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Un golpe de transparencia

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Está en crisis la costumbre diplomática de pensar una cosa y decir otra. También la de guardar documentos comprometedores, que revelarían verdades que no conviene se sepan de inmediato y se dejan escondidos para que sean del conocimiento público solamente cuando se calcula que sus descubrimientos ya no afectarán a nadie más que en la memoria.

Esto no quiere decir que vaya a desaparecer para siempre la diferencia entre lo que se piensa y lo que se expresa, que seguirá siendo usual en el ejercicio de la diplomacia. Después del destape de Wikileaks, que hace sonrojar a unos cuantos, se inventarán mecanismos más sofisticados de manejo de la información. Solo que en adelante existirá la posibilidad de que disminuya la proporción verdadera de los secretos.

Los avances de la informática han sido tales que de pronto se produjo una explosión de limpieza que ha permitido ver por entre las paredes de los archivos clandestinos y exponer su contenido a todas las miradas. Ahora se conoce lo que los emisarios de los Estados Unidos opinan de uno u otro jefe de Estado o de gobierno extranjero, o de la situación interna de uno u otro país, cuando no de las intenciones de estar al tanto de detalles íntimos de personas aparentemente intocables, como el Secretario General de las Naciones Unidas. 

Es como si de pronto los ciudadanos de Roma, y también los de las Galias, Iberia, Hispania, Iliria o Cirenaica, hubieran podido saber, de manera incontrovertible,  lo que los agentes imperiales pensaban de los procesos políticos propios de cada provincia, de sus líderes y de su destino. Por difícil que sea imaginar lo que semejante explosión informativa hubiese podido significar al dejar al desnudo las hipocresías y los verdaderos intereses imperiales, lo cierto es que el fenómeno habría contribuido enormemente al desprestigio y al debilitamiento del Imperio Romano.

Nadie ha desmentido la autenticidad de los documentos que han visto la luz debido a la acción de Julian Assange, un irreverente de la informática y activista del destape de verdades terribles. Lo que quiere decir que hasta ahora ha sido un éxito la revelación de cientos de miles de documentos que algún día serán digeridos por los políticos, los analistas, los diplomáticos y los historiadores, al ritmo de los comunicadores, e irán desempacando verdades, apreciaciones e intenciones que cambiarán para siempre la imagen y las opciones de influencia de los Estados Unidos. Abierta está la mina, con sus laberintos secretos, por donde circulaban miles de opiniones y sugerencias que tienen alto valor por provenir de la primera potencia de nuestra época.

La acción febril de la Secretaria de Estado para tratar de remendar los rotos que la publicación de datos ha producido, nunca será suficiente para atajar las consecuencias de una avalancha que se desencadenó luego del represamiento de tanta información que durará mucho tiempo en ser revelada, y que cada vez tendrá nuevos motivos de sorpresa, de irritación, de desengaño o de asombro. La forma de ejercer su oficio tendrá que cambiar para todos los agentes de los intereses de los Estados Unidos en el mundo. Cada uno de ellos deberá ingeniar la manera de hacer que quien quiera que sea su interlocutor se sienta confortable y hable tranquilamente de esas cosas que se suelen decir en privado, sin el miedo de quedar expuesto por ahí en un memorando.

No faltará quien considere que ese australiano osado, que de verdad parece sabérselas todas, ha obrado mal al “desatrasar” al mundo de  unas cuantas noticias que, en la medida que se vayan sabiendo, producirán efectos en todos los continentes. Como siempre, los que no tengan qué temer, y los cultores de la verdad y de la transparencia, tendrán motivo de celebración. A sabiendas de que más tarde se cerrarán de nuevo las cortinas, por ahora se aprestan a disfrutar del despeje que les permitirá ver las verdaderas proporciones de muchas cosas. Y estarán alertas a identificar los cambios que el fenómeno produzca en el caso específico de cada país y en el manejo de las relaciones con los Estados Unidos, que por ahora son en realidad los principales afectados por este golpe de transparencia.

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