Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
Qué me voy ir a India a ver gente pobre y caminar calles malolientes. Este trabajo es para el “huevón” de Julito, pensó Armando cuando abrió la carta.
La Empresa de sistemas BVBVX de Bangalore, India, le envió la información para asistir al curso de un mes incluido con la compra del programa para el manejo de datos de la inmensa compañía inmobiliaria de Armando en Bogotá.
La ignorancia absoluta de los que rebuznan por la cabeza y no por la boca, tienen la idea fija que el mundo termina en algún club de golf Bogotano, donde a todo el mundo le hacen venias. Bangalore, un imperio de IT, tratado como algo maloliente y sin nada que ofrecer. Por eso fue que Julito, así lo llamaban en la empresa – quien a brazo partido sacó adelante la profesión de ingeniero de sistemas- terminó en un avión con destino a India. Con una humildad mal entendida por su entorno familiar y de trabajo, fue el designado para irse por un mes a Bangalore a finales de un noviembre. De origen muy campesino, mantenía esa actitud que era interpretada por muchos como alguien inferior, dispuesto a servir y nada más. El «bobo propio», el que se puede mandar a donde sea y no protesta.
Las 27 horas de vuelo Bogotá – Bangalore lo habían demacrado hasta el punto de parecer un cadáver hecho hombre. En Colombia quedaron su mujer, Teresa, llena de dinero y matronuda, quien se dejaba meter mano del «mejor» amigo y Pedrito, su hijo de 20 años prendido a la teta de su mamá. Julito sólo contaba para llevar dinero a casa.
De gran estatura, cejas pobladas y un buen físico si no fuera por las horas del viaje a Bangalore y algo más flaco de lo normal, producto de las largas horas de trabajo y las comidas congeladas que su mujer le dejaba cuando llegaba a altas horas de la noche, después de trabajar como «el bobo propio» de la empresa. El sexo fue una palabra que desapareció en el diccionario de la pareja. Su única diversión era el viernes cultural donde se tomaba unas cervecitas con gente de la oficina y pare de contar. Comidas solitarias. Dicen que quien come solo muere solo. Julito ya habría muerto solo muchas veces y por la única razón que no estaba en ese lugar era porque estaba todavía vivo.
El calor en Bangalore era abrumador ese 28 de noviembre. Pasó el control de pasaportes, recogió la maleta y salió a buscar el letrero de la empresa BVBVX. Para su sorpresa quien sostenía el letrero era una mujer menudita, bonita, con un vestido de usanza india, un sari, rojo, de seda fina. El pelo negro peinado hacia atrás, las cejas delgaditas, tratadas con gran delicadeza, unos ojos que lo miraban todo y un puntico rojo en la frente, coqueto, fueron un impacto. Julito no supo qué pasó en ese momento.
Aditi no fue extraña a esa misma sensación primera. Hija de una familia noble, cuyo rastro era un colmillo del elefante preferido de su tatarabuelo y nada más. Ninguna historia de grandes riquezas. Había roto la sacrosanta ley de no casarse con la persona elegida por sus padres. Fuerte, segura de sí misma, convencida que antes que esclava, mujer libre y sus consecuencias. Su padre lloró por el ojo izquierdo ante la familia de quien hubiera sido su esposo, pero por el derecho apoyó a su hija. Cuestión de negociación. Aditi era su vida.
-Mira Julito o Julio, tu nombre no se me acomoda pronunciarlo, no lo siento. Si no te importa, mientras estés en Bangalore, ¿te puedo llamar Harsha?
Julito respetuoso y en su inglés aprendido por las noches en una escuela de lenguas en el centro de Bogotá, le respondió:
-Sí señorita, como usted guste.
Aditi lo dejó en el hotel The Oberoi, sitio elegante escogido por la empresa en el centro de la ciudad. Al día siguiente, lo invitó a un pequeñito restaurante de comida típica, a nombre de la empresa. Harsha, o sea Julito, aceptó como siempre, con humildad genuina.
-Aquí la comida es llena de especias. Te advierto Harsha que pueden modificar tu espíritu y tu forma de pensar. Probarás sabores que nunca has soñado que existen.
-Señorita, como usted diga.
-Harsha, por el amor de Dios, dime Aditi. Me haces sentir muy lejana, como si estuviera diciéndote algo malo. Yo Aditi, tu Harsha ¿Está claro?
