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Una liturgia de colapso

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El origen democrático del mandato no excusa la torpeza de un gobernante.

El haber obtenido la mayoría de los votos en unos comicios no necesariamente garantiza un buen gobierno. El arte de gobernar es distinto del de ganar elecciones. Al gobernante se le juzga políticamente  por el ejercicio de sus funciones y la atención de sus responsabilidades. El pueblo tiene derecho a protestar cuando las cosas no van bien. Y cuando se mezclan desatinos del gobernante y descontento popular, comienza a funcionar una liturgia de colapso.

Gente frustrada y enardecida en calles y plazas expresando su descontento con la orientación del gobierno y del país, enfrentamientos con la policía, heridos, muertos, recriminaciones, acusaciones del presidente a sus enemigos como delincuentes y terroristas, calificación a los mismos de nazis o fascistas, judicialización acomodaticia de la oposición, reclamo de las credenciales democráticas del mandato para justificar las decisiones del gobierno, desabastecimiento, desestabilización, ánimos crispados por el apoyo interno de quienes están dispuestos a combatir, división nacional, limitaciones a los medios de comunicación, queja por golpe de estado, denuncia de complot de poderes foráneos, apelación a amigos externos experimentados en modalidades efectivas de represión, búsqueda de enemigos exteriores comunes y asomo de diálogos condicionados, son síntomas en la mayoría de los casos irreversibles de procesos de derrumbe del régimen de turno. 

Todo esto acabamos de ver en Ucrania. Hasta que el Presidente Yanukovych, que a ratos se veía como un gigante ante las cámaras y aún más junto a Vladimir Putin, y que se daba el lujo de desafiar a todo el mundo, incluyendo a la mitad de su propio pueblo, terminó por huir de Kiev para ir a refugiarse en el oriente del país, donde predomina un sentimiento más afecto a Rusia que a la Europa Occidental. Atrás quedaron abandonados todos sus argumentos falaces. También quedó su palacio privado, lleno de lujos extravagantes y animales exóticos, como muestra de lo que había debajo del manto del poder, para que los ciudadanos se sorprendan ahora todavía más con el conjunto de manifestaciones de lo que era un régimen que se reclamaba democrático pero albergaba al parecer una corrupción sin límites, a cuya cabeza, en alianza con oligarcas de siempre, y con otros recién inventados, dicen que estaba el propio presidente. 

Ucrania ha tenido que soportar enormes dificultades para existir siquiera como país independiente. La definición de sus fronteras siempre ha estado en entredicho por una u otra causa. Existen diferencias importantes entre regiones orientales y occidentales en materia de lengua, tradiciones y afinidades culturales y políticas. Para no ir más lejos, a lo largo del siglo XVIII estuvo dividida entre el Imperio Ruso y el Imperio Austríaco. Luego de un muy corto período de independencia, el Ejército Rojo se encargó de anexarla a la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Su extremo occidental, que parecía haber escapado de ese designio, quedó en manos de Polonia, pero tan solo por unos años, porque al final de la Segunda Guerra Mundial la URSS también la incorporó a su dominio, hasta 1991.

La invención de la nueva Ucrania ha sido extremadamente difícil. Vieja y nueva clase política, heredera en todo caso del modelo soviético, sin términos de referencia suficientemente distintos o independientes. Deseos de aliarse y de pertenecer a Europa Occidental versus reminiscencias de la época comunista y afinidades con el talante ruso. Promesas en todas las direcciones posibles para un pueblo que ansiaba, ahí sí como dice uno de nuestros himnos, tener libertad. Pero el gran obstáculo, enorme, pétreo y paquidérmico, anquilosado, sin imaginación, estéril, es el de su liderazgo político, que parece que participara permanentemente en un concurso de ineptitud.

Lo mismo que en todos los países que carecen de un buen liderazgo, y nosotros sabemos lo que eso quiere decir, Ucrania clama por audacia y por claridad. También clama por definiciones que le permitan encontrar un puesto adecuado en ese escenario de frontera que le obliga a vivir entre potencias como Rusia y la Unión Europea, bajo el embrujo de los cantos de sirena de lado y lado. Mientras no encuentre la combinación de ciudadanía militante, liderazgo acertado y orden institucional con el que nadie pueda jugar, seguirá a la deriva, en manos de presidentes como el que se está yendo, o de figuras políticas como la que acaban de liberar, cuya cuota de incompetencia en su momento ya aportó. La situación es apremiante y amenaza entretanto con la guerra civil o la división.

Dicen en Moscú que Vladimir Putin no ambiciona necesariamente convertirse en el señor de Ucrania, pero que siente la responsabilidad de velar porque en las fronteras de su país no se mantengan vivas esas llamas peligrosas del desorden que trae la indefinición. Otros dicen que Putin tiene miedo del contagio del mal ucraniano en su propio país.  Pero lejos de allí, y más cerca de nosotros, también puede haber quienes se sientan interpretando el mismo libreto de Viktor Yanukovych. Razón por la cual pueden sentir que, de seguir la liturgia de Kiev, sus días están contados.

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