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Don Eduardo Mendoza, Premio Cervantes 2016, cumplió 82 años ahorita el 11 de enero. ¡82 años y escribe como un chiquillo rebelde, iconoclasta, insolente, mamagallista! En su más reciente novela, Tres enigmas para la Organización (Seix Barral, 2024) derrocha humor, inteligencia y finura narratoria. No voy a hacer de espóiler, pero les anticipo que se c… de risa, dicho sin ninguna literalidad. Es un esperpento repleto de ridiculeces, ingeniosidades, guiños o malabarismos argumentales. Ridículo es lo que hace reír, y Tres enigmas… es un paradigma del sarcasmo de Eduardo Mendoza, que se burla de todo mundo, incluso de él mismo.
Hace poco, en la primavera del año 2022, nueve agentes secretos de una ambigua organización de inteligencia y contrainteligencia se ven envueltos en un caso requetecomplicado en Barcelona. ¿Quiénes son estos próceres? La señora Grassiela, Monososo, el nuevo, el jorobado, Pocorrabo, la Boni y Buscabrega, más el pertinaz o maldito taxista y el jefe: tracamanada de pícaros con suerte que se mueven en los bajos fondos hasta solucionar, por decirlo de algún modo, los tres misterios. Llevo tiempos leyendo a don Eduardo: desde las novelas serias, digamos, hasta las extravagancias detectivescas pasando por las sátiras despiadadas contra lo contemporáneo y lo antiguo. Para mí, su libro más burletero (¡!) es El asombroso viaje de Pomponio Flato, 2008, donde no deja títere con cabeza. Conocí su obra por mera bibliomancia.
Según el Diccionario de la Lengua Española, la bibliomancia es una “forma de adivinación que consiste en abrir un libro por una página al azar e interpretar lo que allí se dice”. Es un juego muy divertido y/o veraz. Por ejemplo, uno abre al azar Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez, y casi al instante adivina que va a leer Pedro Páramo, de don Juan Rulfo. Después abre al azar Pedro Páramo y en seguida tiene el pálpito de que tarde o temprano va a leer Mientras agonizo (As I Lay Dying), de William Faulkner. Y si luego abre una página al azar de Mientras agonizo presiente que se le viene encima la lectura de Winesburg, Ohio, de míster Sherwood Anderson, patrón de patrones. ¡Tal cual! También puede ser un entretenimiento azaroso: si uno lee a Juan Gabriel Vásquez sabe que no necesariamente leerá a Ricardo Silva Romero. O, mejor aún, si uno lee a Piedad Bonnett con toda seguridad comprende que jamás (¡jamás de los jamases!) leerá a Carolina Sanín, je, je, je. Así, esta adivinación caótica o aleatoria me llevó de Eduardo Mendoza a Jorge Ibargüengoitia con su espléndida novela Estas ruinas que ves, 1975, en México, y al argentino Osvaldo Soriano con Triste, solitario y final, 1973, y al incomparable samario-barranquillero Ramón Illán Bacca con sus encantadoras Deborah Kruel,1990, y La mujer barbuda, 2011.
Todos ellos mamagallistas sin escrúpulos, sabedores de que la literatura es el territorio inexpugnable de lo real maravilloso. ¡Siempre! Mamar gallo es una dicha en todos los sentidos. Es la senda que hace 420 años trazó don Miguel de Cervantes Saavedra con El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha. Diosas y dioses, líbrennos de la solemnidad y la moralina y las teocracias laicas en la ficción. ¡Larga vida a los Eduardo Mendoza de este mundo!
Rabito: “La verdad no tiene doblez: dice lo que quiere decir y ya está. En cambio, las mentiras tienen muchos significados y la gracia está en encontrarles el más revelador”. Eduardo Mendoza. Tres enigmas para la Organización. 2024.