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La adicción al poder engendra personajes que buscan ejercerlo desde donde sea, porque viven con la convicción de encarnar el mejor jefe que su sociedad merece; vencidos los términos de su mandato formal, esperan hallar quien ejerza la dirección a su nombre, mientras buscan regresar a cualquier precio, aunque casi siempre les va mal, porque ningún pueblo tiene que aguantar la larga presencia en la cúspide de una sola personalidad que solo sus amigos consideran superior e infalible.
En medio de sentimientos encontrados de entusiasmo y temor, los rusos acudieron a las urnas para elegir la nueva cámara baja del parlamento, con la mirada puesta tal vez en las elecciones presidenciales de marzo próximo. La razón del entusiasmo, en el caso de la oposición, no es otra que la ilusión de voltear la página para salir, por fin, de una era que ha sido apenas una de las primeras versiones de la necesaria metamorfosis del sistema político luego de la disolución del Estado Soviético. El temor no es otro que el de fracasar en el intento y caer una vez más en la red de un jefe político que aunque salió de la presidencia jamás se quiso ir del poder y se mantuvo ahí, en condición de Primer Ministro, tratando de conducir la nave desde el puesto del copiloto, con la esperanza y la amenaza latentes de volver a la presidencia.
En el campo del gobierno la idea simplemente es la de reeditar el libreto del mismo jefe de otrora, para que cumpla su deseo de un tercer mandato, así sea luego del receso formal de haberse quedado un período por fuera del poder. Como en toda reelección, porque de eso es de lo que en el fondo se trata, los principales impulsores del intento son los validos del régimen, que quieren sacar ventaja de la ocasión para refrendar su poder, con la esperanza puesta en que en las presidenciales el jefe regrese a donde aspira, es decir al puesto que en los últimos años dejó bajo el cuidado de Dmitry Medvedev quien, cosa rara, tuvo el buen cuidado de guardar el escritorio bajo la mirada severa de quien vive convencido de ser aquel a quien, a la manera de los déspotas de otras épocas, le asiste el sagrado derecho de dirigir.
La figura central de toda la disputa es Vladimir Putin quien gobernó desde 2000 hasta 2008, en dos períodos, y luego se abstuvo de tratar de modificar la Constitución para buscar un tercer mandato, gesto de decencia política que muchos le agradecen en cuanto no buscó mancillar las instituciones que había jurado defender. Pero en cambio tuvo la astucia política de quedarse ahí, con el cargo de Primer Ministro, manejando unos cuantos hilos del poder, de manera que a los ojos de todos estuvo siempre a un paso de regresar.
Putin pertenece a una especie de políticos y en particular de presidentes que irrumpieron en diferentes latitudes en la primera década del presente siglo, con credenciales democráticas basadas en triunfos electorales, pero con talante más propio de autócratas en ejercicio de una autoridad curiosamente auto adjudicada de supremos e infalibles orientadores, de esos que saben de todo y tienen a la mano el mejor arsenal de argumentos para convencer a los ciudadanos más incautos de su aparente condición de profetas, gracias a una habilidad natural de convertir en propósitos políticos los más sencillos elementos de la sabiduría popular.
Las quejas por los incidentes de la campaña abundaron a lo largo de los últimos meses. El partido Rusia Unida, en el poder, obró con plena conciencia de estarse jugando la vida y corriendo el riesgo de perder privilegios y ganancias acumuladas en doce años de mandato. Considerado como el partido de los funcionarios, que por instinto busca hacerse fuerte desde la administración, corre el riesgo de atender más los intereses de la burocracia que los de lo profundo de la sociedad. Y como quiera que también instintivamente apela a las herramientas de coerción que tiene a la mano para conseguir votos y depredar la conciencia o el ánimo de los oponentes, puede afectar la limpieza del proceso político e introducir un elemento de distorsión que no le sirve de mucho al desarrollo democrático del país.
Como si un jefe local, por fuerte que sea, estuviere en capacidad de evadir los tsunamis que periódicamente se presentan en el inmenso océano de la economía mundial, cosa que solo se les ocurre a los presidentes de los que venimos hablando, Putin llamó la atención de sus conciudadanos para que votaran por él como el único capaz de hacer frente exitosamente al problema de la deuda que se cierne sobre Europa. Pero ello no bastó. A juzgar por los resultados, más rusos que antes se atrevieron a disentir, aunque no en las proporciones que permitiesen pensar en un cambio radical para las elecciones del año entrante. Lo curioso es que el segundo partido en la competencia que acaba de pasar es una aparente nueva versión del tradicional Partido Comunista. El resultado se explica, según los rusólogos, porque ese partido mantuvo bien que mal su organización, y por lo tanto su capacidad de movilización, en todo el país. Lo que no se sabe es si el avance de los comunistas signifique un alejamiento del zarismo, véase del autoritarismo, o más bien un regreso a lo mismo de siempre, como si los países tuviesen formas casi inmodificables de tramitar las cosas del poder.