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De acuerdo con las cifras dadas a conocer por el Banco de la República, la inflación en Colombia sigue en cuidados intensivos.
Al parecer las medidas tomadas por el Banco – a mi gusto muy acertadas – no las ha asimilado aún la ciudadanía y además se han visto opacadas por los efectos colaterales del fenómeno del niño.
La junta directiva del Banco de la República, en su última sesión, tomó la decisión de incrementar las tasas de interés de intervención en 25 puntos básicos (6,5% actualmente). Esta decisión se fundamenta en varios aspectos. El principal de todos es que pareciera que las decisiones anteriores de la junta no fueron suficientes para ponerle freno a la creciente inflación, la que en febrero se situó en 7,59%. Sin duda, estamos a merced no sólo de las decisiones del banco central en materia de incremento de tasas de interés sino también de las decisiones que tomemos todos los ciudadanos en materia de consumo, en pro de coadyuvar a frenar la escalada de la inflación.
Hay que reconocer que uno de los principales propiciadores de la inflación alta es la caída del precio internacional del petróleo. La correlación nefasta de este precio con la devaluación del país es inexorable. La devaluación le está pasando la factura a la producción nacional, y ésta a su vez se traslada a los precios de los productos de consumo, producto de la balanza comercial negativa. Sobre este aspecto poco o nada se puede hacer, ni siquiera con medidas de política monetaria, pues los precios internacionales dan respuesta a variables exógenas, esas que nadie controla, ni siquiera la OPEP. Pero como no sólo es el petróleo el causante de la creciente inflación, debemos sumarle también el fenómeno del niño, el cual ha conllevado no sólo a escasez del preciado líquido sino también nos está llevando al borde de un apagón y peor aún es otro de los aspectos que generan inflación.
En este contexto, se pueden rescatar algunas noticias reconfortantes aunque paliativas. Lo primero es que el precio del petróleo tímidamente ha rebotado. Con ello, observamos un repunte de la apreciación del peso, la que sin duda nos da una mano en materia de inflación. Con esto y con la fuerte dependencia de los hidrocarburos, las expectativas de riesgo país descienden y nos dejan en mejor posición para la foto de las calificadoras internacionales de riesgo. Así mismo, la tasa de desempleo urbano se recuperó significativamente donde uno de sus principales impulsores fue Bogotá.
Por su parte, el indicador de ventas al por menor (excluyendo vehículos), de producción y despachos de cemento, y de producción industrial, registraron aumentos.
Otro asunto rescatable es que la FED (Banco Central de Estados Unidos) sostuvo la tasa de interés de referencia y aumentó la probabilidad de que el endurecimiento de la política monetaria en ese país se dé de forma más lenta. Con esto se puede inferir que los capitales foráneos mantendrán su política de inversión en mercados emergentes donde resalta Colombia. Es por esto que se hace necesario que el Estado colombiano vigile de cerca no sólo la política monetaria tendiente a controlar inflación sino también que ejecute un plan de choque de cara a minimizar los riesgos de una baja en la calificación por parte de las agencias internacionales.
De la inflación se dice que es el impuesto más costoso que pagamos los ciudadanos, pues cuanto más se incrementan los precios de los productos básicos más gastamos. Al no haber incremento de nuestros ingresos, los precios altos llevan al traste cualquier alternativa de ahorro y antes por el contrario nos conduce a endeudarnos. Así las cosas es necesario que planeemos de mejor forma nuestro presupuesto, así no sólo contribuimos con nuestras finanzas sino que le damos una mano al Estado en su intento de frenar la inflación, la que necesariamente seguirá en cuidados intensivos.