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Una condena judicial marcada por la duda afecta todo el sistema político.
Las circunstancias de cambio de régimen, y más aún de sistema, constituyen un escenario particularmente peligroso para que los tribunales de pronto terminen desviados. Una buena edificación institucional sólo puede ser defendida cuando a raíz de casos concretos se cimienta la confianza pública en el poder judicial y en quienes lo hacen funcionar. Lo mismo que en quienes lo deben respetar.
El más reciente capítulo de la historia rusa posterior a la Unión Soviética está marcado por la condena a Mikhail Khodorkovsky, quien no es al parecer otra cosa que uno de los muchos empresarios inventados a la carrera en la época del proceso de desmoronamiento del sistema del llamado socialismo real y de la búsqueda de un paso súbito a una especie de capitalismo desconocido hasta entonces en ese país, que nadie puede esperar que se parezca al de ningún otro.
Fueron muchos los que, en uno u otro lugar de la amplia geografía de la desfalleciente URSS, resultaron de pronto ofreciendo en venta todo tipo de bienes, en ciertos casos hasta entonces a su cuidado, tal vez para aprovechar el descontrol propio de los momentos de cambio dramático. También fueron muchos los que decidieron, abiertas las compuertas, lanzarse a protagonizar aventuras empresariales de todos los tamaños, como lo exigía el nuevo sistema, si es que de verdad el país buscaba lanzarse en esa dirección.
El fenómeno, no hay que olvidarlo, se presentó también en el campo de lo político. Es decir que allí también aparecieron, a lo largo y ancho del país, nuevos protagonistas provenientes de diferentes orígenes, incluyendo el servicio secreto, como es el caso de Vladimir Putin y otros tantos que consiguieron abordar la nueva barca. Se quedaron por fuera los tripulantes de la vieja embarcación, hundida ante el asombro del mundo, que a nombre de las causas populares habitaron los salones del Kremlin. Lo mismo pasó con sus equivalentes en todas las provincias, que fueron los más caracterizados líderes del antiguo régimen, y quienes mejor sabían de pronto medir la temperatura del país.
Khodorkovsky según las cuentas de la época se convirtió en el hombre más rico de la nueva Rusia, al aprovechar el proceso de privatización de los bienes estatales del desbaratado Estado soviético. Entrenado originalmente como químico, cambió luego de tercio y fundó en los años ochenta, todavía como fiel miembro del Partido Comunista, una empresa de software con unos compañeros de estudios. Hasta ahí nada raro. Pero seguidamente, en medio del proceso de cambio, fundó el Banco Menatep, que se enriqueció al comprar acciones en numerosas empresas hasta entonces estatales que fueron puestas en subasta. Más tarde compró una empresa de fertilizantes y luego, con el apoyo del Banco, adquirió la empresa petrolera Yukos, la segunda del país, en 1995.
El problema es que en su hiperactividad no se limitó a actuar en el mundo de los negocios, sino que buscó influir en el mundo político. Sobre su prestigio de empresario petrolero, que impuso a su compañía estándares internacionales que llamaron la atención de importantes inversionistas, llegó a ser viceministro del petróleo en la era de Boris Yetsin. Pero fue más allá y más tarde decidió financiar a todos los movimientos posibles, bajo la idea de que una gran empresa no puede aportar exclusivamente a nadie, en cuanto sus accionistas pueden tener diferentes puntos de vista. Por ese camino tal vez cometió, dicen sus amigos, el error de financiar aún a los liberales oponentes al poderoso Vladimir Putin, de quien se piensa desde hace varios años que el propio Khodorkovsky sería un fuerte competidor.
Pronto comenzaron las dificultades. Su principal socio fue arrestado, dicen sus defensores que a manera de advertencia para que se alejara del mundo político. Luego fue sindicado de evasión de impuestos y de una serie de cargos adicionales que le llevaron a la cárcel. Y ahora, cuado se aproximaba a cumplir su condena, que tuvo que sufrir además de la quiebra de Yukos, le han sentenciado de nuevo, esta vez por haber supuestamente robado su propia empresa y lavado los dineros obtenidos por ese medio.
Por la índole de la justicia se puede calificar la calidad del sistema político que la envuelve. El fallo contra Khodorkovsky ha sido ampliamente criticado dentro y fuera de Rusia. Despertadas las sospechas y vivas las protestas de ciudadanos que reclaman más bien la cárcel para Putin, lo mismo que la repulsa en el extranjero, no solamente se abre un boquete enorme en la credibilidad de la justicia rusa sino de las instituciones post soviéticas. Motivo de reflexión, en cuanto de la índole de la justicia, es decir de su calidad de independiente o manipulable, se pueden deducir la calidad y la credibilidad misma del sistema político que la envuelve.