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Formar generaciones de relevo, capaces de desarrollar su propio pensamiento, puede ser el mejor acto patriótico de quienes creen que, mientras vivan, tienen la exclusividad del designio de gobernar. Lo malo es que la tendencia a perpetuarse en el ejercicio del mando no va acompañada de tales pensamientos.
Los gobernantes que viven convencidos de que sólo ellos pueden arrastrar el peso de la historia y conducir a sus pueblos a la felicidad, no dejan de tener momentos de gloria, pero no imaginan, y a lo mejor no quieren imaginar, las tragedias que van sembrando con el abuso de su presencia en el poder. Como quiera que las desdichas se hacen notorias usualmente cuando por fin algún día se van, no alcanzan a darse cuenta de su equivocación. Y si siguen vivos pueden llegar a creer que las desgracias posteriores se deben a su ausencia, lo que les permite mantener su conciencia en la impunidad.
La aventura de cambiar las instituciones con el propósito abierto y declarado de que determinada persona se perpetúe en el mando puede ser mucho más grave que un desliz en el ejercicio de los poderes de reforma inherentes a la democracia. Porque si bien no se puede prohibir que alguien quiera gobernar, la exclusividad resulta excluyente y degenera con facilidad en la eliminación del libre juego entre opciones que representen los distintos puntos de vista que normalmente existen respecto de procesos y problemas de la sociedad.
Pero el único riesgo no es el de cierre de puertas. No hay que olvidar que la consolidación de los liderazgos políticos de muy larga duración tiende a estar acompañada de ciertos complementos patológicos. El primero de ellos es el del encantamiento que conduce a que muchos ciudadanos vivan confortablemente adormecidos bajo la premisa de la capacidad irremplazable del jefe, camino por el cual se llega fácilmente a la alineación y al fanatismo. El segundo es el de las manifestaciones frecuentes de represión, que ponen en peligro el respeto de derechos fundamentales.
El único sitio desde el cual se puede ejercer poder no es el de la cumbre de la administración del Estado. Para no salirse del espectro de la vida política tradicional, las democracias mantienen espacios para el ejercicio de la oposición leal, que es otra manera de contribuir al equilibrio y la ponderación. Ejercicio subestimado y perseguido en democracias insípidas, en las que los gobernantes no han alcanzado a comprender que una oposición decorosa, a la que deben estar dispuestos a pasar en algún momento, sirve mucho más que una oposición golpeada sin miramientos por el solo hecho de existir.
Quienes insisten en conservar por mucho tiempo todos los poderes propios de la cumbre, como el Presidente de Venezuela, pueden mirar hacia experiencias como la de Giulio Andreotti, que sin necesidad de estar a toda hora en la jefatura, y sin empujar metamorfosis extrañas en las instituciones, lleva ya más de medio siglo en diferentes escenarios del espectro político italiano y ha podido dejar, en uno y otro lugar, la herencia de retoños con especialidades distintas dentro del oficio de la política.
También debe recordar que en su larga estadía en el tablado, el propio Andreotti ha sufrido altibajos de todo tipo, y que después de todo, hace unos días, al ser preguntado sobre lo que podría decirles a los niños italianos sobre su futuro, se quedó callado, no se sabe si por perplejidad o por resignación.
edubaras@yahoo.com