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Cuba libre

Ernesto Yamhure
22 de febrero de 2008 – 06:19 p. m.

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Los sectores más insensatos del exilio cubano en Miami recibieron con desbordado gozo la dimisión del agonizante Fidel, creyendo que a partir de la fecha ese famélico país abrirá sus puertas para que el mundo ingrese a él.

Una cosa es pensar con el deseo y otra muy distinta es la realpolitik de Bismarck. Todos aquellos que profesamos los más caros principios demócratas, anhelamos una Cuba insertada en los mercados mundiales, garante de los derechos civiles y respetuosa de la voluntad popular, manifestada a través del voto libre y secreto.

Los defensores de la satrapía castrista recurren al lugar común de que si bien es cierta su pobreza económica, Cuba cuenta con una cantera académica, científica, deportiva e intelectual. Tal vez sea así, pero no se puede olvidar que esos grandes atletas, médicos, pensadores y profesores fueron construidos sobre unos cimientos de ejecuciones sumarísimas, de desapariciones, de encarcelamientos eternos que rememoran a aquellos que Víctor Hugo inmortalizó en Los miserables y, muy por encima de todo ello, del hambre de un pueblo indignado, vituperado y humillado que impotente ha tenido que ver cómo sus mujeres se prostituyen por un pedazo de pan.

Valiente revolución la que ha tenido que padecer esa triste isla que una noche de año nuevo, jubilosa le dio la bienvenida a un montón de barbudos que habían derrocado a un dictador no menos corrupto que Castro, quien, según la revista Forbes, posee una fortuna de novecientos millones de dólares producto del control absoluto que ejerce sobre los centros de distribución de alimentos y los laboratorios médicos. Poco va de Rojas Pinilla, Tacho Somoza o Papa Doc a Fidel. Igual de tropicales y de ladrones.

No es oportuno hacerse falsas ilusiones. Con la renuncia del dictador, las cosas seguirán en el mismo punto. El hambre persistirá, las limitaciones se mantendrán, los encarcelamientos de los opositores continuarán, ahora bajo la batuta de Raúl, quizás más sádico, más inhumano y más bárbaro que su hermano mayor. Por ahora, la única Cuba libre que conoceremos es la que preparan los bartenders.

Qué trágicas resultan las revoluciones. Quienes las enarbolan, les pintan pajaritos de colores a sus seguidores. Fidel, a su llegada a La Habana el 8 de enero de 1959, pronunció un eterno discurso —como todos los suyos— en el que aseguró que “engañar al pueblo, despertarle engañosas ilusiones, siempre traerá las peores consecuencias”. Tres meses después de esas tranquilizantes palabras, firmó la primera ley de reforma agraria, que ordenaba la expropiación de tierras en la Sierra Maestra.

Los aláteres revolucionarios que sospecharon de las verdaderas intenciones comunistas de Fidel, fueron desaparecidos o encarcelados. Los intelectuales que apoyaron el derrocamiento del corruptísimo Batista fueron empujados al ignominioso exilio cuando se atrevieron a criticar algunas medidas del nuevo gobierno. Y los cínicos de siempre son capaces de vender a esa empresa del crimen organizado como una revolución ejemplar, digna de imitación.

Mientras todo esto sucede, la isla continuará siendo guarida para algunos terroristas colombianos que allá han recibido calor de hogar y cariñoso abrigo para que sus salvajes crímenes, por los que algún día tendrán que responder, continúen en la más infame y desafiante impunidad.

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Esta semana, nuestro Ejército sufrió un duro revés. Respetuosos de la majestad de la justicia, debemos rodear a nuestros militares y que el fallo del caso de Jamundí no menoscabe la confianza que los colombianos depositamos en ellos. Son nuestros soldados de tierra, mar y aire, hombres de honor que merecen nuestro respeto, pero sobre todo, nuestra magna admiración. Que este mal momento no baje la moral de nuestras victoriosas tropas.

ernestoyamhure@hotmail.com

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