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Caricaturas violentas

Ernesto Yamhure
10 de enero de 2009 – 10:00 p. m.

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EN ENERO DE 2006 EL JYLLANDS Posten, diario de mayor circulación en Dinamarca, publicó una serie de doce caricaturas sobre el profeta del Islam. Las dichas representaciones mostraban, entre otras, a un Mahoma cuyo turbante era una bomba a punto de detonar.

La reacción del mundo árabe no se hizo esperar. El director del periódico, Carsten Juste, publicó una carta en la que presentó disculpas ante quienes se hubieran sentido insultados, pero ratificó el derecho del autor de las caricaturas a expresarse libremente, de acuerdo con las leyes danesas. La crisis rebosó los límites de la cordura. Hubo ruptura de relaciones entre algunos países musulmanes y aquella nación nórdica, a la vez que algunas representaciones diplomáticas y consulares de ese país fueron consumidas por las llamas causadas por una rabiosa turba que creyó que con ese tipo de actos vandálicos limpiaría la mancillada dignidad de su fe.

El conflicto fue más allá y de él no se salvó la economía danesa, que se vio fuertemente sacudida luego de que la Liga Árabe decidiera prohibir la comercialización de productos fabricados en el país donde habían sido publicadas las imágenes de la discordia. El gigante Arla, mayor fabricante de productos lácteos de la Unión Europea, casi se va a la quiebra como consecuencia del “embargo” impuesto.

Fueron muchas las reuniones que tuvieron que llevarse a cabo para lograr pasar la página de este episodio. Cumbres del más alto nivel entre gobernantes árabes y representantes de la Unión Europea se hicieron necesarias para ponerle fin a una crisis que por poco termina en una guerra propia del choque de las civilizaciones que teorizó el profesor Samuel Huntington.

A pesar de los incendios, de los atentados, de los insultos de parte y parte, la libertad de expresión terminó imponiéndose. Gracias a ese episodio, volvió a retomarse el eterno debate sobre la libertad a que tiene derecho el periodista o el caricaturista de poner en el papel lo que le plazca, sin hacer mayores valoraciones de orden cultural o religioso.

Esta semana ese asunto volvió a caldear los ánimos, no de los musulmanes, sino del presidente de la Federación de Cafeteros, quien a raíz de la publicación de una caricatura de Mike Peters en la que efectivamente atentó contra la marca Juan Valdez al relacionarla con los crímenes atroces que cometen los grupos ilegales colombianos, decidió presentar una demanda por veinte millones de dólares en contra del autor de la infamia.

Los cafeteros difícilmente lograrán salirse con la suya. Es muy probable que, al igual que en el caso de Dinamarca, el juez de los Estados Unidos considere que la libertad de expresión del caricaturista no puede ser restringida, cerrando así un asunto más en esta interminable discusión sobre los límites que debe tener la prensa a la hora de publicar sus noticias, columnas o caricaturas.

Importante recalcar la diferencia en los procedimientos. Mientras los musulmanes ofendidos con el Estado danés apelaron a las vías de hecho, los cafeteros colombianos han dado muestra de gallardía al hacer valer sus derechos a través de los canales legales establecidos. Paradójico que en este caso podamos decir, a nuestro favor, que algo va de Cundinamarca a Dinamarca.

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En dos días se acabará el período del procurador Maya Villazón, un hombre tremendamente fanático que no supo establecer diferencias entre las obligaciones propias de su cargo y los odios e inquinas personales que lo enceguecen. Bien ido sea este funcionario.

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