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A VECES ME PREGUNTO QUÉ TAN INsensible es nuestra sociedad frente al drama del secuestro y no encuentro una respuesta que me serene. Hay ocasiones en las que me hago el de la vista gorda o, simplemente, como el avestruz, meto mi cabeza en la tierra para no hacerle frente a esa tragedia que agobia a tres mil familias.
Son personas de carne y hueso, con sueños, con frustraciones, a quienes un día cualquiera, en el momento menos esperado, unos encapuchados resolvieron quitarles la vida sin matarlos. Sus esposas, hijos, padres, hermanos, amigos. Sus trabajos, proyectos, ilusiones. Todo, absolutamente todo va a parar al agujero negro en el que se ha de convertir la existencia de un secuestrado.
Tanto nos hemos acostumbrado a ese inclemente flagelo, que los libros de quienes estuvieron plagiados y han retornado a la libertad se venden como pan caliente. No se trata de novelas, ficción o realismo mágico; son relatos de miserables vivencias que ningún ser humano merece padecer.
Está el caso de un secuestrado cualquiera, colombiano, con treinta y pico de años, exitoso en su profesión. Vivía fuera del país, trabajando, haciendo su vida junto a una esplendorosa esposa. Un día cualquiera resolvió volver, quería hacer empresa, traer hijos al mundo en medio de su familia, cuando de repente fue sacado del camino. Perdió ese regalo de la vida que se llama libertad.
Por él salimos a marchar el 4 de febrero. Las calles se vistieron de blanco y el silencio fue roto por una demoledora consigna: ¡No más secuestros! Los captores no lo oyeron o, peor, no quisieron oírlo. Entonces, volvimos a movilizarnos el 20 de julio. Millones nos unimos y acompañamos a su esposa y a sus padres. Todo pasó y él sigue privado de la libertad. La soledad continúa, pero lo que no saben los responsables de este sufrimiento es que su iniquidad jamás podrá avasallar a la esperanza.
No se trata de lanzar o repetir frases efectistas. Claro que a todos nos duelen los secuestrados, sabemos que tenemos que hacer lo que esté a nuestro alcance para que regresen al seno de sus familias. Por supuesto que rechazamos esa criminal práctica. Nada de eso es novedoso. Pero a veces hace falta detenerse, reflexionar un poco, mirar al cielo y elevar una oración por ellos. Decirles desde lo lejos, así no los conozcamos, que acá los estamos esperando y que entre todos, sin distingos de credo o militancia política, vamos a ganar la batalla por la libertad.
La esposa de un secuestrado, cuya vida se convirtió en esperar días, tardes y noches, esta semana nos recordó que su esposo también cumple años, tiene Navidades y años nuevos. La incertidumbre la está matando. No saber cómo está, qué come, cómo duerme hace que su fuerza se desvanezca, mientras los captores se frotan las manos tasando el precio que tendrá que pagar por volver a abrazar a quien más ama en este mundo.
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Ese cuento de que el Gobierno está manipulando a HH para que no hable, yo no me lo creo. Si esas supuestas intenciones fueran ciertas, no habría necesidad de mandarle mensajes a través de sus defensores, porque la solución es mucho más sencilla. Me explico: si el Gobierno quisiera callarlo, simple y llanamente lo extradita y punto. HH está jugando sus cartas con astucia, pues está preparando el terreno para evitar que lo extraditen.
Claro que con tantas mentiras, el tiro le puede salir por la culata. Primero, está el episodio de la famosa fosa que fue abierta frente al fiscal de la CPI y que resultó ser una tumba de guerrilleros de las Farc muertos en 1985. A eso, se sumó el cuento chino de que César Mauricio Velásquez estaba maniobrando de forma non sancta para que en sus declaraciones ante la Fiscalía le salvara el pellejo a X persona. Con ese tipo de movimientos, el viaje de HH a la tierra del Pato Donald será inminente.