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Sin perjuicio de que Vladimir Putin pueda ser acusado de incurrir en abuso al limitar las exportaciones de gas, con lo que termina por perjudicar a los hogares de unos cuantos países europeos, no sólo a él se le pueden atribuir todas las responsabilidades; Ucrania es nada menos que la otra parte involucrada en un proceso de crisis que debe encontrar una solución estable.
El gasoducto que, procedente de la antigua Unión Soviética, condujo por décadas gas natural hacia el occidente, quedó ahora atravesando el territorio de Ucrania, antiguo miembro de la URSS, que en su condición de nuevo país independiente no mantiene las mejores relaciones con Moscú. La provisión, los precios y los pagos del gas que se queda en Ucrania en virtud de complicados acuerdos bilaterales, se confunden fácilmente con la corriente que sigue su camino hacia los consumidores de otros países.
Las reclamaciones mutuas por el incumplimiento o las injusticias de los acuerdos, terminan frecuentemente en perjuicio de Rumania, la República Checa, Eslovaquia, Bosnia Herzegovina, Bulgaria, Croacia, Italia, Grecia, Hungría, Serbia o Austria, que en virtud de la escasez del gas ven a sus habitantes sometidos a la injusticia de pasar inviernos insoportables. Un problema económico bilateral degenera en problema político y termina por convertirse en asunto de importancia estratégica. Sin dejar de tener en cuenta los aspectos humanitarios de una crisis en la que la gente siente en lo más íntimo de su hogar los rigores de desacuerdos ajenos.
Estamos una vez más ante uno de esos curiosos casos en los que las disputas entre dos antiguos socios perjudican principalmente a terceros. Lo que obliga al ejercicio de una diplomacia de naturaleza peculiar que exige a los afectados actuar, según sus preferencias y sus posibilidades, ante una u otra de las partes, en busca de una solución por la vía indirecta. Sin perjuicio de que, de paso, ponga a prueba las opciones de acción multilateral, en este caso las de la Unión Europea.
Seguimos viviendo todavía las secuelas de la desaparición de la Unión Soviética. Y no faltará quien diga que a Europa le iba mejor en otra época, en la medida que las circunstancias era más confiables, para estos efectos, bajo el orden de la Guerra Fría, en cuanto Rusia jamás se atrevió a manipular la llave del gas como elemento de su permanente disputa con el bloque contrario.
En medio de todo, las similitudes entra Rusia y Ucrania no dejan de ser sorprendentes. Sus instituciones políticas son recientes y están todavía a prueba. Su modelo económico también, prueba de lo cual son las dificultades en la toma de decisiones sobre materias como esta. Eso es bien sabido. Pero su vida política presenta en ambos casos una peculiar circunstancia de competencia en el protagonismo entre el Presidente y Primer Ministro de cada país. Todos, no solamente los jefes de estado, juegan tanto en el escenario interno como en el internacional. En otras palabras, los cuatro, dos de cada lado, quieren aparecer como los mejores conductores de la crisis y esperan sus correspondientes réditos políticos.
Aunque es difícil pensar que los líderes rusos, o los ucranianos, hayan cerrado la llave de salida de gas en el primer caso, o de paso en el segundo, con la finalidad de ejercer una presión indebida hacia terceros para que se vuelquen sobre la otra parte, a sabiendas de la calamidad que provocan en millones de hogares ajenos, tampoco es creíble que ignoren los efectos de sus actos, y de su disputa. Por esto su actuación es criticable y debe ser tenida en cuenta en la lista de las acciones abusivas de la vida internacional contemporánea.
Por encima de estos episodios, que cualquier día de estos se resuelven en cuanto la sensatez ha de hacer su aparición en algún momento y las presiones diplomáticas deben servir de algo, es urgente insistir en la construcción de líneas alternas de suministros, que sean más confiables y no estén sometidas a los vaivenes de una relación bilateral inestable, que mezcla sin duda el asunto del gas con muchos otros contenciosos.
Lo anterior, por supuesto tampoco permite confiar en soluciones definitivas, que se deben encontrar más bien en el propósito común de conseguir fuentes alternas de energía. Esta es la verdadera tarea de fondo en la que se debe insistir en el mediano y el largo plazo. Por ahora tal vez convenga evitar la organización de un cartel internacional del gas que termine por complicar más las cosas. Y habrá que procurar más bien una especie de pacto múltiple, con la aquiescencia de Rusia y de Ucrania y la participación de otros países, a la manera de veedores, en busca de garantías para que los compradores inocentes de otros países no terminen por pagar las consecuencias de impasses como el que acaban de vivir. Mientras tanto, que les abran la llave.