Sólo fue pronunciar la siguiente frase: «Bueno Aditi» y todo cambió. El Julito, el «bobo propio» de la empresa, pasó a ser alguien con alma, con vida.
El curso consumía parte del día y los paseos, en las horas libres, por Bangalore y sus templos, de la mano de Aditi se fueron yendo muy rápido.
Aditi apareció en la tarde de un día tropical.
-Harsha te invito a mi apartamento, esto no es usual en la India pero quiero hacerte una comida de nuestra región.
Ni pronunció palabra. Llegó a las 9 de la noche, como usualmente ocurre en India. Le pidió quitarse los zapatos. Fue recibido con un té Chai, una bebida con especias. El ambiente con olor a madera de sándalo llenaba la atmosfera. Aditi espectacular, perfumada con agua de rosas, lo invitó a sentarse en unos cojines de seda alrededor de una mesa muy bajita para comer los diferentes platos.
-Oye Harsha, el vestido estilo Nehru que tienes te luce –. Un cumplido para alguien quien nunca los recibía.
-Fue el que me sugeriste que comprara en el mercado cerca a tu empresa. Mira Aditi, mi curiosidad por la India se ha vuelto insaciable.
– Y no sabes lo que te espera – le dijo con un tono de voz de premonición positiva.
La cena fue una lenta caricia, sin afán, donde Aditi le fue explicando que se comía con la mano y sólo con la derecha. La cena continuó. En forma casual le mostró un álbum de los templos donde se observan figuras centenarias mostrando el amor y el sexo como parte de un proceso entre lo divino y lo humano. Las diferentes formas y posiciones fueron iluminando la imaginación. Lo que en un principio comenzó con una situación normal fue cediendo a la ternura del sexo.
Una vez terminada la cena, Aditi apagó las luces de la sala, dejó cuatro velitas pequeñitas acompañadas por el olor de madera de sándalo. Se excusó por un momento. En unos pocos minutos llego desnuda, donde la silueta era reflejada en una pared de la sala.
-Ven, no sé qué me ha pasado pero siento que hemos coincidido, nos hemos vuelto a reunir después de cientos de años. Tengo la sensación de que te estaba esperando.
A partir de esa noche Aditi y Harsha no pudieron separarse. La imaginación y claridad de dirección de vida fueron inevitables. Harsha aprendió que el sexo existía y además podía ser parte de la vida, algo permanente, amable.
Bangalore, India, otro mundo, otra comida, otra gente. Harsha se encontró con Harsha. Entendió que la comida no tenía que ser el vómito de un microondas, que podía ser algo esmerado lleno de sabores y especias diferentes cada día. El recuerdo de los años de soledad del que come solo muere solo, se derrumbó, dejó de existir en la memoria.
Harsha había logrado, por contactos de Aditi, un buen puesto en una empresa que crecía exponencialmente. La oferta en principio fue durante las horas libres luego por más tiempo. Su físico de cadáver de 1.90 paso al de un hombre con ganas de vivir, alto, simpático, seguro de sí mismo.
Un día Aditi le pidió que regresara temprano a casa. El tono tenía algo de sorpresa, de expectativa nada fácil de adivinar. La penumbra de la tarde, el olor de las especias, el incienso, llevaban a presentir algo importante.
Aditi lo invitó a relajarse. Primero con un té Darjeeling, pero antes de hablar vio que Harsha tenía la mirada perdida en algún otro espacio del tiempo.
-Mira -le dijo Harsha- estoy viviendo algo muy extraño, necesito que me ayudes. Recibo correos como estos y le mostró el iphone y a continuación le tradujo:
“Hola Julio: Aquí lo estamos esperando. Cuénteme que le pasa. Saludos, Teresa.”
“Estimado Julio: La empresa lo está necesitando aquí. Nos tiene preocupados, no hemos vuelto a saber de usted. Armando Gómez. Presidente.”
-Sabes Aditi, para mí ya son nombres lejanos y situaciones fuera de mi mente que me preocupan pues no las reconozco, no sé quiénes son.
-No te preocupes. Son gente que se equivocó de destinatario. Oye lo que te voy a contar: Vas a tener un hijo. Me entiendes Harsha, India ya es parte de tu vida.
You tube sobre algunos sitios de Bangalore.
Que tenga un domingo amable