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Cada vez que los ciudadanos van a las urnas tienen la opción de mostrar su aprobación, su rechazo, o su desencanto con el gobierno nacional de turno.
Eso es inevitable más que todo porque las realidades económicas generales, en cuanto afectan la vida cotidiana, dependen en gran medida del éxito o del fracaso de las políticas de nivel nacional. Esa es tal vez la principal conexión de la gestión de ese nivel con los ciudadanos, y produce efectos inocultables en la sensación de bienestar y en el ánimo de la gente. Por eso, aunque las elecciones municipales y departamentales giren en torno a los asuntos puntuales de una comarca, los ciudadanos terminan por aprovechar la oportunidad para expresarse sobre la situación general.
Los gobiernos nacionales saben que se juegan buena parte de su prestigio, de su vigencia política y de su capacidad de maniobra, en las elecciones de orden regional y local. Por eso reconocen su importancia y tienden frecuentemente a “nacionalizar” el debate, para poner las cosas en el terreno de su dominio, con la ilusión de salir bien librados. También los partidos de la oposición, y en general los que están fuera del gobierno, se sienten afectados por la misma lógica y buscan, en cada ocasión electoral, la oportunidad de marcar puntos en la perspectiva de convertirse en alternativa futura. Entonces buscan fórmulas y propuestas políticas que, según les convenga, combinan argumentos locales y nacionales para sacar provecho de la coyuntura.
Caído en desgracia cualquier partido de gobierno en los comicios regionales o locales, o en ambos, sabe bien que entra en una etapa de cohabitación política con una mayoría popular que le es adversa. Así sea cierto que la participación política deja siempre dudas sobre lo que puedan estar pensando quienes no concurren a las urnas. Entonces, por arrogante que sea su liderazgo, se ve obligado no solamente dar por recibido el mensaje sino a actuar cuanto antes para atender el llamado de atención del electorado. So pena de quedar condenado al fracaso en las siguientes elecciones generales. Es decir a perder el poder. Al menos en regímenes serios, con gobierno y oposición, claro está. No como entre nosotros, donde son pocos los que no le tienen miedo a quedarse por fuera.
La segunda vuelta de las elecciones departamentales francesas ha tenido un resultado que es apenas consecuencia del de la primera ronda. Esto quiere decir que la unión de derecha y centro, bajo el denominador común de un compromiso republicano que les aleja de la derecha extrema, han avanzado en el control de gobiernos departamentales. Algo que de por sí no tendría consecuencias tan graves, si no fuera por el duro golpe político que el resultado implica para el gobierno socialista, que consiguió el poder ante la insuficiencia de los ahora vencedores, cosa que no hay que olvidar, pero ha estado desde un principio bajo la sospecha de que no puede enderezar las cosas.
Los apelativos con los que los vencedores del fin de semana han calificado al gobierno de Hollande subrayan el desencanto de la población con una propuesta que no ha mostrado resultados ostensibles para sacar al país de la crisis. Es, claro está, la crueldad aparente de la vida política en un país de democracia avanzada. Pero es lo normal dentro de un sistema político donde el gobierno gobierna lo mejor que puede y la oposición hace su oficio con franca dureza, sin que el primero ande tratando de apelar a la “unidad nacional” como fórmula para tener a todo el mundo contento, y sin que la segunda ande mendigando pedazos de un poder que no le corresponde.
Lo cierto es que las elecciones que acaban de tener lugar han sido un round de significación en la perspectiva de las elecciones presidenciales de 2017, y que la derecha democrática, aliada con el centro, vislumbra desde ya la posibilidad de colarse y llegar al poder a través de la brecha que distancia a un Partido Socialista cuya propuesta no ha fructificado y un Frente Nacional que amenaza con fórmulas de manejo de la crisis que preocupan a los ciudadanos comprometidos con los tradicionales valores de la República, que en el caso de Francia forman parte de una cultura política bien arraigada.
Los socialistas saben bien que nadan contra la corriente. Prácticamente solos en Europa, o al menos con compañías que andan en circunstancias peores que las suyas, como es el caso de Grecia, todo lo que pueden hacer es esperar que su proyecto, particularmente en materia de empleo y reactivación de la inversión pública y privada, comience a dar resultados antes de que sea definitivamente tarde. Algo que a la luz de la tendencia dominante en el Continente, con gobiernos conservadores en países clave, será difícil de obtener. Porque también en el escenario ampliado de la Unión Europea existe, no solo en el discurso sino en la realidad de las decisiones y las acciones, una dura controversia respecto de la gestión de la economía y en particular de las fórmulas para salir de la crisis.