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Hay ceses del fuego que, según algunos, no valen más que el papel sobre el que fueron firmados.
Con esperanza y devoción, para que cesen los horrores de una confrontación armada, o con segundas intenciones, para ganar tiempo y reagrupar fuerzas, es relativamente fácil convenir un cese del fuego. En cambio siempre será difícil extinguir el fuego y, aún más, apagar las causas de la conflagración, que en últimas es lo que verdaderamente puede conducir al fin de una guerra.
Contra las cábalas y el aspaviento de quienes piensan que estamos ya en medio de una nueva guerra fría, los Estados Unidos y Rusia anunciaron en declaración conjunta el acuerdo de un cese del fuego en Siria a partir del 26 de febrero, e hicieron saber que en adelante intercambiarán toda la información posible sobre el asunto. Advirtieron que el acuerdo involucra a todas las partes, con excepción del Estado Islámico y la filial de Al Qaeda en el país. El arreglo parece de otra época en cuanto esas potencias son las que otra vez determinan, desde detrás de la escena, el manejo de un conflicto. También el acuerdo re edita la triste realidad de la institucionalidad internacional, en la medida que solo el compromiso de dos potencias mayores le puede dar fuerza a una Resolución del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, en este caso la expedida hacia finales de 2015, orientada a generar un proceso de transición en Siria, bajo supervisión de la ONU. Allí se establecía el propósito del alto al fuego y la celebración de elecciones, como consecuencia de acuerdos puntuales a los que lleguen el gobierno y la oposición, que deben permitir ya mismo la entrega de ayuda humanitaria para las víctimas, atrapadas por la guerra.
Alguien ha dicho que vivimos otra vez la experiencia de un mundo bipolar, no porque hayan vuelto a surgir dos grandes polos de atracción, sino porque el orden internacional sufre trastornos cíclicos que alternan la euforia con la depresión. En el caso sirio, con actores inmediatos y externos, entraríamos a un período de euforia. Pero pocos reparan en el hecho de que en quedan muchos cabos sueltos. Basta con recordar que allí se libran simultáneamente cuatro conflictos y que el campo queda abierto para que algunos de ellos no tengan pausa. El primero es el que enfrenta al gobierno de Bashar al Assad con decenas de grupos rebeldes. Otro es el que turcos y kurdos libran en la frontera norte. Un tercero es el que libra el Estado Islámico contra todos los demás, en su propósito de construir un “Califato” de talla mundial. El cuarto es el de la guerra de todos contra el Estado Islámico en territorio sirio.
Como quiera que el Estado Islámico y Al Nusra, la sucursal de Al Qaeda, no entran en el pacto, y nadie quiere que entren en ningún tipo de conversación, seguirán actuando de manera violenta, por la razón misma de no encontrar ningún espacio político, o porque no les interesa. Conforme a la misma lógica, todo autoriza a Rusia y los Estados Unidos, solos o con sus respectivos aliados, a continuar los bombardeos que consideren necesarios en contra de los terroristas o “terroristas” a los que quieran golpear. Todo eso abre la brecha por la cual se puede hundir en la práctica la Resolución de Naciones Unidas.
En las condiciones anteriores, las posibilidades de éxito del cese del fuego acordado son bastante limitadas y tal vez para lo que sirva de inmediato será para que en algunas regiones de la destrozada Siria pueda circular la ayuda humanitaria. Por lo demás, Rusia e Irán, con el argumento de la lucha anti terrorista, tratarán de ganar todo el espacio político posible en favor de Assad, que les ofrece a los primeros la garantía de un bastión mediterráneo y a los segundos el fortalecimiento de su línea islámica, en detrimento de los saudíes, y demás sunitas, que verán amenazados sus intereses en la región. Turquía no se quedará quieta, otra vez con el argumento anti terrorista, para tratar de desbaratar las alianzas kurdas de lado y lado de la frontera. Y los Estados Unidos y la Unión Europea seguirán castigando al Estado Islámico, que es lo que les interesa porque lo consideran la principal amenaza a su seguridad.
A pesar de todo, el acuerdo entre rusos y americanos puede ser ventana de oportunidad para la paz. Pero esas mismas potencias deben ponerse de acuerdo en una serie de cosas. En primer lugar hay que aceptar que Rusia está en Siria para quedarse. A cambio, es perfectamente posible que acceda a la salida de Assad. Después de todo hay que reconocer que el señor oftalmólogo es un obstáculo para la paz en cuanto ha contribuido sin pestañear a que más de un cuarto de millón de sus compatriotas hayan muerto y cerca de cinco millones hayan sido desplazados. Que lo reemplace otro amigo de los rusos, y de Irán si se quiere, pero que se quite del camino. Por lo demás, todos se deben poner de acuerdo en el tratamiento al Estado Islámico, y deben ocuparse, así sea dispendioso, del asunto kurdo, sin desmejorar la integridad de Turquía. Finalmente, y sobre la base de las fallidas experiencias de Irak y Afganistán, se debe abogar por que los Estados Unidos permitan que los sirios busquen su camino conforme a sus tradiciones, en lugar de esperar que en cuestión de días se comporten como ciudadanos de Boston. El espectáculo de la carrera actual por la Casa Blanca les desautoriza para andar por el mundo dándoles consejos a otros.