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Uribismo en tiempos de Santos

Ernesto Yamhure
23 de junio de 2010 – 10:32 p. m.

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HAY QUIENES CREEN QUE EL PRIMER acto de gobierno de Juan Manuel Santos será la traición a Álvaro Uribe; que va a entregar a su antecesor como cuando Herodes el tetrarca, para halagar a su hijastra, puso sobre una bandeja de plata la cabeza de Juan el Bautista.

Se nos antoja recordar al barón de Holbach, famoso por la agudeza de sus sentencias, cuando aseguraba que la traición suponía una detestable cobardía. Juan Manuel Santos dispondrá de los destinos nacionales, consecuencia del favor de la gran masa uribista que el domingo pasado emitió su voto por la fórmula que alcanzó nueve millones de votos, cifra que refleja poco menos del 70% del total, una colosal votación nunca antes registrada.

Aquel resultado no significa que el próximo gobernante esté pignorado ante Álvaro Uribe, pero sí estará atado, y bien atado, al uribismo. Digamos también que el próximo presidente podrá gobernar con su equipo y con su propio estilo, pero si en efecto quiere posicionarse como el sucesor de la seguridad democrática, tendrá que mantener la vigencia del discurso uribista.

El nuevo presidente está apostándoles a los dos períodos y él, a pesar de su inexperiencia en materia electoral, es un buen calculador de la política. Como el santismo no existe, sabe que su subsistencia al frente del gobierno depende de Uribe y, claro, del uribismo.

Equivocados están quienes le hacen barra a la inminente traición de Santos. No creo que él se preste para una miserable jugada en ese sentido. Con total convencimiento considero que la ingratitud no forma parte de su talante.

Hay muchos liberales, de esos que se metieron a última hora a la coalición ganadora, interesados en poner a pelear a Uribe y Santos a través de rumores y chismes dañinos.

También hay algunos santistas que le han aportado ingredientes al sancocho. Personas de la entraña del nuevo presidente que utilizan irrepetibles adjetivos cuando se refieren a Uribe, sus colaboradores y amigos.

Aquello resulta tan desconcertante como la actitud del villano que corteja a una hermosa mujer y a los pocos días de conocerla le monta un ridículo numerito de celos, con amenazas, pataletas y demás. Como diría una adorable y distinguida amiga: En fin…

Por el bien de la continuidad, de la tranquila y efectiva sucesión, se hace necesario que se le baje al tono y se cercenen los rumores sobre la supuesta división entre los presidentes saliente y entrante.

Los problemas de Colombia son de gran calado, razón por la que resulta incomprensible que los líderes políticos dediquen su tiempo a peleas inanes, que además tienen un insoportable tufo de revancha liberal.

Grandeza y humildad se espera del nuevo gobierno. Que ejerza el amplísimo mandato que recibió el pasado domingo con mano dura frente a los vagabundos mafiosos de las Farc. Su deber consiste en culminar la colosal obra iniciada por Álvaro Uribe, sin olvidar que llegó al poder porque el pueblo lo tenía perfectamente identificado como el candidato de la continuidad.

Aferrado a ese entramado ideológico que conocemos como uribismo, Juan Manuel Santos logrará hacer una verdadera y eficaz sucesión. El pueblo lo aplaudirá y la oposición no tendrá mayor capacidad de acción.

Santos lo tiene todo para hacer un excelente gobierno. Cuenta con el respaldo de las indiscutibles mayorías, con un equipo de tecnócratas difícilmente superable y con la bendición de Álvaro Uribe Vélez. Juan Manuel es el dueño de su destino; está en sus manos la administración del mismo.

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Quince miserables días, que en la práctica son ocho, no sirven de excusa. La vida es una sucesión de apuestas, muchas de ellas intrépidas que, por supuesto, resultan alucinantes.

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