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¿Será que pueden gobernar?

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El triunfo militar de una minoría no garantiza que podrá gobernar.

El abrirse paso sobre la combinación desordenada de la violencia y el miedo, con escaso apoyo popular, puede producir el resultado inmediato de una victoria pero no conduce necesariamente a la perdurabilidad del poder que se ganó, cuando la mayoría, que abriga a los ejércitos vencidos, no está dispuesta a cooperar.

El avance espectacular del “Estado Islámico” que desde Siria se ha arrojado sobre Irak y se ubica ya en las fronteras de Israel, con la pretensión de fundar un califato que imponga el orden en la región bajo la aplicación más dura de la Sharia, abre muchas dudas hacia el porvenir. Por ahora todos le temen. Unos huyen despavoridos sin luchar, otros se sacrifican inútilmente ante su empuje y su crueldad, y hasta los más poderosos buscan la forma de combatirlo con la asepsia necesaria para no involucrarse frontalmente en una guerra incierta.

Resulta evidente que la capacidad de los “yihadistas” para conquistar territorios y hacer saltar en pedazos el precario orden resultante de la debacle de Irak les permitirá controlar buena parte del país. Pero quedan muchas dudas respecto de su capacidad para retener los territorios ocupados y aún más sobre la posibilidad de organizar de verdad un Estado que tendría una composición social que no les resulta favorable.

Experiencias recientes, como la de Afganistán, el Cuerno de África y Malí, muestran cómo las ganancias súbitas y amenazantes de los guerreros desaforados del Islam terminan por convertirse en problemas que ellos mismos no pueden manejar. Y la razón de su fracaso en el mediano plazo no es necesariamente la intervención de Occidente sino la dificultad que encuentran para controlar una sociedad que en el fondo del alma, también musulmana, no está dispuesta a aceptar imposiciones contra su voluntad y mucho menos contras sus sentimientos más profundos.

Hasta el momento los luchadores por el califato han tenido éxito en la disputa contra dos Estados particularmente débiles y destrozados por conflictos internos que les hacen vulnerables: Siria e Irak. Indudablemente esto tiende a fortalecer una cierta opinión favorable a su lucha, que encuentra terreno fértil en ciertos medios musulmanes occidentales proclives al radicalismo, donde muchos entusiastas se animan a ir a combatir en una guerra santa a nombre del Islam. Cosa bien diferente se presentará cuando en su camino se encuentren con Estados sólidos, dispuestos a no permitir su avance.

El obstáculo mayor no provendrá sin embargo de consideraciones de naturaleza exclusivamente política, sino de lo profundo de sociedades que no están dispuestas a aceptar una dominación brutal basada en consideraciones religiosas. Los turcos otomanos tuvieron la sabiduría necesaria para organizar pactos coloniales a partir del reconocimiento de las autoridades religiosas de cada comarca. Tiempo después los partidos comunistas dominaron en Europa Oriental sobra la base de consideraciones políticas pero no pudieron suprimir el fermento de la religión, que volvió a florecer después de la caída del Muro de Berlín, de manera que el período de su dominio fue apenas como una hibernación.

Está por verse entonces si el “modelo yihadista” del prometido califato tiene la fuerza y el número suficientes para dominar tribus y naciones que en el fondo del alma alojan sentimientos religiosos que no están dispuestos a abandonar. Si la razón fundamental de su proyecto sigue siendo la de tratar de imponer por la fuerza su credo religioso a unas mayorías desproporcionadas, ahí mismo puede estar la semilla de su fracaso.

Las anteriores consideraciones hacen pensar que, más que la posibilidad de convertirse en un Estado de verdad, en el sentido político, esto es con ánimo y posibilidades de permanecer sobre la base de una legitimidad aceptable, el avance de los impulsores del califato puede tener el valor de convertirse en factor de búsqueda de un arreglo sustancial del estado de cosas en la región.

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