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El país siguió una larga contienda electoral. En la primera vuelta los candidatos realizaron un gran esfuerzo para presentar su pensamiento y debatirlo en forma franca. El ejercicio se enrareció por algunos sectores que los deformaron y exageraron para causar miedo. Los resultados de la primera vuelta alteraron los ánimos. Por primera vez en muchas décadas triunfaron los candidatos extremos. Los candidatos con votaciones cercanas a los porcentajes medios, es decir, el centro, fueron excluidos por la ley de las probabilidades. Su primera reacción fue cuestionar a los ganadores y condicionar su apoyo a cambios programáticos.
Los dos candidatos se vieron presionados a moderar sus posiciones para ampliar el acceso a los votantes. Mientras en la primera vuelta se concedieron amplios espacios a todos los aspirantes, en la segunda no se crearon las condiciones y los compromisos para garantizar la confrontación final entre los ganadores. Por lo demás, los acuerdos políticos se condicionaron a prohibiciones que recortan la iniciativa presidencial en materia agrícola, macroeconómica y fiscal. Lo indicado es que los acuerdos se hagan con ánimo propositivo en torno a los cambios y reformas que requiere la sociedad colombiana.
Parte de la confusión está en que muchas de las críticas a los candidatos se refieren a aspectos que nunca discutieron ni mencionaron. Por ejemplo, nadie propuso replicar en el país la experiencia de Venezuela. El modelo venezolano está fundamentado en un enorme subsidio para elevar la remuneración por encima de la productividad, que no es viable en Colombia. Por el contrario, Petro propone sustentar las políticas distributivas en la sustitución de los proyectos mineros y petroleros, como Reficar, por desarrollos agrícolas e industriales que requieren menos necesidades de capital y generan más empleo. Lo mismo puede decirse de la sustitución de las grandes hidroeléctricas, como Hidroituango, por otras fuentes energéticas, como la solar.
Como se señala en la última columna, el mayor avance se logró en la propuesta de un acuerdo sobre las reformas requeridas para reducir las enormes inequidades de la sociedad colombiana. Falta concretar los cambios del modelo imperante de los últimos 25 años, que fue la principal causa del retroceso, y precisar los detalles de las reformas. Por su parte, Duque ha manifestado voluntad en favor de la equidad, pero no ha ido más allá de confiar la solución al cambio generacional.
El desafío es de enorme trascendencia. En el último medio siglo América Latina, y en particular los países más avanzados de la región, realizó esfuerzos para reducir las desigualdades. En unos casos no dieron los resultados previstos y en otros han significado grandes sacrificios de ahorro y acumulación de capital. También se ha visto que el Estado de bienestar convirtió a Europa, por la vía de la tributación, en el continente más equitativo del mundo, y que los países del sureste asiático, por la vía de elevadas tasas de ahorro, consiguieron altas tasas de crecimiento y disminución considerable de las desigualdades. Hoy en día se dispone de mayores conocimientos e información que hace 15 años para reducir la inequidad.
De todas formas, la política distributiva queda como un clamor de la sociedad civil y como una directriz para los planes de desarrollo y el control político del Congreso. Confiemos en que el acuerdo sobre las reformas fundamentales se consolide y conduzca al país por el sendero de la equidad acelerada y persistente.
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