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Pan, educación, libertad

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Los universitarios, de vez en cuando, irrumpen en el escenario político para advertir sobre los peligros y las oportunidades que rodean a la sociedad. Unas veces son más exitosos que otras.

Todo depende de la calidad y de los mecanismos de difusión de sus argumentos, de lo profundo que puedan llegar en los sentimientos de la ciudadanía y, naturalmente, de lo capaz que sea el liderazgo de un país para entender sus reclamos como una forma legítima de adelantarse a allanar el camino del relevo que tarde o temprano va a dejar las cosas en manos de nuevas generaciones.

En medio del remanso que vive Grecia por unos días, mientras un gobierno de tecnócratas trata de poner orden, al menos en lo económico, para satisfacer las exigencias de la Unión Europea, se ha celebrado el aniversario de los dramáticos hechos de la Universidad Politécnica, que hace treinta y ocho años marcaron el comienzo del proceso que dio al traste con la dictadura de los coroneles.

En el mundo helénico de ahora no hay ciudadano, vivo para la época de los acontecimientos, que no recuerde aquellos episodios que protagonizaron en 1973 miles de estudiantes desesperados por la opresión de un régimen autoritario y violento, resultante de un golpe de estado, apoyado por Occidente sin ninguna vergüenza como era costumbre en plena Guerra Fría, que con el pretexto de detener el avance de la Rusia soviética convirtió a Grecia en un campo de encierro vedado a las prácticas democráticas.  Tampoco hay ciudadano de generaciones posteriores al que no le hayan inculcado, en casa o en la escuela, el respeto que la nación debe a esos pioneros de la causa de la nueva libertad.

La intervención de la gente de universidad no fue necesariamente el punto culminante de la serie de sucesos que produjeron la caída de la dictadura, pero marcó sin duda el comienzo de un proceso político que no solamente vino a cerrar los años de gobierno de los Coroneles sino toda una época de la vida nacional. Las instituciones que surgieron en 1974, vigentes hoy, de cuya calidad democrática nadie duda, aún en medio de la peor crisis contemporánea, surgen precisamente de ese proceso. La monarquía anterior a la Junta quedó abolida, se abrió paso a la formación de nuevos partidos, y quedaron sepultados por fin los problemas que surgieron de la Segunda Guerra Mundial y de la Guerra Civil, lo mismo que los intentos precarios de hacer funcionar una democracia, en medio de resquemores partidistas de corte primitivo.

Los líderes del movimiento de 1973 comprendieron que ningún fenómeno de transformación política puede funcionar mientras no entre en juego la ciudadanía. Por eso decidieron, instintivamente de pronto, convertirse en la vanguardia del proceso de cambio, para que rotas por ellos las barreras establecidas por la dictadura para mantenerse en el poder por la vía de la intimidación, los demás actores de la vida pública, y sobre todo los ciudadanos del común, tuviesen la confianza suficiente para entrar en el juego del lado de las opciones democráticas, para poner punto final a un fenómeno que sólo podía ser derrotado por el conjunto de la sociedad.

Ahora como entonces, los estudiosos de las universidades representan una fuerza valiosa que muchos griegos esperan esté en la disposición de librar nuevas acciones en busca de la salida de una crisis que tiene efectos opresivos, graves y preocupantes, en la cotidianidad de la vida de toda la nación. No es poca cosa que, por culpa de quien sea, al país se le pida que produzca súbitamente transformaciones que nadie se ha atrevido a impulsar en otras partes y que mal podría hacerlo cualquier sistema político contemporáneo en los términos de tiempo y contenido que se les dan a los griegos para que los completen.

Reducir los salarios, las pensiones y las prestaciones, aumentar las proporciones de los impuestos no selectivos a niveles exorbitantes, despedir funcionarios, y toda una serie tremenda de cambios repentinos, hacen que los griegos pasen por una situación sin precedentes. Con la conciencia plena de que una buena parte de su esfuerzo, que implica por ejemplo no usar la calefacción durante este invierno, se debe al hecho de que es preciso pagar intereses de más del veinte por ciento a quienes conforme a las reglas del sistema económico les prestaron para que el país no quedara formalmente en la bancarrota.

El reto patriótico de los universitarios griegos de hoy es enorme. Sin distingos de disciplinas, y más bien con el mejor ánimo constructivo, deben emprender una vez más la tarea de proponer soluciones practicables, en lugar de simplemente manifestar su indignación. El lema de hace casi cuatro décadas, “Pan, Educación, Libertad”, sigue vigente, se dice en Atenas. Pan, quiere decir empleo, salarios, pensiones e ingresos dignos. Educación quiere decir formación adecuada de quienes tomarán el liderazgo del país bajo las circunstancias de un futuro incierto pero que ya llegará. Libertad, tal vez implique nuevas discusiones sobre la forma en la que el sistema económico deba volver a tener en cuenta los procesos y las necesidades sociales. Aspectos que no se pueden dejar abandonados, si se quieren evitar los desbordamientos que, en todas partes y en todas las épocas, han resultado de la pretensión de ignorarlos.

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