¿Pólderes sin tulipanes?

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Las campañas políticas de países muy diferentes han terminado mezcladas de manera que, en cada parte, solamente fortalecerán a los radicales.

El presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, adelanta en su país, y en el exterior, una vigorosa campaña en busca del apoyo a un referendo que cambiaría de manera sensible el modelo de república que diseñó en su momento Mustafá Kemal, Atatürk. En adelante la figura presidencial, que él encarna, dejaría de ser protocolaria para convertirse en la gran detentadora del poder. La nueva arquitectura institucional debilitaría otras fuerzas y le daría una orientación diferente al esquema republicano del que los turcos se han sentido orgullosos a lo largo de casi un siglo. Sus opositores consideran que, de adoptarse esa nueva orientación, se facilitará, en la práctica, una avanzada incontenible del Islam en un país que desde 1923 se ha reclamado como esencialmente laico.

En Holanda, mientras tanto, se desarrollará dentro de pocas horas una elección también crucial, en la medida que avanza, dentro de un clima internacional aparentemente propicio, un partido que tiene por meta la “des-islamización” del país. Ese es el postulado central del Partido de la Libertad, de Geert Wilders, que propone, con creciente eco en el electorado, un cambio de rumbo respecto de las políticas liberales de muchos años, que han permitido el crecimiento de una comunidad musulmana que para muchos se ha convertido en molestia o amenaza para la tradición y la configuración étnica de la sociedad.

La presencia turca en Europa, continuación de un largo transitar desde el centro del Asia, que ya le reportó nada menos que el asentamiento privilegiado de la antigua Anatolia cristiana y bizantina, y el control del Bósforo, que significa la entrada y salida del Mar Negro, ha llegado a ser tan significativa en países como Alemania y Holanda, que para los radicales y aún para muchos ciudadanos, hasta ahora insensibles al tema, se convierte en materia de preocupación. 

Los dos procesos electorales se han cruzado en la medida que el gobierno turco, empeñado en llevar la campaña a esas numerosas comunidades residentes en Europa, concibió el proyecto de enviar ministros a realizar jornadas de proselitismo, en favor del Sí en el referendo. El intento de realizar esas actividades en espacios abiertos en el extranjero produjo ya el rechazo de las autoridades locales alemanas, que proscribieron manifestaciones en Colonia y otras ciudades, sin el consentimiento del Gobierno Federal. Lo mismo sucedió con las holandesas en el puerto de Rotterdam. El ministro de Relaciones Exteriores, Mevlüt Cavusoglu no obtuvo siquiera permiso para aterrizar en Holanda y la ministra de la Familia, Fatma Betül Sayan Kaya, no pudo llegar hasta el Consulado General de Turquía en la ciudad portuaria y fue devuelta en automóvil hasta la frontera alemana. 

La reacción del presidente Erdogan ha sido tan dura que llegó a calificar de “nazis” a los gobiernos de los dos países europeos, justamente sensibles a semejante calificativo, en la medida que, como lo señaló el alcalde de Rotterdam, fueron víctimas de los nazis muy a profundidad. También amenazó con sanciones a Holanda, con la advertencia de que pagará por lo que ha hecho, con lo cual enrareció aún más el ambiente y provocó reacciones de solidaridad en el campo europeo, de manera que por ejemplo Dinamarca resolvió aplazar la visita programada del Canciller turco, y algunas voces, otra vez en Holanda, han hecho llamados a que se abandonen los intentos de aproximación entre Europa y Turquía. 

Curiosamente tanto el proceso turco como el holandés, al resultar mezclados sin que nadie lo esperara, inevitablemente deberán contar ahora con el ingrediente adicional de los incidentes de las ciudades europeas dentro de las respectivas campañas. Por ese camino de escalada, ya comienza otra vez a figurar en la agenda, no en los mejores términos, el asunto del eventual acceso de Turquía a la Unión Europea, afectado ahora por el tono de la descalificación turca de dos países esenciales de la Europa comunitaria. Y de la otra parte vuelve a surgir el problema de la presencia musulmana, militante o no, en los países de la Europa occidental, presencia que deja una sensación de conflicto por el tono de las protestas de los inmigrantes en las calles de Alemania y Holanda, la consecuente represión de la policía y la actitud amenazante, con anuncios de retaliación, que ha proferido abiertamente el presidente Erdogan. 

La radicalización de las posiciones enrarece ciertamente el ambiente, pero al mismo tiempo sirve, quién lo creyera, para que se traten abiertamente problemas que tarde o temprano tenían que llegar a la discusión política abierta y que se han de reflejar en los veredictos electorales. Solo queda esperar que el trámite de las discusiones internas se desarrolle de manera que no se refuercen los fanatismos y no se permita el avance de posiciones irreconciliables ante hechos consumados, como que las colonias musulmanas en Europa han adquirido proporciones muy significativas, que resultan imposibles de desmontar a la luz de los principios liberales que animaron el desarrollo político de países que se reclaman campeones de la democracia y la libertad.

Otra cosa será el rumbo que tome, de cada lado, la política hacia aquellos países con los que ahora se ha montado semejante aparato de animosidad. El comportamiento, y el tino con el que el liderazgo de ambas partes adelante la discusión interna y las correspondientes acciones internacionales, será un precedente que, en este momento histórico, adquiere particular importancia, en la medida que puede ser objeto y manifestación de buen ejemplo, o de epidemias de resentimiento difíciles de controlar. 

El referendo turco tendrá lugar en abril. Pero las elecciones generales en Holanda serán mañana 15 de marzo de 2017. Los tulipanes que embellecen en primavera los pólderes, esto es aquellos terrenos que los holandeses han sido capaces de arrebatarle al mar, fueron traídos de Anatolia, donde los turcos los encontraron como ornamento proveniente de Persia y del Hindu Kush. Lo curioso es que a uno le explican, en los jardines del Palacio de Topkapi, que el nombre de la flor proviene de “dulband”, en farsí, que quiere decir turbante. De manera que en pocas horas sabremos si Holanda, en algún sentido, puede comenzar el tránsito hacia pólderes sin tulipanes.

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