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«La democracia fue leal con Petro, como Petro fue leal con la democracia».
Esta frase, pronunciada por el exconstituyente Hernando Yepes Arcila en una de las tantas conversaciones informales que solemos tener los analistas políticos después de los eventos electorales, sintetiza con gran precisión el significado de la elección del nuevo alcalde de Bogotá.
La llegada de Gustavo Petro a este alto cargo va acompañada de muchos mensajes. Sin embargo, el más importante es para quienes aún aspiran a llegar al poder por la vía de las armas y para los que a priori descalifican cualquier posibilidad de diálogo con los grupos alzados en armas. El proceso de paz con el M-19 se planeó y se desarrolló en el marco de la institucionalidad democrática y no es este el momento de descalificar o de cuestionar a quienes se acogieron a él y están actuando con las reglas de juego establecidas. Más que un exguerrillero, que ni él mismo niega serlo, Petro, como en su momento lo hicieran Antonio Navarro y otros más, apostó por las elecciones para llegar al poder. Pero también es un mensaje para quienes los descalifican por su pasado, como si las reglas de juego y las leyes no fueran para cumplirlas.
Otro mensaje que deja la contienda electoral en la capital del país es que las campañas negativas, basadas en el desprestigio del contrincante, en la estrategia de “votar en contra”, no están surtiendo efecto. Prueba de ello son Galán, Parody y el propio Petro, tres indiscutibles ganadores, quienes no cayeron en la trampa del todo vale en política.
De otra parte, el 15,3% de los votos en blanco en las elecciones para el Concejo de Bogotá son una constancia de que más de 300.000 bogotanos no están satisfechos con el accionar de esta corporación. Participaron en elecciones para manifestar su inconformismo con una institución que no cumplió una de sus principales funciones, que es ejercer control político.
Más allá de lo obvio que resulta afirmar que las elecciones son uno de los pilares de los sistemas democráticos, y las del pasado domingo son una prueba fehaciente de ello, la democracia es mucho más que esto. Muchos colombianos se quejan, no sin razón, de que los políticos sólo aparecen en época de elecciones para pedirles el voto. Y que una vez electos, se olvidan de ellos, desaparecen y vuelven a buscarlos cuatro años después. Esto contribuye a aumentar la desconfianza que los ciudadanos sienten en relación con los políticos y los partidos y refuerza su desapego frente a éstos.
La democracia representativa no se agota en el voto. Para que cumpla sus propósitos, los elegidos deben rendir cuentas sobre sus actuaciones, comenzando por el cumplimiento de sus propuestas electorales. Para esto se deben fortalecer los mecanismos de evaluación y monitoreo, garantizar el derecho de acceso a la información pública y promover los mecanismos de participación y control ciudadano. Estos son algunos de los retos del nuevo alcalde de Bogotá, que junto con garantizar la independencia de los poderes y de los órganos de control, así como la primacía de los criterios de meritocracia para seleccionar a sus colaboradores, van a poner a prueba el voto de confianza que los bogotanos han depositado en él.