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Por razones circunstanciales me mandaron a que comprara unos aceites para la piel a una tienda donde había rebajas.
-Señorita, ¿tiene aceites o cremas para…?
Inmediatamente la vendedora me empezó a enseñar todo tipo de marcas y texturas. Se tomó el trabajo de darme una lección sobre los diferentes productos.
-Por ejemplo, este aceite ayuda a suavizar la piel de las manos y es sensacional para la cutícula.
Y ahí comencé a meter la pata.
-Señorita, ¿pero se lo puede echar uno en todo el cuerpo?
Miró hacia arriba como pidiéndole ayuda al Santísimo y obvio no hubo respuesta. Tragó saliva y prosiguió:
-Esta se llama mojito mágico.
Lo que asocié con un aperitivo o coctel. Nada que ver con la realidad. Esto me recuerda algo que me sucedió el otro día.
Resulta que llegué a casa y mi mujer me explicó que había comprado unos productos de Aloe Vera, que se suponen que son la misma mano de Dios. Con suma claridad me indicó que un frasco contenía el jabón, o sea uso externo y se quedaría cerca a la ducha, y el otro era un aceite para tomarse una cucharadita cada dos días, que guardaría en la nevera.
Por razones que todavía no sé explicarme, le comenté:
-Ríete de lo sabroso y lo bien que me sentó el Aloe Vera que tenemos en el baño. Con dos cucharadas sentí una energía muy especial.
Arqueando los ojos.
-Veamos Aparicio: repito lo que me dices, que te engulliste no una sino dos cucharadas del Aloe Vera que está cerca a la ducha, ¿correcto?
Di un sí afirmativo con gran orgullo. Y añadí:
-Además las cucharadas eran soperas.
-Nuevamente Aparicio, lo que te tomaste NO es para uso interno, es jabón, oye bien, jabón, y si no estás echando burbujas por todo los lados es un milagro. Pero te advierto, comerte el jabón no es bueno, por favor pon atención a lo que te digo.
Mi alma de gorila regañado me impulsó al lenguaje corporal y actitud, para decir que no lo volvería hacer.
Un día decidí regalarle un vestido a nuestra hija. Nos citamos puntualmente en Ámsterdam. Después de visitar varias tiendas, algo nervioso porque no se tomaba una decisión. Llegamos a una donde se midió 17 vestidos. Me entró una especie de yeyo y susto. Se me ocurrió que la policía vendría y me sentaría en un banquillo para que contestara con claridad qué hacía yo con una mujer joven, bonita, viéndola exhibir todos estos atuendos.
Mi hija me adivinó el susto.
– Papi, tu tranquis. Es normal, las mujeres necesitamos tiempo y calma para no decidir.
Agradecí la aclaración pero no me quitó el susto:
-Vayámonos de esta tienda, no sea que el dueño o las que atienden decidan echarnos.
La verdad es que a las mujeres, fuera de ser superiores a nosotros, les gusta oler, ver y probar lo que les van a tratar de vender, discutir sobre las propiedades, los beneficios a largo plazo, mientras que nosotros buscamos lo que llamaríamos el 3 en uno; es decir, para ilustrar el punto, regresando al tema original, la dependienta cada vez que me ofrecía un producto, mi única pregunta era: ¿Se puede utilizar en todo el cuerpo?
Con cara de: No me joda. ¿No entiende que el aceite para la cutícula no se lo puede aplicar en las nalgas? ¿No entiende? ¿Difícil para ustedes los hombres no?
Ya la comunicación con la vendedora se había perdido. Con una cara de “qué aburrición venderle a este gorila, sin pasión por los productos sensacionales que tengo” me dejó a mis anchas y como en cualquier supermercado comencé:la crema de mojito, un aceite tranquilizante, un armonizador por si acaso -y el resto-.
-¿Se le ofrece algo más al señor? preguntó con mirada de «este tipo no entiende nada”.
-¿De verdad no tiene uno que sirva para la cutícula y todo el cuerpo? – insistí-.
-Aquí tiene su cuenta. Gracias por venir – o sea no vuelva-.
El you tube muestra algo sobre los días del verano y cómo los holandeses en canales y terracitas de café disfrutan de este momento estival. Que tenga un domingo amable.
Enrique Aparicio Smith – Julio 2015