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Con una semana cargada de noticias anticipadas, los colombianos nos estamos enfrentando a retos interesantes en materia económica. Con la subida de las tasas de interés por parte del Banco de la República, el mensaje para los ciudadanos es claro: Hay que apretarse el cinturón.
Si pudiera describir macondianamente lo ocurrido en la semana pasada en materia de decisiones económicas, lo llamaría: Santiago Nasar, es decir aquel protagonista de Crónica de una muerte anunciada, una de las mejores piezas literarias –a mi gusto– de Gabo. Me explico: Cuando se predecía la decisión de la FED de subir las tasas de interés interbancario, los demás bancos centrales, en especial los de las economías emergentes, permanecían expectantes de tomar una decisión consecuente. Casi que era una verdad a gritos; sin embargo, había decisiones más urgentes que tomar previas a la réplica, la que finalmente ocurrió.
En el caso colombiano, muchos serán los retos para 2016. El ciclo económico largo derivado de la dependencia de materias primas, en especial del petróleo, ha hecho que el déficit fiscal siga con una escalada peligrosa. Lo peor del caso es que las expectativas con relación al precio internacional del crudo muestran una tendencia a la baja, es decir que aún no ha llegado a su precio más bajo. Consecuentemente, el precio del dólar, por su nefasta correlación con el precio internacional del petróleo, seguirá mostrando su tendencia alcista.
La consecuencia de esto es que, muy a pesar de las decisiones del Banco de la República en materia de tasas de interés, la inflación seguirá creciendo. La explicación lógica de esto es que con una economía tan globalizada como la colombiana y con una marcada devaluación, los insumos de los productores nacionales seguirán su tendencia alcista. Por ello, la consecuencia inminente es que los productores nacionales tendrán que tomar decisiones relacionadas con el incremento de sus precios para el consumo interno. La respuesta del mercado será consecuente: O compro más caro o no compro. Lo que normalmente ocurre es que si es un producto de consumo masivo, no habrá otra opción diferente que la de comprar.
Ese mismo productor nacional tendrá que recurrir entonces a estrategias de mercadeo que le permitan no disminuir las ventas. Asumiendo que las ventas crezcan, otro de los retos será el costo laboral. Si bien existen brechas grandes en la determinación del salario mínimo, lo cierto del caso es que el incremento para 2016 será muy superior al de 2015, es decir el costo laborar, al igual que la devaluación, seguirá coadyuvando a la creciente inflación.
Por supuesto, del lado de los consumidores, un incremento justo sería lo más conveniente. Ello podría corregir la disminución del poder adquisitivo de los ciudadanos, el cual en los últimos ocho meses se ha venido disminuyendo como consecuencia de los incrementos de los productos importados. Así pues, la ausencia de producción nacional con insumos ciento por ciento nacionales seguirá generando un caldo de cultivo para la inflación. Dicho esto, las decisiones, tanto para los consumidores como para los productores, deberán ser estratégicamente analizadas.
Me parecen justas entonces las medidas paliativas del Banco de la República. No obstante, sigo insistiendo que el Estado colombiano clama por una planeación estratégica con reformas estructurales que le permitan cambiar la dependencia de productos primarios y por el contrario se incentive la productividad, el emprendimiento y la innovación en lo no convencional. Amanecerá y veremos.