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Un juego de adivinanza

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Casi nadie sabe lo que piensa cada quién en la campaña para las elecciones legislativas.

Oculta, tras el eclipse de los escándalos de cada día, se lleva a cabo en todo el país una acción proselitista que tiene como meta la conformación de un nuevo Congreso. Pero no se conocen, como deberían conocerse profusamente, los manifiestos de los partidos, ni sus diferencias, ni sus ventajas, ni se advierte coherencia en lo poco que dejan ver. De manera que los ciudadanos difícilmente tienen claro por qué, aunque sepan por quién, van a votar.

La elección es en realidad el nombramiento de quienes, a nombre de todos, se ocuparán de ayudar a orientar el rumbo de la nación mediante la expedición de leyes y la vigilancia política de la marcha del Estado. El concurso de méritos para ocupar cada puesto se lleva a cabo a lo largo de la campaña, y los que eligen deberían ejercer su poder ciudadano con el mayor sentido de la responsabilidad. Pero ellos parecen también adormecidos, o indiferentes, que tal vez es peor. No se les nota entusiasmo por expresarse en un momento histórico importante, cuando hay tantas cosas por resolver.

Parece que, a la larga, quienes se interesan por las elecciones siguen siendo una minoría. Y sin perjuicio de que en algún lugar haya buenos candidatos y buenos ciudadanos, que son en ambos casos la excepción, se tiene la sensación de que se nos viene encima otra vez ese ritual vacío en el que se han convertido las justas electorales en Colombia.

No estamos ciertamente al borde del desastre. Bien que mal entre todos, a punta de esfuerzos aislados, y como una especie de milagro, el país observa una resistencia maravillosa frente a problemas por resolver. Pero su solución no se puede posponer indefinidamente.

Quien no haya tenido dificultades en carne propia o ajena con el sistema de salud, no se haya enterado de sus deficiencias, o no haya sabido de la forma como sus recursos se han dilapidado, seguramente no vive en este país. Quien crea en el valor supremo de la educación pero sepa que los resultados de pruebas internacionales nos ponen en los últimos lugares del mundo, debe de alguna manera reaccionar. Quien tenga medianamente claro que el modelo de lucha contra el narcotráfico ha fracasado, debe exigir la búsqueda de un modelo mejor. Quien sienta vergüenza por la violencia, el desplazamiento, el despojo y la falta de justicia, debe hacerse sentir.

Quien tenga algo de sensibilidad por vivir en un país que menosprecia a otros pero está mucho más abajo que ellos en materia de igualdad, para ubicarse en los peores lugares del mundo, otra vez, debería preguntarse cuál sería el camino para que la vida en nuestra sociedad fuese más digna para todos. Y qué no decir de la destrucción de la naturaleza y, sobre todo, del deterioro de la moral, cuando se ha vuelto corriente que a pesar de todo lo que pasa, no pase nada prácticamente jamás.

Aquí no podremos vivir en verdadera paz mientras no hayamos arreglado todas esas y muchas otras cuentas, así firmemos los documentos que haya que firmar. Por eso los ciudadanos deberíamos en esta época sacudir el árbol de la clase política para ver qué se cosecha. En lugar de permitir que la clase política sacuda una vez más al país para ver qué le puede sacar, que en la mayoría de los casos no es otra cosa que una cuota de poder personal.

Deberíamos preguntar dónde están, cuáles son y de dónde salen las ideas de los que aspiran a llevar la representación nacional. Nos deberían contar cuál es la renovación que prometen, cuando ya desaprovecharon las oportunidades de renovar. Deberíamos exigir audacia en el análisis y en las propuestas de acción. Para que los nuevos congresistas vayan y propongan y argumenten y ayuden a marcar el rumbo del país en los temas fundamentales, en lugar de ir a comerciar en favores pequeños para mantener regado el jardín de su futura reelección. Y para que no se conformen con ir a buscar abrigo bajo el manto de la unanimidad que esteriliza la democracia con el reparto de beneficios y niega el valor de la oposición.

Si uno mira bien, por ahí puede haber buenos candidatos. Hay que buscarlos eso sí. Y hay que someterlos a examen. A lo mejor se evidencian buenas sorpresas. Es posible que vayan a ser una minoría, de calidad, en el Congreso. Pero justamente esas minorías pueden ser la simiente de la verdadera renovación. Votar en blanco puede ser, si se hace a conciencia, otra opción. Pero hay que hacer el ejercicio de estudio de los candidatos antes de votar, para que la jornada electoral no sea una vez más un juego de adivinanza en el que nadie sabe qué es lo que a la hora de la verdad los elegidos piensan hacer.

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