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Crecimiento endeble

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Al final de la semana se divulgaron las cifras del producto nacional de 2011. Con euforia el Gobierno festejo el crecimiento de 5,9%, que ya es historia. La composición sectorial y los fundamentos de la economía no permiten mantenerlo.

La agricultura avanzó 2,2% y la industria 3,9%, y en conjunto apenas representaron la mitad del promedio. Los inventarios correspondieron a la quinta parte del aumento del producto. El dinamismo de la producción se originó en los crecimientos de la minería de 14% y de la producción y los servicios por encima del 5%. El desempeño de la minería tiene un alto grado de ficción. Como lo mostré en una oportunidad anterior, la mitad del valor agregado está representado en repatriación de capitales, que en el año anterior crecieron 25%.

Por simple aritmética, la porción que se queda en el país es cercana a cero. A su turno, los servicios están representados en su mayor parte por actividades de baja productividad; su expansión por encima del promedio da lugar a presiones inflacionarias que conducen al Banco de la República a elevar las tasas de interés.

Se confirmó que las únicas y verdaderas locomotoras son la minería y la construcción en infraestructura. Como lo señalé cuando se divulgó el Plan de Desarrollo, el modelo podía dar altas tasas de crecimiento en períodos cortos, pero no en forma sostenida. En efecto, cuando la economía se aproximó a la meta del 6%, empezó a echar humo por la vía de las importaciones, el disparo del crédito y el alza de los precios de la vivienda, y en general, de los bienes no transables.

En el último trimestre del año pasado la turbulencia mundial se manifestó en la forma de decaimiento de las exportaciones de manufacturas y aumento de los inventarios. En enero y febrero se desinfló la burbuja. La industria, el comercio y las licencias de construcción se contrajeron con respecto al período anterior y el desempleo regresó a dos dígitos. La economía entró en una fase de crecimiento cercano a 4,5%.

La explicación está en la confluencia de la alta rentabilidad de la minería y el banco central autónomo con la modalidad de cambio flexible. La economía queda expuesta a la entrada de capitales que revalúa el tipo de cambio y amplía el déficit en cuenta corriente. La apreciación del tipo de cambio impide el desarrollo de la industria de alguna complejidad y de la agricultura de clima templado (cereales). Por su parte, la ampliación del déficit en cuenta corriente propicia el aumento del déficit fiscal y dispara el crédito, y resulta en expansiones de importaciones y de los bienes no transables por encima del producto, que no son sostenibles. Cualquier choque externo o alza de la tasa de interés del Banco de la República es suficiente para que el andamiaje se venga abajo.

No menos graves son las implicaciones sobre el empleo. La minería es el sector que genera menos puestos de trabajo e ingresos laborales, en tanto que los servicios lo hacen en la informalidad. Tal es el caso de la economía peruana, donde el producto nacional crece tres veces por encima de los ingresos laborales. Es difícil imaginar un perfil productivo más inequitativo.

Los resultados estadísticos son la consecuencia del libre comercio y el banco central autónomo que se impusieron en los últimos años y a diario se profundizan y consolidan. Se configuró un perfil de desarrollo que abarata los precios de las importaciones a cambio del crecimiento estable y la equidad. La solución no puede ser distinta a la de cambiar el modelo que causa el desacierto. Lo menos que se puede hacer es reducir las enormes rentabilidades de la minería, introduciendo controles a las entradas y salidas de la inversión extranjera y elevando la tributación, y detener la revaluación, interviniendo en el mercado cambiario sin límites monetarios.

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