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Sin el tapón del Bósforo

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El manejo inadecuado de la crisis migratoria puede reactivar los peores instintos de Europa.

También puede dar al traste con obligaciones elementales de concertación para solucionar un problema que no es de uno u otro país, sino del conjunto de la Unión. Si en Bruselas no son capaces de ponerse de acuerdo para salir de la crisis, la solidez institucional de la Europa unida se puede ver degradada en un campo en el que no puede fallar, como es el de la reacción solidaria ante una amenaza común.

Los movimientos migratorios masivos hacia la Europa occidental obedecen a una lógica contundente: ante la desolación y el peligro de muerte de millones de personas a quienes los conflictos en su tierra les han roto la vida, ahí está el continente opulento de sus sueños como destino de salvación. Así, por los vasos comunicantes del pasado colonial, o de las nuevas intervenciones de la OTAN y sus aliados en el vasto escenario que va desde el Medio Oriente hasta Afganistán, millones de víctimas de conflictos, y buscadores de nuevas oportunidades, marchan hacia Europa con el ánimo de establecerse y disfrutar de todos esos ideales de bienestar que perciben en los medios de comunicación. El problema es que Europa se encuentra dividida ante la situación. Cada país trata de hacer lo que puede, conforme a sus intereses y a sus leyes internas. Y no deja de recriminar a uno que otro, cuya actuación no considera adecuada. Mientras en el fondo aparecen con mayor o menor nitidez, los fantasmas de los peores instintos en defensa de una u otra nacionalidad y en contra de otras nacionalidades, creencias religiosas, y condiciones raciales.

En medio de la agitación, y del espectáculo del desfile de los buscadores de refugio con sus trastos al hombro, es claro que no da lo mismo estar alejado que vivir en los puntos de cruce entre Europa y Asia y África, como lo están Grecia y Turquía. La primera ubicada geográfica e institucionalmente dentro de la Unión Europea y la otra formalmente por fuera pero ahí en un sitio clave de la crisis migratoria. La una con las responsabilidades propias de las reglas de la Unión y la otra sin ellas. Ambas, que fueron hace medio siglo países de emigrantes, se han convertido ahora en destino migratorio de sus antiguos expatriados y en corredores de paso hacia Occidente, como consecuencia de las crisis sucesivas del Medio Oriente, el desmonte de la Unión Soviética y las guerras contemporáneas desde la de Afganistán hasta la de Siria.

A Grecia la critican en Bruselas y en otras capitales por no ser capaz de controlar la frontera por la cual se cuela el noventa por ciento de los inmigrantes ilegales a la Unión. Tal vez no recuerdan que una cosa es la frontera apacible entre Bélgica y Holanda, con sus vaquitas y sus canales que se pueden saltar con garrocha y otra la de Grecia y Turquía, con islas europeas, griegas, desde donde se escuchan los llamados a la oración de las mezquitas en Anatolia y donde los gallos de uno y otro lado se saludan en la madrugada. La frontera griega de la Unión Europea es a la vez la más porosa, debido a su configuración geográfica, muy útil para el turismo mas no para el control de migrantes, y a la vez la más expuesta a la entrada clandestina. Y todo se agrava por la contribución eventual de autoridades turcas que ponen en práctica la “Doctrina Ozal”, según la cual “Nosotros no necesitamos entrar en guerra con Grecia. Solamente necesitamos enviarles unos pocos millones de inmigrantes ilegales para acabar con los griegos”.
No hay que asustarse. Es la eterna lógica del papel del Bósforo, antes en manos de los romanos y de los griegos y hoy en manos de los turcos, que une y separa los dos continentes más agitados de la historia, los más activos, los más violentos, los que más han cambiado de parecer y de configuración a cada rato, sin que jamás se hayan detenido, desde tiempos inmemoriales. Y no es solamente el Bósforo como fenómeno geográfico, es Turquía entera como lugar de paso entre Europa y Asia. Como conector entre las atracciones de la vida europea y el drama de la vida asiática.

La Canciller alemana, que ha mantenido una línea de salvación para los migrantes a costa de severas dificultades internas, puede llegar a cerrar sus fronteras. Y lo mismo puede pasar en otros países que han hecho bien la tarea y no soportan más la presión de las circunstancias. De manera que la falta de consenso, y de un modus operandi armónico, amenazan con dar al traste con el espacio Schengen y, como lo ha advertido Jean-Claude Juncker, Presidente de la Comisión Europea, pueden traer el colapso del Euro y el del mercado único. Además de la peligrosa reincidencia, como ya se dijo, de sentimientos que tanto mal han producido cuando brotan en el espacio europeo.

Además de atender los clamores por un manejo coordinado del problema dentro del espacio Schengen, es deseable que todos los países de la Unión actúen para colaborar con Grecia y Turquía en la mejor forma de manejar todo el sector geográfico que ocupan esos dos países, para que ambos puedan cooperar de manera efectiva en el manejo de un problema que, en todo caso, debe incluir acciones de disuasión hacia los posibles migrantes. Disuasión que no necesariamente se debe dar por la vía del escarmiento, sino mediante el trabajo por la paz y el bienestar en las regiones donde el incendio de la guerra y el combustible de la pobreza se combinan para desterrarlos.
 

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