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Nos conocimos en una reunión social de esas en que te sientes perdida. Que no conoces al dueño de la casa o, más bien, lo conoces por ser amigo de tu amigo, y así terminas en una mezcla de risas falsas, oyendo historias que no te interesan y tratando de esquivar a los que les gusta meter mano.
Pero Gustavo era diferente, un tipo con gracia, buena labia y clase. Con unos ojos verdes que desde que me miraron me produjeron ganas de hacer el amor. Y así fue. Venía de una sequía preocupante o, más bien, un desierto; de un verano que estaba acabando con las únicas flores que tenía en mi alma y ahora eran unos cactus.
Ya estaba pensando seriamente si lo mejor no sería considerar la vida conventual. Algo espiritual mediocre, entregando mis sentimientos de mujer a una inhóspita melancolía de aspirar a algo sin lograrlo. Pero por los misterios de las circunstancias apareció Ojos Verdes.
La idea obvia ante tanta intensidad fue el sagrado vínculo para sellar nuestras promesas. Claro, sin ningún rito ni compromiso religioso. El sello eran nuestros momentos de crudeza, cuando la parte animal era la que hablaba y decidía. Ese sentimiento que muestra que el amor no es algo delicado, sino un conjunto de chillidos y respiraciones profundas.
Nuestra casa era la de dos ejecutivos pudientes. Cuando nos dijeron que ninguno de los dos podría tener hijos, lo tomamos como si no fuera un problema. La vida fue adquiriendo su tempo, en el que Gustavo lo que primero preguntaba era qué íbamos a comer. El beso de saludo comenzó a escasear. Las experiencias con otros hombres me llevaban a insistirle que el beso de saludo debía ser con ganas, sutil y de cierta manera sexual. Es claro que estaba trayendo otras experiencias a mi nueva vida, lo que contribuía a derrumbar nuestra relación, pero lo tomé como parte de lo que soy y no puedo evitar.
La espontaneidad, la creatividad que permiten crecer a la pareja, no se dio. Para peor de colmos, los famosos Ojos Verdes ya no parecían tan verdes y se me ocurrió que los loros tienen los ojos así. Sí, señor, un loro es lo que tengo en la casa.
En esa niebla mental, donde lo emocional sucumbe a épocas pasadas, comencé a oír una frase que me machacaba, que me dejaba sin respiro, y que el Loro incluyó con frecuencia en sus expresiones cuando le preguntaba algo: “Tú verás”. En buen romance: “Haz lo que quieras, es tu problema, es tu responsabilidad. Yo no tengo nada que ver con tu decisión”.
El tiempo juntos, en lugar de mostrar calidad, salvo que hubiera amigos que animaran la reunión, iba mostrando su cara más dura. “Tú verás”. Comencé a pensar que yo era otro mueble de la casa. Al principio fue algo sutil, quizás absurdo, pero me sentía como una cómoda, un armario.
Cualquier pulga se volvía un elefante. Y la famosa frase: “Tú verás” fue apareciendo con más frecuencia.
Al Loro y a mí nos pasó lo que a toda pareja que entiende que ha llegado el momento de hablar, de ventilar los problemas, de buscar un arreglo a la situación y, como toda pareja, hicimos una cita dizque para hablar, o sea para decirnos “por qué yo tengo razón y tú no”.
Nos citamos en un restaurantico discreto de Bogotá y conseguimos una mesa discreta, un momento discreto y pedimos algo discreto de comer. El instante llegó. Inicié la conversación con todo un contenido sobre la pareja, sobre nuestra relación. Fue algo muy corto, mostrando mi angustia por lo que estaba pasando. Era el anzuelo para que el Loro se explayara, dijera todo lo que tenía adentro. Hubo un silencio, como si cada cual repasara sus errores y aciertos. De pronto el Loro abrió la boca y salieron sus ideas. Lo único que dijo fue: “Tú verás”.
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Como no encontré un loro ojiverde, recurrí a una toma de una cacatúa que hice hace varios años que estaba de ayudante en el bar de la estación de trenes de Ámsterdam.
Que tenga un domingo amable.
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