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La calidad de los gobernantes no se mide solamente por aquello que piensen, propongan o sean capaces de hacer, sino por su habilidad para escoger colaboradores y asignarles la misión que deban cumplir.
Pocas pruebas puede haber más fehacientes de la ausencia de dotes fundamentales en un jefe de gobierno, que la de su desacierto al designar a una u otra persona para llevar a cabo determinado propósito. Escoger colaboradores es una de esas artes que en muchos casos jamás se acaban de aprender. La experiencia cuenta, pero también la fortuna, y un cierto talento a la hora de armar el equipo puede marcar la diferencia entre el éxito y el fracaso.
La democracia británica, paradigmática y admirada por su vitalidad, bajo un modelo parlamentario vibrante, animado por la confrontación permanente de ideas entre partidos organizados, que permite contar con una alternativa de relevo entrenada y lista a asumir el poder, ha dado muestras de “trastabillar” con motivo de la emergencia a la que unos electores, de pronto más emotivos que bien informados, llevaron a ese complejo país. La mejor muestra de ese momento infortunado está en que los líderes del Brexit desaparecieron por voluntad propia del escenario tan pronto como ganaron en las urnas. Como si no hubieran tenido claro cuál era el siguiente paso por dar. A su vez, los propios ciudadanos partidarios de la salida de la Unión Europea quedaron como en un limbo, unos porque esperaban más de su clase política y otros porque solo entonces se dieron cuenta de la trascendencia de la decisión que acababan de tomar. Para completar, también salió del escenario, en acto de decencia política, el Primer Ministro que había prometido el referendo en su campaña electoral y que después no fue capaz de convencer a sus conciudadanos de la conveniencia de seguir haciendo parte de la Unión.
Theresa May, que dentro de la discusión que condujo al referendo del 23 de junio no fue partidaria de que el Reino Unido saliera de la Unión Europea, no solamente se llevó la sorpresa del resultado electoral, sino la de encontrarse de pronto en la cumbre del poder. Hasta hace unos días había sido exitosa Ministra del Interior. La mejor en mucho tiempo, se ha dicho. Esto, según la prensa, debido a su firmeza y su claridad en el manejo de la disciplina de una sociedad compleja y de asuntos de alta sensibilidad en las islas británicas, como la inmigración. Su primera decisión ha sido, como era de esperarse, la designación de su gabinete. Y es aquí donde aparecen en el panorama incógnitas sobre el destino final de su gobierno, a juzgar por la designación que ha hecho del orientador de su política exterior, en un momento en el cual justamente la pericia en la conducción de los intereses nacionales en frentes diversos resulta de enorme importancia.
Con la designación de Boris Johnson, anterior alcalde de Londres, como jefe de la diplomacia británica, la señora May ha sorprendido a todo el mundo. Sin tradición ni experiencia en materias relacionadas con su nuevo oficio, Boris ha sido más bien conocido por sus desaciertos, sus comentarios desobligantes y su carencia de diplomacia. Como cuando se burló, con tono colonialista, del Congo y Uganda; cuando comentó sobre las razones por las cuales el presidente Obama decidió retirar de la Sala Oval un busto de Winston Churchill; cuando hizo comentarios obscenos sobre el presidente turco; cuando comparó a Vladimir Putin con un personaje, contrahecho, de Harry Potter; o cuando afirmó que Hillary Clinton parece una enfermera sádica de un hospital psiquiátrico.
Sin dejar de ser admirado en ciertos sectores por su carisma, Johnson es calificado por muchos como populista y oportunista, y es en todo caso un personaje impredecible. Las reacciones por su designación van de la sonrisa a la molestia, pasando por la sorpresa y la incomprensión. El jefe de la diplomacia francesa, Jean – Marc Ayrault, por ejemplo, no vaciló en decir que necesita “un colega con el que se pueda negociar, y que sea claro, creíble y confiable”. Y es que no se sabe qué esperar de un personaje que en cuestión de meses cambió de opinión sobre la membresía británica de la Unión Europea y ahora, apenas días después de Brexit aboga por una “unión más fuerte” de su país con Europa… Todo con su desparpajo de personaje extravagante, de los que se creen destinados por nacimiento a jugar el juego del gobierno y autorizados para opinar con prepotencia, en medio del folklor, sobre los demás.
Paradójicamente, por decisión de la Primera Ministra, Boris no se encargará de los trámites de la salida británica de la Unión Europea, asignados a otro funcionario. Pero es innegable que todo el mundo mirará hacia él, que jamás se queda callado y ha prometido rediseñar la identidad de la Gran Bretaña como gran jugadora global. Una aguda observadora ha comentado que tal vez la designación del promotor del Brexit tenga por objeto, a la larga, obligarlo a que ponga la cara por lo que en su momento promovió. En todo caso, el “lunar” de relaciones exteriores en la configuración del gabinete, deja incógnitas sobre el criterio de la Primera Ministra para manejar esa dimensión del ejercicio del poder, que resulta tan importante en la presente coyuntura. En la medida que avance su gobierno, ya se verá si Theresa May era o no la persona indicada para conducir a la Gran Bretaña en el difícil proceso, cargado de exigencias internacionales, que está obligada a emprender.