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El liderazgo político puede encontrar cada vez formas de ejercicio más elevadas, más pertinentes y más perdurables.
No siempre la mejor forma de practicarlo es la de expedir decretos y dar órdenes a las huestes de los funcionarios del estado. No siempre es válido el afán de perseguir cuanto poder formal se atraviese. Quien pretenda trascender períodos presidenciales e ir más allá de las efímeras oportunidades de tomar decisiones de gobierno, puede, y tal vez debe, dedicarse a estudiar, y a promover el estudio y el debate sobre los problemas públicos, en un escenario apartado del fragor de la lucha política y en contacto con quienes ejercitan el pensamiento con la mirada puesta en el bien común.
La búsqueda del poder, y la oportunidad de ejercerlo, son a la vez una razón poderosa y una ocasión privilegiada de servir. Naturalmente hay que aprovechar la prerrogativa de dirigir un Estado y es preciso hacerlo lo mejor que se pueda: con prácticas de buen ejemplo en el manejo de las herramientas institucionales, respeto por su integridad y por los equilibrios de poderes que reclama la democracia, y sentido histórico para tomar a tiempo las decisiones que sea necesario tomar.
Bien se sabe que ningún ejercicio de la presidencia de un gobierno será jamás completo, ni dejará plenamente satisfecho a quien haya llevado la investidura. Para no hablar de los demás. Como se juega simultáneamente con la imaginación del futuro, con el paso inevitable del tiempo, con el apremio de convencer, con la urgencia de solucionar, con la necesidad de persuadir, con el mandato de mandar, con la obligación de ser prudente y con la apuesta de acertar, siempre habrá uno de estos factores, entre muchos otros, que ante los propios ojos, y mucho más todavía ante la mirada ajena, deje qué desear. Pero el reflejo inmediato no tiene porqué ser el de buscar la oportunidad de perpetuarse de una vez en el mando para corregir todo sobre la marcha.
Quienes han tenido la oportunidad de gobernar y sienten que tienen obligaciones pendientes de servicio público, y con mayor razón quienes consideran que su vida sólo puede estar ligada a la política, deben buscarse una actividad que les permita hacer algo más que declararse en campaña permanente. Si quieren ir a lo profundo de la sociedad, auscultar sus problemas sin el ánimo de conseguir votos, sin la obligación de limitarse a decir lo que otros quieren oír, y sin adquirir compromisos calculados de realizaciones fantasiosas, se deben dedicar a estudiar. Y nada mejor, para tales efectos, que integrarse a la interminable y siempre agitada discusión de los problemas que se da en el ambiente de los tanques de pensamiento que a veces se desbordan de ideas y requieren del contrapeso y de la capacidad de los políticos, y de los pragmáticos, para convertir en realidad el caudal enorme de su especulación creativa.
Leonel Fernández, el presidente dominicano que a punta de tesón y prudencia ha convertido a su país en piedra angular del Caribe, puede ser un ejemplo de la manera en la que un líder asume la responsabilidad, y la vocación, de servicio público. Sin perjuicio de su ejercicio del gobierno hace ya varios años, y de los dos períodos que pronto debe completar, ha tenido la sabiduría de organizar una institución, Funglode, Fundación Global Democracia y Desarrollo, que se dedica a analizar los problemas públicos, a propiciar su estudio, a discutirlos en los medios políticos y académicos con la opción de que diferentes puntos de vista salgan a la luz, y a facilitar el surgimiento de alternativas de diversa índole para su solución, como una contribución sólida, amigable, y perdurable, al progreso de su nación. Buen ejemplo para quienes creen que ya lo saben todo, que pretenden decir a toda hora frases salomónicas y que se preocupan más bien por sumarse a la gritería que se disputa el favor popular mediante ese discurso calculado que simplemente dice lo que la gente quiere oír. Con lo cual se pueden convertir en ganadores de elecciones pero no en conductores de su pueblo en los tramos largos de la historia.