La soledad del escritor

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Es difícil describir o más bien entender la soledad de quienes escriben. La exposición de ideas frente a un lector es un acto que implica cierta desnudez, donde las opiniones externas pueden afectar a quien escribe. Por eso para meterse en este lío de investigar y escribir es necesario tener una piel gruesa.

Para consolación de algunos, a muchos famosos en un principio les rechazaron sus obras pero finalmente lograron un éxito enorme.

Según cuentan, la escritora de Harry Potter, J.K. Rowling, no fue aceptada por grandes editoriales y finalmente el director de la pequeña editorial Bloomsbury aceptó la publicación de su primer libro por el ruego de su hija de 8 años. El famoso libro “El espía que regresó del frío” de John Le Carré fue despreciado por una importante editorial porque consideraron que el escritor no tenía ningún futuro. Y así les pasó a muchos otros autores famosos como William Faulkner, George Orwell y Stephen King.

La soledad inducida

Tengo un amigo, a quien le daremos un seudónimo, obvio, lo llamaremos Ricardo para efectos de este artículo.  No se lo presento a mucha gente para luego no tener que disculparme con frases como: “Bueno, es que Ricardo es así, una personalidad muy especial, pero les aseguro que no volverá a suceder.”

En fin, lo conozco desde la primaria y como soy un buenazo –así mis hermanas opinen lo contrario–, le aguanto cualquier barbaridad que diga.

“Sabe Aparicio, a usted no le pone un comentario bueno nadie, ni siquiera su familia.  Sólo yo lo pongo por compasión.”

O sea, lanza directa al ego.  El que uno no esté preocupado por si lo aprueban aquí o allá es una cosa, pero que mi familia ni una miradita al esfuerzo, es otra.  La verdad nunca me había preocupado por las  alabanzas, pero esto era un golpe bajo. 

“Le apuesto que en el próximo artículo no hay uno solo ‘me gusta’. Va a ver” –me dijo con sorna Ricardo.

Me levanté el domingo temprano.  Lo primero que hice fue abrir el computador.  Ni una sola aprobación, ni una.  Armé inmediatamente discurso para mi mujer: “Nuestra relación se está resquebrajando. La decadencia del trato entre casa ha comenzado.  Ni siquiera las pequeñas muestras de mi profundo saber intelectual son apreciadas en esta pareja. Se acerca el tsunami de la indiferencia…”

Con esto deprimo a cualquiera, me dije.

Bajé y encontré un mensajito en la cocina: “Hola, como te dije ayer, voy a ver a mis amigas que están de visita en Holanda.  Pasaré con ellas todo el día. Descansa. Besos.”

Dios mío, las posibilidades se están acabando, por lo menos las más seguras. Volví a la carga. Preparé discurso para mi hija: “Quiero que sepas que en algún momento todo ese esfuerzo de tu padre será reconocido. Que llegada la hora, mi nombre y mis letras habrán tenido eco en la sangre de mi sangre.  Que si hoy fuera nuestra última conversación, mi sonrisa sería permanente al saber que me lees, que no sólo oyes la voz de mis palabras sino…” Más claro no canta un gallo. Hasta yo comencé a llorar.

Con el discurso en la punta de lengua la llamé:

-¿Hola hija, cómo vas?

-Papi bien, me tengo que ir para un ensayo ahora.  Te quiero mucho.

-Oye pero espera, un momento.

-¡Papi! Te juro que cuando termine hablamos.

-Bueno… ok… sí, claro…te quiero mucho… si…

La cosa se estaba poniendo mal. La siguiente opción era mi hijo. Repetí el mismo discurso, se me escurrió una lágrima.  Estaba listo.  Llamé.  El contestador me informó que estaba de vacaciones y volvería en una semana. ¡Se me había olvidado!

Escribir no es fácil, especialmente si se quiere ser honesto con uno mismo y con aquellos para quienes escribe.  Como diría algún político: “Soy yo y mis circunstancias, o sea íngrimo”. Quedar en manos de la crítica, cualquiera que sea, es el primer error.  Es un camino largo y muchas veces no se ve luz en el túnel, simplemente no se ve nada.  El esfuerzo de escribir una novela y conseguir quién se interese, después de noches y días de lucha consigo mismo, duele y  con los lectores que te van a juzgar aun más.  Por fin llega a una editorial que como gran favor acepta leerla y luego recibes un mensaje con palabras de cajón, pero en el fondo te están diciendo que el manuscrito es basura, lo que te deja en un desbarajuste mental y emocional del que es difícil reponerse.

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Saliéndonos del tema, hay un lugar en Holanda, realmente no sé si existe algo similar en Colombia, que se llama el “El ático de los libros”, donde la gente, en lugar de botar libros que ya leyó o que no le interesan, los entrega a este sitio donde pueden ser retirados por gente interesada sin que tenga que pagar un centavo.  Obvio tienen un sello donde indica “Prohibida la venta”.  Es un servicio enorme a la comunidad y de paso ayuda a quien quiera ilustrarse.  Reciben libros en todos los idiomas y de cualquier tema. La organización es administrada por voluntarios.

En el You Tube verá una toma corta de este sitio.

Que tenga un domingo amable.

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