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Reforma al Banco de la República

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La propuesta de añadir nuevas funciones al Emisor, ha despertado clara inconformidad con un modelo enfocado a controlar la inflación.

Luego de más de veinte años de la creación del Banco de la República autónomo, se abrió el debate sobre su conveniencia y continuidad. El senador Camilo Sánchez presentó un proyecto de ley para modificar la norma constitucional que estableció el banco central autónomo, y la ley que lo reglamentó. El ministro de Hacienda manifestó que el Gobierno desea pasar a una organización macroeconómica que impida la revaluación del tipo de cambio, e invitó a los colegas de la Junta a dialogar sobre la materia.

En ambos casos se advierte una clara inconformidad con el modelo que durante veinte años, y que en aras de la inflación, causó la crisis de 1999, generó revaluación e interfirió con la producción y el empleo. En el fondo, existe una clara desilusión con el Banco de la República que le da prioridad a la inflación sobre cualquier otro objetivo, y tuvo entre sus más fervientes defensores al ministro de Hacienda.

La institución se fundamentó en las teorías de la neutralidad del dinero de la Universidad de Chicago, que proclaman que éste tiene efectos nominales y no reales. Es decir, afecta la inflación sin alterar la actividad productiva. Este principio, que justificó a todos los bancos centrales del mundo, nunca se cumplió en Colombia y cayó en total desprestigio luego de la recesión de 2008. En todas partes la expansión monetaria destinada a financiar los déficits fiscales contribuyó a reactivar la economía mundial, y las nacionales, y no tuvo mayor efecto sobre la inflación.

En Colombia la verificación del fracaso no pudo ser más dolorosa. El incremento de las tasas de interés en 70% en 1999, para impedir la devaluación y bajar la inflación, precipitó la economía colombiana a la peor recesión y desempleo del siglo. Con sudor y lágrimas se demostró que la tesis de universidad de Chicago, es falsa.

Curiosamente, la funesta experiencia sirvió para radicalizar el sistema. Se estableció el piloto automático de la inflación objetivo, que lleva a subir la tasa de interés cuando aumenta la expectativa de ésta y a reducirla en el caso contrario. El mecanismo ha sido un medio para bajar la inflación reduciendo la actividad productiva, el empleo y acentuando la revaluación. Así, en los últimos nueve años no se ha adoptado una decisión para intervenir el tipo de cambio sin limitaciones monetarias. Un manejo de esta naturaleza, de seguro, habría frenado la apreciación y evitado los efectos destructivos sobre la industria, la agricultura y el empleo formal.

El balance está a la vista. En los veinte años de funcionamiento del Banco el producto nacional creció al menor ritmo del siglo, el desempleo y la informalidad laboral alcanzaron las tasas registradas más altas, la participación de la industria y la agricultura en el PIB bajó a la mitad, y el sistema, en conjunto, se hizo más vulnerable.

Los desaciertos del Banco de la República se originan en una teoría que tuvo un enorme prestigio en la década del 80, debido a que operó relativamente bien en los países desarrollados, pero en los últimos diez años ha probado ser equivocada en todas partes. Está demostrado que el dinero afecta la inflación, el tipo de cambio, la producción y el empleo, y que es un contrasentido científico darle prioridad absoluta a la inflación sin reparar en los demás objetivos.

Bienvenido el debate. Por ahora, la discusión está planteada entre un banco central que le da prioridad excluyente a la inflación, y otro que concilie los distintos propósitos y resuelva los conflictos con base en la información coyuntural, pero es necesario ir más lejos. Hay que definir en forma concreta las funciones del organismo en materia de coordinación con el gobierno, intervención cambiaria, orientación del crédito y regulación financiera.

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