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«Nos kedamos», dice un enorme anuncio de los indignados, más de un mes después del 15 de Mayo en la Plaza de Cataluña.
El domingo fueron a acompañarlos cien mil personas de todas las clases, porque por uno u otro motivo siempre hay alguien indignado con el poder en cualquiera de sus manifestaciones. Muchos miles más salieron a protestar en otras cincuenta ciudades de España. Consolidado su carácter no violento, al superar las tentaciones que en otros casos les habrían sacado del camino, el movimiento tiene ahora dos retos: el de hacer propuestas creíbles y el de no caer en las prácticas y equivocaciones de los partidos políticos que tan duramente critica.
Los mensajes de denuncia van en direcciones muy diversas. Citan a Gandhi cuando advirtió que “En cuanto alguien comprende que obedecer leyes injustas es contrario a su dignidad de hombre, ninguna tiranía puede dominarle”. “No a paraísos fiscales, resistencia pacífica”, “Pregúntale a los políticos quién tiene nuestro dinero”, “Estoy aquí en mi nombre”, “Libertad no es elegir la marca de tu celular”, “Apaga la tele y enciende tu mente”, “El poder corrompe”, “Tomar las plazas significa antes que todo tomar la palabra”, “No me dan miedo las porras, me da miedo la indiferencia”, “Le llaman democracia y no lo es”, “No nos representan” , “Porqué tengo yo que pagar el pato?”, dice un cartel que lleva un niño. Es lo que se puede leer en el bosque de avisos que llevan con entusiasmo personas de todas las edades.
“Vamos despacio porque vamos lejos!” es la pancarta que cierra los desfiles. Esa es justamente la más riesgosa de todas las declaraciones, y ahí está el corazón de todo el problema. Nadie sabe si los conductores de un fenómeno tan complejo se conocen siquiera entre ellos y mucho menos si serán capaces de ponerse de acuerdo. Si ese tipo de manifestaciones, surgidas de lo profundo de la sociedad, acepta fácilmente figuras de liderazgo, o qué características deberán tener sus orientadores para no quedar en el puesto de los políticos. Si no terminarán formando un partido, como otrora lo hicieran los del PSOE o los del PP cuando dieron la largada en anteriores oportunidades de reordenamiento político e institucional. O si de verdad serán capaces de inventarse algo nuevo para cambiar el régimen electoral y, de verdad, reemplazar la clase política por una ostensiblemente mejor. Y si la clase política tradicional no terminará, como en todas partes, adoptando la forma del recipiente que hayan diseñado los pensadores.
Los progresos del llamado 15-M pueden ser el adelanto de una era en la que, gracias a los medios de comunicación privados, esto es la red mundial contemporánea de informaciones y comunicaciones, los ciudadanos buscarán intervenir en la vida pública mucho más allá de la modalidad de acudir de cuado en vez a las urnas a ungir de poder a unos individuos que son tenidos, y queridos u odiados, por todos como profesionales de la representación popular, a quienes después resulta difícil pedir cuentas. También pueden ser la prueba del adelanto de algo que se veía venir, que no es otra cosa que la inconformidad con el imperio de reiteradas prácticas electorales y administrativas de la vida pública, con el concubinato entre el poder político y el poder económico que por lo general imponen, de hecho, una sola forma de ver las cosas, conforme a recetas y en lenguaje que sólo ellos entienden. Y puede significar la llegada de una especie de “Internacional Ciudadana” que congregue a los descontentos, o a los indignados, de muchos países, que hallarán tantas cosas el común, a partir de la identificación de sus frustraciones y sus enemigos, que les quedará fácil al menos manifestar su protesta en diferentes idiomas.
Sea como sea, el movimiento vive una instancia crucial. Sus reclamos no resultan extraños para nadie. Es más, hay quienes consideran que los animadores de la protesta se han quedado cortos ante las falencias del sistema combinado de derechos y obligaciones así como de los abusos del poder político o económico, y la alienación ante formas de pensamiento, organización y acción procedentes de una sola fuente, que se presentan como panaceas y que no pocos se enorgullecen de seguir a ciegas en cualquier latitud y a cualquier precio. Dónde están los pensadores? Aparte del nonagenario Stéphane Hessel, autor de “Indignaos”, libro traducido a veinticinco idiomas, que llama justamente a la indignación ante los abusos y equivocaciones del poder tradicional, y ahora de otro bajo el título de “comprometeos”, quién más tiene algo con qué contribuir para que las nuevas invenciones sean idóneas, no vayan a echar para atrás avances importantes de la democracia como quedó planteada al menos en el Siglo XX y hallen la forma de comprometer a los ciudadanos a que de verdad se manifiesten, a la hora de la verdad, que es cuando se les pregunte formalmente su opinión política, que por ahora es en el momento de votar, mientras se inventan algo nuevo?. Si no hay propuestas concretas y reacción ciudadana en paz y con sentido histórico, aprovechando las ventajas de tanta experiencia colectiva, los indignados de hoy se “kedarán” solos y pasarán a engrosar la lista de los frustrados de siempre.