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Urgencia de una acción ekística

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El invierno ha demostrado la fragilidad de nuestros asentamientos humanos.

Sin perjuicio de que se trate de un fenómeno natural de proporciones extraordinarias, muchas de las calamidades que nos agobian no habrían sucedido si en su momento barrios, caseríos, aldeas y ciudades, hubieran sido ubicados en lugares de menos riesgo o construidos conforme a especificaciones que les permitiesen una mejor relación con la naturaleza y sus avatares. Sin perjuicio de que en su momento llamen a responder a los culpables de lo que no se hizo, lo que el país necesita es que todos nos pongamos a la tarea de reducir los males y preparar una reconstrucción digna de una nación que sabe mirar hacia el futuro. Sería imperdonable que luego de semejante lección no fuésemos capaces de reconstruir unos asentamientos óptimos. A ello nos debemos dedicar todos con entusiasmo, solidaridad y generosidad, bajo el liderazgo del Presidente.
 
Unos asentamientos humanos dispersos y espontáneos, construidos con inocencia pero sin buen criterio, cuando no surgidos del aprovechamiento de terrenos inadecuados o puestos en lugares de peligro, solamente pueden dar lugar a tragedias como la que estamos viviendo. Tantos reclamos por un ordenamiento territorial y por una mejor administración de lo público en las proporciones aldeanas y regionales han sido hasta ahora en vano. La clase política no fue capaz de sacar adelante un modelo adecuado de manejo del territorio, en todos los años que llevamos desde la expedición de la Constitución de 1991, para no ir más atrás. Ya sabemos en cambio cómo se dedicó a cambiar la Constitución y con qué fines. Ahora debería aprovechar el impulso de un gobierno por lo menos hasta ahora más idóneo que muchos, para producir decisiones trascendentales en la materia. Con patriotismo y sentido histórico.
 
Aunque parezca triste decirlo, una vez más la tragedia es a la vez una oportunidad de hacerlo todo mejor. Por supuesto la manera óptima de arreglar el problema no es simplemente, muy a la colombiana, la de expedir leyes. Es preciso actuar en el terreno, frente a la realidad concreta que debemos afrontar. Y para ello el país debe contar con sus mejores recursos en todos los sentidos. Esto quiere decir que el asunto no es solamente cosa del gobierno sino de todos los colombianos, que debemos aprovechar justo ahora la ocasión para poner en práctica todo aquello que tanto reclamamos como servicio al bien público y todo aquello que envidiamos de países que han sido capaces de hacer a un lado profundas diferencias para ponerse de acuerdo a la hora de un esfuerzo de salvación.
 
No basta con que el Presidente haya designado altos funcionarios para que acompañen el manejo de los problemas en una u otra región. El país debe llamar a sus mejores reservas, esto es a tantos pensadores y experimentados dirigentes que seguramente estarían deseosos de contribuir a ese esfuerzo que requiere de su concurso. Por ejemplo, algunos exitosos exalcaldes de Bogotá deberían irse a la provincia a prestar de nuevo un servicio a la nación. Jaime Castro con su visión institucional, Enrique Peñalosa con su visión de ciudad y Antanas Mockus con su sentido de lo cívico en las circunstancias específicas de la vida comunitaria, pueden ser llamados u ofrecerse a bajar del altiplano e ir a prestar un nuevo servicio en la provincia que se asfixia y merece ser rescatada. Lo mismo podrán hacer otros muchos colombianos valiosos, interesados en el servicio público.
 
También deberían sumarse al esfuerzo todas las universidades con su contingente de intelectuales dedicados por ahora a pensar y formar, pero que pueden contribuir seguramente a rediseñar un país mejor, como tanto lo reclaman en sus disertaciones de salón. Es preciso aprovechar la existencia de tantas escuelas de arquitectura, ingeniería, urbanismo y cuanta disciplina pueda servir para que el país que sobreviva las inundaciones y los derrumbes sea mejor.
 
El esfuerzo, al que debemos sumarnos todos, y que implica un reto en el que debemos ayudar al gobierno sin miramientos políticos, deberá hacerse con una visión ekística. Esto quiere decir que debe buscar la armonía de los nuevos asentamientos humanos con la naturaleza. Que al mismo tiempo debe tener en cuenta que si bien el hombre es el epicentro de cada asentamiento, tiene la obligación de vivir en concordia con todas las otras especies. Que los refugios que construya, desde las casas o apartamentos hasta los estadios y edificios públicos, tienen que ser de una escala que no lo apabullen. Que sean válidos estéticamente para todos, sin dejar a los pobres viviendo además en medio de lo menos agradable. Que la sociedad que se aloje en los nuevos barrios, aldeas o ciudades, aprenda a vivir en medio de una solidaridad de la que podamos sentirnos orgullosos. Que los espacios públicos sean amables y también respetados, para dar campo a la salud y a la recreación. Y que las redes que unan a los ciudadanos entre sí, lo mismo que a los asentamientos entre ellos, sean a la vez eficientes, amables y motivo de comunicación creativa. Ojalá podamos demostrar que estamos a la altura del reto que todo esto implica.

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