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Paz a la finlandesa

Ernesto Yamhure
17 de octubre de 2008 – 11:53 p. m.

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Y ERA CIERTO QUE LOS DENOMINAdos “comités de apoyo” por la liberación de Íngrid Betancourt estaban jugados por que el premio Nobel de Paz fuera a parar en las manos de su líder.

Tenían listo el escenario de la celebración en un céntrico hotel parisino y con anterioridad habían despachado un comunicado de prensa agradeciendo la designación. Llegaron al extremo de ponerla a hablar ante el Parlamento Europeo un par de días antes de que en Oslo se revelara el nombre del nuevo Nobel de Paz.

Pero se quedaron con los crespos hechos. Íngrid es una víctima. Si se quiere, es el símbolo del sufrimiento de miles de personas que padecen las aberraciones que implica un secuestro. Su última imagen en cautiverio, le dio la vuelta al mundo y difícilmente podremos olvidarla. Pero de ahí no pasa. Ella, que se sepa, no le ha hecho ningún aporte a la paz del mundo.

Caso contrario el del señor Martti Ahtisaari, ex presidente finlandés ganador del Nobel de Paz de este año.

Su carrera política y diplomática ha girado en torno a la paz. Fue Comisionado de las Naciones Unidas ante Namibia; participó activamente en el proceso de paz de Sur África, donde cumplió un papel definitivo hasta el punto de que en una sesión de la Comisión de la  Reconciliación y Verdad se reveló que en un momento determinado un sector radical del CCB había ordenado su muerte.

Cumplida su misión en el continente africano, Ahtisaari regresó a su país y con el apoyo del partido Socialdemócrata fue elegido presidente, cargo que ocupó hasta comienzos de 2000.

Culminada su gestión como Jefe de Estado, fundó el Crisis Management Initiative, un centro de estudios cuyo objetivo es hacerle aportes a la paz internacional. Desde allí, con el apoyo decidido de la Unión Europea, sentó las bases para que en 2005 el Gobierno de Indonesia y los líderes del movimiento independista de ese país, GAM, negociaran la paz de una guerra sangrienta que durante décadas desangró a la provincia de Aceh.

Mientras en Colombia el Congreso definía los últimos detalles de la ley de Justicia y Paz, partiendo de la base de que los crímenes atroces no pueden ser ni amnistiados ni indultados, en las afueras de Helsinki, el expresidente Marti Ahtisaari terminaba de pulir un memorando de entendimiento avalado por la Unión Europea y en virtud del cual se le ponía fin a la guerra secesionista de Indonesia. Vaya sorpresa: el acuerdo incluyó, entre otras cosas, amnistía e indulto de los crímenes cometidos por los desmovilizados del Gam  quienes, a su vez, quedaron facultados para participar en política. Acuerdo bastante parecido al que alcanzó Colombia con el M-19, el Epl, Quintín Lame y demás a comienzos de la década pasada. Todo a favor de los victimarios en detrimento de la verdad, la justicia y la reparación a la que tienen derecho las víctimas.

Es cierto que la negociación con las Autodefensas no tuvo el bombo internacional del proceso de Indonesia, ni que en él participaron personas de los quilates del señor Ahtisaari, pero puede haber la certeza de que en el caso colombiano se alcanzaron metas que ni siquiera el nuevo Nobel de Paz logró, como ubicar a las víctimas en un lugar preponderante.

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