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El populismo sacó ventaja de la manera como se formuló la pregunta del referendo británico y llevó a la mayoría a votar como si con la salida de la Unión Europea se fueran a resolver todos sus problemas.
De las múltiples divisiones que afloraron con motivo de la votación del 23 de junio para decidir si la Gran Bretaña continuaba o no siendo parte de la Europa comunitaria, la más grave puede ser la que separa a los jóvenes del resto de los electores. La miopía de los mayores, que añoraban épocas irrepetibles y querían resolver problemas menores, les llevó a votar por el abandono de una causa que consideran opuesta a sus intereses, sin tener claro cuál será el nuevo rumbo. En cambio los menores de cuarenta años, que veían con más confianza que sus mayores el futuro del país dentro de una Europa unida, resultaron despojados de su esperanza y requieren ahora de un proyecto político que les sirva de alternativa.
David Cameron, autor de la idea de realizar el referendo, se ha declarado impedido para ser quien oriente la nave del Estado hacia un puerto que por ahora nadie sabe cuál sea. Se va y deja, entre otros, los males de una Europa rota y de una nueva amenaza de separación de Escocia. No arregló nada y lo dejó todo descompuesto. Pero está bien que se haya ido; la precariedad de su condición de estadista quedó demostrada porque su apuesta ponía en juego el curso de la historia con tal de salir de una coyuntura electoral. Lo grave es que después del referendo muchos de los mismos votantes en favor del retiro no saben en qué dirección mirar, pues por ahora la alternativa con mayores opciones es Boris Johnson, el ex alcalde de Londres, una especie de Trump británico que cuenta con la simpatía del extravagante original norteamericano, y que por su parte parece haber optado por apoyar el retiro de la Unión Europea también como jugador del oportunismo político.
Nada de raro tendría que en las elecciones generales dentro de tres meses resulte ganador un “europeísta”. Resultado que sería una delicia para los jóvenes, y para los analistas, pero un galimatías para los jefes políticos de todas las partes interesadas. Entretanto, vale la pena reflexionar sobre la precariedad del criterio y del nivel de responsabilidad de ciudadanos de países que cuentan con larga tradición de participación política, que a la hora de la verdad votan sin ser capaces de tener en cuenta los grandes trazos de la historia y los intereses más trascendentales de la sociedad a la que pertenecen, y se manifiestan en las urnas para responder a problemas pasajeros o de menor cuantía.
Parece que en el referendo hubiera ganado el elector vengativo, que siempre está insatisfecho con las circunstancias y no puede mirar más allá de sus narices; que no tiene más noción histórica que sus vagas memorias de otros tiempos, como al anciano que recuerda su casa de infancia como si fuera un palacio, cuando a la hora de la verdad, si la vuelve a visitar, advierte que todo era cuestión de proporciones. Aquel que, si aparece alguien que le pregunta de manera simple y genérica si desea deshacerse de un tajo de sus problemas, está más que dispuesto a responder afirmativamente.
En el caso británico se configuraba fácilmente el espejismo. Cuando apareció la oferta de optar por deshacerse del supuesto fardo de la Unión Europea, interpretada por los nuevos nacionalistas como culpable de todos los males, se produjo la convergencia de quienes añoran la época en la que el conjunto del Reino Unido era un potencia, porque podía serlo; cuando el mundo no había cambiado; cuando el poder internacional no estaba fraccionado como ahora; cuando la competencia por los mercados y por el predominio cultural era principalmente europea y los Estados Unidos estaban siempre de parte de los británicos y los dos países se apoyaban cada uno al otro en sus caprichos. Entonces votaron impulsados por la nostalgia del pasado, pero terminaron por hacerlo en contra del futuro.
Para los jóvenes, por su parte, la pregunta del referendo implicaba la opción de avanzar en el proceso de una comunidad de efectos tangibles sobre las oportunidades de realización personal en un espacio ampliado, más allá de las islas, y ponía en evidencia al mismo tiempo la amenaza de hacerlos retroceder unos cuántos años, al separarlos de una comunidad que forman con los demás jóvenes de una Europa que logró superar rivalidades, ambiciones y orgullos que en otra época produjeron millones de muertos.
La Gran Bretaña no era el país que más contribuía al presupuesto de la Unión Europea. Por encima de ella han estado Alemania, Francia e Italia. Desde un principio había conseguido rebajas en cuanto a sus obligaciones comunitarias. A la hora de la verdad, contribuía con menos de la mitad del uno por ciento de sus ingresos a la marcha de una Unión que le reportaba beneficios inocultables, y no es claro que fuera la causante de sus problemas. Ahora no solo tendrá que renovar el liderazgo de sus grandes partidos, sino que debe volver a inventar su papel en el mundo. Con el riesgo de que pase lo que advirtió Constantinos Cavafis, el poeta griego de Alejandría, cuando dijo que no se le puede achacar la desgracia propia a la ciudad donde se viva, pues la causa del malestar se traslada donde quiera que se habite.
Se dice que el referendo británico puede servir de acicate para que otros países se quieran salir de la Unión Europea. Eso es posible, pero también debe servir como advertencia de la catástrofe que puede significar en el mediano y largo plazo una Europa dividida y mezquina, de la que pueden brotar monstruos que la humanidad no quisiera ver resucitados. Y es un aviso a gritos de alerta para los electores de los Estados Unidos, que se aproximan a votar en unas elecciones presidenciales afectadas por la tentación populista.