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En los últimos años se ha hablado mucho sobre el fin de las ideologías. Sin embargo, hechos recientes contradicen esta afirmación. Por ejemplo, los resultados de las elecciones del pasado domingo en Colombia demuestran que este es un debate inocuo, o, por lo menos, que los argumentos en los que se sustenta deben ser revaluados y ajustarse a las nuevas realidades.
Durante la campaña, Iván Duque, en representación del Centro Democrático y de sectores de los partidos tradicionales de centro y centro-derecha que adhirieron a su campaña, y Gustavo Petro, de la Colombia Humana, con el apoyo de sectores de izquierda y centro-izquierda, se disputaron la Presidencia de la República. Los dos candidatos le presentaron al país dos proyectos políticos de nación que representan visiones ideológicas muy diferentes. O para ser más precisos, opuestas.
Esto indica que no podemos hablar del fin de las ideologías en la política colombiana. Por el contrario, los colombianos escogieron entre dos visiones de país muy diferentes. Esto es una buena noticia, porque revitaliza el debate público y permite diferenciar las propuestas y los programas, en temas tan fundamentales como la relación entre el Estado y la ciudadanía, la integridad, la paz, la sostenibilidad ambiental y la lucha contra la corrupción, entre muchos otros.
Lo que sí parece estar en cuidados intensivos es la forma tradicional de hacer política y, sobre todo, los partidos tradicionales y la mayoría de los políticos que han manejado el poder por décadas. Pero en una democracia el debilitamiento de los partidos políticos no es una buena noticia. Esto puede conducir a que los personalismos y liderazgos mesiánicos impongan sus intereses personales sobre las acciones orientadas a favorecer el interés público y que la representación recaiga en círculos cerrados y excluyentes.
El reto entonces para Duque y Petro es encontrar las vías y los mecanismos para tramitar las diferencias programáticas e ideológicas en el marco de la institucionalidad y abrir canales de diálogo entre el Gobierno y quienes van a hacer uso de los derechos que les confiere el Estatuto de la Oposición. Dejar atrás los acuerdos y las componendas a puerta cerrada y recuperar la deliberación pública. No tenerle miedo a la participación ciudadana y permitir que quienes piensan diferente se expresen libremente y sin miedo.
No se trata de hacer borrón y cuenta nueva para darles gusto a quienes apoyaron a los candidatos. Es innegable que en los últimos años hubo avances muy importantes, reconocidos tanto a nivel nacional como internacional. Los retos del nuevo Gobierno son inmensos y no menos grandes son los de la oposición y de millones de ciudadanos que hoy tienen más herramientas para informarse sobre lo que hacen los gobernantes, para vigilarlos, para participar en las decisiones y para hacer control social. Pero el mayor reto, sin duda, es recuperar la confianza de la ciudadanía en las instituciones, rehacer el tejido social que en muchas regiones está resquebrajado y reconstruir la ética pública, haciendo de la dignidad humana el norte de nuestra sociedad. Todo esto debe estar por encima de las ideologías y convertirse en un objetivo colectivo.
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