pueblo en el idioma Sánscrito, fue presentado a consideración del Parlamento indio hace cuarenta y tres años y desde entonces duerme bajo la custodia de quienes no tienen interés en que se vea la luz o no han sido capaces de sacarlo adelante. Anna Hazare, mejor dicho Kisan Baburao Hazare, a sus setenta y cuatro años, veterano luchador de las causas de la limpieza en la vida pública, lo mismo que de la configuración de un mejor hábitat en las aldeas de la India, ha inspirado las dharnas de estos días y se constituye, contra el querer de muchos miembros del establecimiento indio, en una figura nacional que ahora reclama no sólo la aprobación de la ley sino una versión mejorada de la misma. Este es el Proyecto de Ley “Jan Lokpal”, que confiera a los ciudadanos facultades para participar en el ejercicio de esa veeduría que tanta falta hace en países como el suyo, y como el nuestro, en los que sin perjuicio de enormes progresos y respetables cifras de éxito, la corrupción se extiende como una mancha deletérea sin que nadie se oponga a su avance y, lo que es peor, en medio de una aceptación tácita muy preocupante. Las comisiones de ministros y parlamentarios, entre otros, creadas a instancias del gobierno un poco a regañadientes y bajo la presión de Hazare, para conciliar los dos proyectos, no se han movido. Razón por la cual justamente los comprometidos en preparar e impulsar el nuevo texto son objeto de las dharnas. Hazare hoy solamente negocia con el Primer Ministro de la India o con el Jefe del poderoso Partido del Congreso. Pero viene de una tradición que comenzó en su niñez desamparada al cuidado de una tía, que pasó por el servicio en el Ejército y por una serie de incidentes, como el haber sido el único sobreviviente a un bombardeo paquistaní en 1965, lo mismo que a un accidente de tránsito, momento a partir del cual decidió entregarse a trabajar por el prójimo y dedicarse a la lectura de Gandhi, Swami Vivekananda y Vinoba Bhave, hasta resultar convertido, él mismo, en fundador de un poderoso movimiento en favor de la decencia en la vida pública. Oficio que ha ejercido con éxito, además, en la aldea Ralegan Siddhi, premiada como el esfuerzo local comunitario más importante de su país.  Bienaventurada la India, que cuenta con un reconocido campeón de la causa de la moral pública, a quien siguen muchos ciudadanos en reclamo y en ejercicio de deberes fundamentales. Curiosamente allá están luchando por conseguir las instituciones. Aquí nos ufanamos de contar con ellas, pero no podemos decir lo mismo de su uso y de su efectividad. Ahora que estamos en pleno concurso por la Alcaldía de Bogotá, no se ha conocido por ejemplo, y debería conocerse, lo que los entes veedores hayan dicho y hecho, en su condición de Ombudsman, respecto de temas candentes como el de la contratación, desde Transmilenio hasta la reparación de calles, sobre los cuales nos enteramos solamente por conducto de los tribunales de la prensa.

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