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Todavía existen, al menos en algún país africano, profesionales de la política que para no manchar la dignidad de los altos cargos públicos prefieren irse, aunque para su vanidad personal el hecho de renunciar signifique un final no deseado de su carrera.
Seguramente comprenden que la obstinación por quedarse les beneficiaría de inmediato, pero que con ello le harían un inmenso daño moral a su país y dejarían una herencia manchada a las futuras generaciones, al rebajar los estándares de la vida pública.
Thabo Mbeki, el sucesor de Nelson Mandela en la Presidencia de Sudáfrica, una de las potencias emergentes del mundo, se dirigió a la nación para anunciar su renuncia cuando le faltaba un año para completar su segundo período de gobierno. Para hacerlo invocó su fidelidad no sólo a la República sino a su partido, el Congreso Nacional Africano, que decidió pedirle se retirara de la jefatura del Estado luego de que el fallo de un Magistrado dejó sin piso, por razones de procedimiento, las acusaciones de corrupción contra Jacob Gedleyihlekisa Zuma, su contendor y nuevo jefe del Partido, y señaló que el gobierno habría instigado indebidamente el proceso.
Zuma había sido vicepresidente de la nación, al pie de Mbeki, hasta que en 2005 un escándalo de corrupción en torno a su despacho llevó al Presidente a retirarlo. Momento a partir del cual se desató no sólo una enemistad política entre los dos, sino una competencia feroz por el control del Congreso Nacional Africano, primera fuerza política en el Parlamento y con la mayoría de las acciones del poder en sus manos.
Entre acusaciones en su contra, no sólo por corrupción administrativa sino por violación de una mujer enferma de SIDA, hija de un antiguo compañero, Zuma ha sabido sobrevivir en los estrados judiciales y ha logrado impedir que una condena le aleje de su sueño, ahora cercano, de convertirse en Presidente de la República de Sudáfrica. Y este último fallo, en el que el Juez advierte que no lo declara ni inocente ni culpable, pero señala la posible interferencia del gobierno, le dio por lo menos el arma que necesitaba contra Mbeki.
Hay que reconocer que las credenciales políticas de Zuma no son pocas. Sus calificaciones como luchador contra el régimen segregacionista fueron siempre reconocidas. Su trabajo en el gobierno, al menos hasta el momento del escándalo, no tuvo reproche. Por eso mismo Mbeki lo había ubicado en la vicepresidencia. Pero es su confeso talante populista, complementado con su cercanía a los poderosos sectores de izquierda dentro del partido, lo que más le confiere fuerza al interior de la primera organización política de Sudáfrica. Esto mismo le llevó, en diciembre pasado, a derrotar a Mbeki por la jefatura del CNA, con lo cual tenía desde entonces lista la tarjeta amarilla para propiciar ahora su salida de la presidencia.
Ya desde la calle, como un miembro cualquiera del partido de gobierno, el recién retirado Presidente ha anunciado que actuará ante los jueces para controvertir la supuesta interferencia que se le atribuye. No lo quiso hacer desde el poder, y mucho menos insistió en quedarse, para no hacerle daño a las instituciones. Se fue con dignidad y con una especie de elegancia en medio de la derrota. Con el gesto de quienes se van tranquilos a esperar más tarde el veredicto de la historia.
Kgalema Motlanthe ocupará la presidencia hasta las elecciones del próximo año. Entonces muy seguramente el CNA ratificará sus mayorías y Zuma será elegido por el Parlamento como Jefe del Estado. A partir de entonces se comenzarán a despejar muchas incógnitas y se apreciará un cambio de estilo que reviste importancia no sólo para Sudáfrica sino para todo el Continente, que tenía hasta ahora en Thabo Mbeki un estadista de autoridad internacional reconocida.
En todo caso, de aquí en adelante Mbeki podrá circular, por su país y por el mundo, sin que nadie le reproche por indignidad. Y verá cómo eso es mejor que haberse quedado a ultranza en la presidencia y luego llevar por el resto de la vida la culpa de ser el protagonista de un precedente de degradación de esos que tanto daño pueden hacer a una nación. Buena enseñanza para quienes convierten en práctica común y corriente la negativa a dejar el poder a toda costa, hasta que la fuerza moral de la sociedad decida recuperar la decencia y poner los estándares de exigencia hacia sus gobernantes en los términos más altos.