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Balance 2010

Eduardo Sarmiento
25 de diciembre de 2010 – 09:55 p. m.

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AL FINAL DE LA SEMANA, EL DANE reveló que la economía creció 3,6% en el tercer trimestre.

Por lo demás, la información adelantada de la industria, el consumo de energía y pedidos sugiere que el último trimestre será menor. Tal como lo anticipé desde mediados del año, la economía crecerá por debajo de 4% en el año completo.

Más preocupante que el desempeño global es la composición del producto nacional. El dinamismo del sistema proviene de la minería y las importaciones de automóviles y electrodomésticos. La producción industrial creció 3,4%, y si se le resta el aumento de las importaciones, resulta un crecimiento del valor agregado cercano a cero. No menos diciente, la agricultura descendió 0,9% y la construcción bajó 10,6%, afectada por el desplome de la construcción pública.

El panorama se oscurece aún más cuando se advierte que la mayor parte de la expansión del empleo corresponde a trabajadores informales con salarios inferiores al mínimo. La demanda de la economía es jalada por el consumo de los sectores más favorecidos. Los automóviles crecen 20 veces más que los alimentos y las bebidas. En suma, el país se montó en una estructura productiva que no genera empleo bien remunerado ni demanda efectiva para las grandes mayorías.

La economía inició el año en franca recuperación, pero nunca logró calibrarse. La austeridad impidió intervenir adecuadamente la tasa de cambio y ampliar la inversión en infraestructura. La expansión del crédito y el déficit fiscal resultaron insuficientes para compensar la contracción del déficit en cuenta corriente. Se configuró una burbuja de revaluación y valorización de activos que impulsa el crecimiento económico sin empleo y no es sostenible. En efecto, el debilitamiento de la economía mundial en el segundo semestre desinfló la burbuja y contrajo la producción y las exportaciones industriales.

Lo que se planteaba era un manejo de la política monetaria para elevar el tipo de cambio y evitar el alza de los precios de los activos, y una política fiscal financiada con emisión para impulsar la producción. Así, la economía habría logrado el doble propósito de reducir el déficit en cuenta corriente y avanzar por encima de la tendencia histórica.

En todo esto influyó el excesivo optimismo a principio de la administración, que llevó a anticipar un crecimiento del producto de 6%. En tales condiciones, no había necesidad de estímulos fiscales y monetarios. La economía por sí sola se encargaría de consolidar la reactivación. La realidad resultó muy distinta. La llegada del nuevo gobierno coincidió con un cambio en las condiciones mundiales y la caída de la inversión pública, que interfirieron el crecimiento y hasta ahora han venido a percatarse.

El último año replica el crecimiento modesto de la década. También refleja las especificidades del modelo seguido en los últimos diez años, cuyos pilares centrales están representados por la inversión extranjera y la austeridad fiscal y monetaria. El modelo propicia la especialización en actividades petroleras y mineras y la expansión de las importaciones, y resulta en una burbuja de revaluación y alza de precio de los activos que no da crecimiento estable y mucho menos empleo formal. En el fondo, desconoce las condiciones y tendencias de la nueva realidad mundial. Los países que más avanzan son los que generan superávits en cuenta corriente y mantienen elevados déficits fiscales.

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