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Cuando yo era chiquito, decir mamar gallo era pecado mortal. ¡Lávese esa jeta, boquisucio!, se enfurecía mamá Julia, la mamá de mi mamá. Y yo corría a lavarme los dientes con jabón Lucero, enemigo mortal de la manteca. En cambio, mamar gallo suena hoy a clave de wifi. Lo que es la vida, según canta Felipe Pirela.
Gracias a Gabriel García Márquez la gente empezó a descubrir el mamagallismo en la literatura hispanoamericana. Guillermo Cabrera Infante, Caín de caínes, en Cuba. El inconmensurable Jorge Ibargüengoitia, en México. Augusto Monterroso, en Guatemala. Sergio Ramírez con su inspector Dolores Morales, en Managua, Nicaragua, “donde yo me enamoré”. David Sánchez Juliao o Ramón Illán Bacca, acá en la Colombie. Joaquim Machado de Assis y las Memorias de Blas Cubas, en Brasil maravilloso. Julio Ramón Ribeyro o Juan Manuel Robles, limeños extremos. Jorge Luis Borges, Julio Cortázar o Leopoldo Marechal, en Buenos Aires. Nicanor Parra, antipoeta. Una lista incompletísima, azarosa y feliz, autores vivos o muertos, cuasidespreciados por su heterodoxia, eso sí, narradores de alcurnia.
También ha habido y hay escritores solemnes, pagados de sí mismos, que se toman la literatura en serio, fundamentalistas, diaristas de nimiedades, endiosados, fatuos o mediocres por los siglos de los siglos. (Me reservo nombres para no herir susceptibilidades).
En España brilla un mamagallista insigne: Eduardo Mendoza Garriga. A los 79 años escribe como un culicagao travieso, inteligente o socarrón. No exagero: su obra es monumental. Desde su primera novela, La verdad sobre el caso Savolta, pistolerismo de principios del siglo XIX en su amada Barcelona, Ciudad Condal, hasta la última, Transbordo en Moscú, con las disparatadas aventuras y desventuras de Rufo Batalla, Mendoza ha hecho una novelística de sarcasmo, curiosidad y deseo. Imposible sustraerse a su encanto. A veces, parece Alexandre Dumas en El conde de Montecristo o Los tres mosqueteros. O Lecram en Sodoma y Gomorra. Y siempre él mismo, mamagallista insigne.
A mí me encanta Eduardo Mendoza. Más aún: lo confieso: es el novelista contemporáneo al que quisiera parecerme: irónico, perspicaz, impasible, consciente de que la literatura es una evasión para entretener, no para joderles el ocio a los lectores con sermones o moralinas. Sabe combinar ficción y realidad. Léanse, por ejemplo, Riña de gatos. Madrid 1936, en donde José Antonio Primo de Rivera y Sáenz de Heredia, tercer marqués de la Estrella y fundador de la nefasta Falange Española, sufre en carne propia el escarnio y las vicisitudes de la vida ordinaria. Ahora bien, si quieren ficción con ficción, lean sin demora El asombroso viaje de Pomponio Flato, su novela más hilarante para mi gusto de gato goloso, y entenderán a cabalidad por qué la risa es remedio infalible.
Ahora estoy terminando de leer La ciudad de los prodigios, su versión sobre la bella época de Barcelona entre las exposiciones universales de 1888 y 1929. Narra la vida de Onofre Bouvila, una especie de Thomas Shelby, capo di tutti capi en Peaky Blinders. Etcétera, sin spoilers. ¡Una novela capital!
Rabito: “—Hágase en tal caso la voluntad de Dios —dijo el carpintero.
“—¿De qué dios estás hablando? —aduje impacientado por su abúlico fatalismo—. Vosotros tenéis un dios. Nosotros, en cambio, tenemos muchos, y si se cumpliera su voluntad nos pasaríamos la vida fornicando”. Eduardo Mendoza. El asombroso viaje de Pomponio Flato. 2008.