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Me asustan los museos monumentales como el Louvre o el Británico. Son tantas las cosas que se supone que no puedo perderme que al entrar me enfrento literalmente a enormes galerías donde abundan obras que no tienen precio. Me da cierto beriberi, por decir algo, y me causan un desasosiego incontrolable. No me ocurre lo mismo con los museos pequeños, tranquilos, que invitan a mirar con calma trabajos de arte sin el tumulto de los grandes, donde todos los turistas que llegan, por ejemplo, a París quieren ver la Mona Lisa. El caso es que a 30 metros de donde habito hay uno de esos pequeños museos emblemáticos construido hace muchos años. Del que hablo está especializado en arqueología, tiene una enorme sala sobre Egipto y con cierta frecuencia ofrece exhibiciones temporales de gran contenido histórico.
El día había sido tenso, lleno de pequeños y grandes problemas. Por eso me salí temprano para sumergirme en un tema del que solo había oído el nombre: Nínive. La historia habla de una gran ciudad en el territorio del Imperio asirio que en algún momento fue su capital. Se menciona su esplendor y grandeza, que en el año 700 a.C. fue la urbe más grande del mundo, pero curiosamente el tiempo se hizo cargo de borrarla. Aparece en los textos bíblicos y se ve mezclada, entre otras, con la famosa historia del profeta Jonás y la ballena.
Aquí la cuestión fue con Biblia en mano y una adaptación mía sobre el contenido del relato. Dios (Jehová) encomienda a Jonás la tarea de ir a predicar a Nínive para buscar el arrepentimiento de la población, el ejército y su rey, pero el profeta se hace el que la cosa no es con él. No obedece el mandato divino, decide cambiar de dirección y se embarca rumbo a Tarsis, pero se desata una tormenta y la tripulación teme un desastre. Rezan a sus dioses sin que la tempestad se calme. Finalmente preguntan a Jonás, que se ha instalado en el fondo del barco, qué deben hacer y para su sorpresa él les dice que lo deben echar al mar para que la borrasca se acabe. Lo lanzan al agua, que comienza a calmarse, y Jehová envía un animal enorme, presumiblemente una ballena, que se traga al profeta. Durante tres días y tres noches —así lo dice la Biblia— permanece orando. Dios da la orden al inmenso animal para que lo escupa y finalmente llega a Nínive para darles el mensaje: “La ciudad será destruida dentro de 40 días”. El resto de la historia se completa con una desavenencia, descrita en el Antiguo Testamento, entre el profeta y Dios, a quien Jonás acusa de haber sido misericordioso y no haber cumplido con la destrucción.
En aquellos tiempos Asiria cubría un territorio inmenso, desde el golfo Pérsico hasta el Mediterráneo. Llegó a tener subyugado incluso al Imperio egipcio, que les debía pagar impuestos como todos los otros territorios conquistados.
Antes que convertir este escrito en alguna reseña histórica de poca monta, lo que busca es llevarlo por un momento a la fértil área entre los ríos Tigris y Éufrates hace casi unos 3.000 años. Entre verdes campos y montañas ondulantes se encontraba la impresionante ciudad de Nínive donde vivían los reyes asirios. Imagínese sus murallas, palacios, templos y monumentos. Sus jardines con plantas y animales exóticos. En sus calles el trasiego de caravanas de camellos que ayudaban a fortalecer el comercio dentro y fuera del imperio eran una realidad. Dios hacía parte de la vida cotidiana, donde mandaba y desmandaba.
El antiguo Imperio asirio, que no tiene nada que ver con la Siria actual, se preparó para la guerra desde la época de su independencia en el siglo 14 a.C. Fortaleció su ejército que llegó a ser el más poderoso de la región, compuesto por generales crueles que infringían cualquier castigo a los perdedores en sus batallas, como sacarles los ojos, descabezarlos y colgar el trofeo a la vista para que fuera admirado por los suyos. A punta de batallas y una crueldad sin límites, su milicia logró la expansión del imperio. Disciplinado y con el uso de la tecnología de ese momento, el hierro, creó armas y escudos altamente eficientes que ayudaron a ganar batallas para dominar territorios y civilizaciones.
Sin embargo, el uso de la crueldad y la fuerza les pasó factura. Algunos de los últimos reyes no tuvieron el “entusiasmo” para acabar con otras civilizaciones y el imperio se fue abajo. Comenzó a decaer hasta que en el 612 a.C. se derrumbó y la importante y bella ciudad de Nínive fue arrasada hasta la última piedra.
En el YouTube hay una descripción digital de Nínive bastante interesante, así como escenas y labrados en piedra que muestran vestigios de una civilización, pero el tiempo y las guerras se ensañaron con lo que fue esta bella urbe de la antigüedad.
YouTube:
Que tenga un domingo amable.