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Felipe el hermoso

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Cuando Margarita y Blanca ponen cuernos reales y el Vaticano pasó a despachar desde la ciudad de Aviñón.

Estamos en el siglo XIII. Felipe el Hermoso o el Rey de Hierro, está en la cúspide del poder en Francia. Un rey cuyas decisiones no eran discutidas: eran ley. Pero la grandeza del reino no era gratis. Felipe se metió a pelear en muchos frentes.

Solía decir “Debo recordaros que es necesario proteger al reino” -lo que significaba que había que sacar billete de donde fuera para pagar las broncas y platos rotos que ocasionaban las «diferencias» de opinión con otros monarcas europeos. En ese sentido no tuvo agüeros en caerle a instituciones que podrían suminístrale ingresos. Léase Iglesia católica, judíos y templarios.

***

Decidí escoger dos sucesos totalmente diferentes uno del otro pero que marcaron el reinado de Felipe.

Los todopoderosos no solo lidian los problemas macro, como diría algún economista, sino también los trapos sucios de la familia. Comencemos por esto último.

Felipe tuvo tres hijos y una hija. Ella fue reina de Inglaterra, aburrida hasta la médula pues su esposo no tenía mayor interés en el sexo opuesto. El mayor, Luis de Navarra, el Obstinado, con una personalidad blandita que no podía emular a su padre, se casó con Margarita de Borgoña. El segundo, Felipe V de Francia, el Largo, contrajo nupcias con Juana II Borgoña. El tercero, Carlos IV de Francia, el Hermoso, se esposó con Blanca de Borgoña.

La historia cuenta que tanto Margarita como Blanca decidieron ponerle una cornamenta a los hijos del Rey y con gran imaginación las criaturitas se organizaron un nido de los buenos en la torre de Nesle, un viejo monumento en las afueras del París de ese entonces (siglo XIV) donde hacían ticky-ticky con dos apuestos escuderos, los hermanos Aunay hijos de familias nobles.

El caso es que, con ayuda de otros súbditos, el Rey los descubrió y dado que se consideró delito de lesa majestad por estar metiendo mano en lo que no era de ellos, ordenó su ejecución, misma que tuvo lugar en la plaza pública donde los descuartizaron no sin antes pasar por las torturas disponibles del momento para dejarlos bien muertos. A mis niñas las hicieron pasar por todo tipo afrentas. Ambas fueron encerradas en el Castillo Gaillard, una fortaleza poco atractiva, fría y lúgubre. Allí les asignaron un guardia y a cada una un cuarto.

A Margarita, quien supuestamente permanecería prisionera por adulterio (hubiera sido la Reina de Francia), según las malas lenguas le duró la cárcel hasta que su esposo, en un ataque de rencor, la mandó a estrangular. Blanca se salvó por un pelo después de arrepentirse hasta la saciedad y terminó en un convento de clausura. Todo ocurrió en el año 1314, en el que el gran Rey de Hierro, Felipe, murió.

El otro suceso que me llamó la atención fue que el poder de la Iglesia se trasladó a Aviñón durante 70 años (1309-1378). Una bella ciudad en la Provenza francesa. Desde allí 7 papas despacharon asuntos “espirituales” y terrenales. Esta figura surgió porque originalmente en el cónclave a la muerte del papa Bonifacio VIII, Roma exigió que el Papa fuera italiano, lo que estaba en contra de los intereses del Rey de Francia y de otros. La historia nos dice que Roma eligió un Papa y, digamos, los inclinados por las ideas del Rey de Hierro eligieron otro: Clemente V, quien optó por ubicar la sede de su papado en Aviñón.

Las peleas y bulas entre los dos papas, Roma y Aviñón, donde se desautorizaban y se excomulgaban, fueron el pan de cada día. El Papa con sede en esta bella ciudad terminó por mantenerse, obviamente respaldado por el Rey de Francia. Allí se construyó el famoso Palacio de los Papas, cuya fachada podrán ver en el You Tube que tomé.

Solo para darse cuenta de la enormidad de poder del papado, abajo verán una lista de las viandas de la fiestecita que organizaron para celebrar la coronación de Clemente VI en 1342.

Lista:
118 bueyes, 1023 corderos, 101 terneras, 914 cabritos, 60 cerdos, 69 quintales de tocino, 1500 capones, 3043 gallinas, 7428 pollos, 1195 ocas, 50 mil tartas, 6 quintales de almendras, 2 quintales de azúcar, 39 mil huevos y 95 mil panes.

Sin ser católico, pero sí admirador de Francisco, todos estos banquetes que hasta hace poco se celebraban en el Vaticano, por alguno u otro motivo, claro sin tanto buey ni capón, se acabaron supongo yo.

Parte de la información la obtuve de los libros escritos por Maurice Druon y parte porque estuve en Aviñón, donde visité el famoso Palacio de los Papas. Un monumento al gran poder “espiritual” de una iglesia que había perdido el Norte.

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