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El nacimiento de un Estado por voto popular es un avance político que a la vez plantea retos mayores. Una consulta popular es mejor carta de presentación que un proceso guerrero o una revolución sangrienta.
Pero la estirpe democrática de la aparición de un Estado no basta para hacerlo viable, ya que el contexto internacional en el que irrumpe, y los argumentos opuestos a su fundación, seguirán rondando mientras no se consoliden sus instituciones y no tenga solidez interna y respeto exterior.
Los sucesos de Egipto apartaron la atención de uno de los procesos más importantes y emblemáticos de los últimos tiempos. Se trata del resultado de la votación por la cual se debía decidir si el sur de Sudán se va a convertir en el más reciente de los Estados de la comunidad internacional. Unos comicios que tardaron varios días en realizarse, y unos escrutinios interminables, fueron el resultado de las negociaciones, y de un acuerdo de paz, hace cinco años, entre dos partes irreconciliables del país más grande del África.
El resultado, previsible, pero en todo caso contundente e irrefutable, es el de una voluntad mayoritaria favorable a la independencia, esto es a la separación de la región sur del país, que difiere del norte en tantos aspectos que lo inverosímil hubiera sido que una comunidad hasta ahora subalterna no quisiera separarse y poner fin así a por lo menos dos décadas de guerra civil que trajo todo lo que traen las guerras internas.
La decisión resuelve un problema, pero a la vez plantea exigencias nuevas para ambas partes. Lo primero será acostumbrarse convivir como entes separados. De ahora en adelante las diferencias históricas entre norte y sur no serán ya problemas internos, sino asuntos internacionales. Y en este campo quedan en la agenda unos cuantos problemas surgidos de la crisis que enfrentó a las partes, tribus árabes del norte y etnias no árabes del sur, en la confrontación civil y en los episodios sangrientos de Darfur, posteriores de los acuerdos de paz, procesos ambos que produjeron cientos de miles de muertos y al menos dos millones de desplazados.
Ciudadanos de primera clase, en una patria que sienten ahora sí como propia, los sur sudaneses deben llenar una larga lista de requerimientos, propios y ajenos, para que su nuevo Estado pueda sobrevivir. Tendrán que acertar en el diseño de la institucionalidad interna y de la viabilidad económica del nuevo país. A lo que hay que agregar que deben definir la manera como se integrará a la comunidad internacional. La región es rica en recursos naturales. Sus campos petroleros son apetecibles. La fertilidad de sus suelos es en todo caso mayor que la del norte desértico, más parecido en su configuración a Egipto y determinado como este por los caprichos del Nilo. Pero todo esto se puede convertir en fuente de nuevas dificultades que van desde negociaciones mal hechas para la explotación de los recursos, hasta la manera como traten de desterrar el fantasma de la corrupción. Y todo con el telón de fondo de la urgencia de arreglar problemas sociales muy profundos.
Hay que reconocer que el controvertido Presidente sudanés, Omar Hassan Ahmad al-Bashir, tuvo el gesto y el valor político de manifestar que respetaría el resultado. A pesar de haber dicho en Enero, a manera de campaña, que los sudaneses del sur no estarían listos para convertirse en un Estado viable. Su reconocimiento de la voluntad popular despeja la duda que durante los últimos años hizo pensar a muchos que el resultado de las votaciones se podría convertir en el detonador de una nueva guerra, porque a nadie le gusta quedarse sin todo el petróleo que pueda. Y menos mal que su instinto político le llevó a manifestarse a tiempo en ese sentido, porque al constatar que el noventa y nueve por ciento de los votantes se pronunció a favor de la separación en el referendo, le habría quedado muy mal, y muy difícil, oponerse.
Aparte de poder dedicar sus esfuerzos a la tarea de gobernar lo que queda del antiguo Sudán, Bashir puede comenzar a cobrar ciertas promesas que le habían hecho si facilitaba y respetaba el referendo. La primera es la que se dice Washington le hizo en el sentido de retirar a su gobierno de la lista de los promotores del terrorismo. Lo cual no es poca cosa. Le queda, eso sí, por resolver el problema de ser el primer jefe de Estado del mundo en ser formalmente acusado de crímenes contra la humanidad y de genocidio por la Fiscalía de la Corte Penal Internacional. Acusación rechazada en diferentes medios africanos pero que pesa enormemente en su contra.
Por lo demás, el fenómeno del Sudán del Sur pasa a figurar en la lista de los procesos políticos africanos contemporáneos que se inscriben en ese gran panorama de las nuevas definiciones políticas que marcan el principio de un nuevo período que ha tenido ya manifestaciones contundentes en Túnez y Egipto. Y que ahora debe poner en alerta a las partes de situaciones similares en otras regiones del continente en las que existen confrontaciones internas con motivo de movimientos de secesión. Que se vayan preparando.