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Me he cruzado últimamente con algunas personas que, como yo, le han cogido fobia al celular. Coincido con ellos en la jartera que nos produce estar, en teoría, disponibles 24/7, como si uno fuera una droguería, médico, policía u hospital.
Precisamente por esta fobia al celular, que es aun peor a la que les tengo a las culebras (ofidiofobia), es que he decidido consultarle a la Real Academia de la Lengua Española (RAE) si ya acuñaron la palabra que defina la fobia al celular. Me han dicho que no, todavía. Que por ahora tienen la palabra nomofobia, que es el susto a salir de la casa sin el celular.
Por lo pronto diré entonces que padezco de telefonofobia. Y no crean que eso no tiene varias manifestaciones que van más allá de la simple palabra. Diría que tiene síntomas clínicos que les describiré, para ver si alguno de ustedes sufre de esta dolencia.
Me produce una tremenda angustia cada vez que llaman de un número desconocido. Y fuera de eso me trastorna que no dejen mensaje de voz. Fuera de eso me emberraca que todos crean que debemos contestar e insisten. Qué mamera.
Ni hablemos del maldito Whatsapp, red social que, contadas excepciones, solo sirve para perturbarle a uno el día. Las excepciones son cuando escribe alguien con temas concretos, como el médico, el contador, la secretaria o el odontólogo. Para temas precisos.
Pero no, la gente, cuando no tiene nada que hacer quiere hacerlo con uno por esa red. Preguntas güevonas como ¿hola, qué haces?, ¿cómo estás? ¿Qué ha pasado?, ¿Cómo sigues? me pueden reventar de la rabia. Uno no tiene que contestar nada de eso. Yo no lo hago.
La otra vez alguien me preguntó algo así: Hooola, (lo que denota afán) qué hacesss? Me dio tanta rabia que le contesté: hoooola, estoy cagaaaaaando. Nunca más, gracias a Dios, me volvió a escribir.
Qué es esa pendejada que la gente ya no llama. Le aseguro que a todo el mundo le sobran minutos, pero no. Se cuelgan a una red wifi y escriben porque les sale gratis. Fuera de todo, chichipatos.
Aparte de eso el celular ha acabado con las relaciones personales. Hace un par de semanas me reuní con amigos a los que había llamado para que nos viéramos. Logré cuadrar un almuerzo. Llegamos al restaurante, nos saludamos y empezamos a hablar. No habían pasado dos minutos cuando todos, menos yo, se pusieron a chatear. Fuera de adictos, imbéciles. Les pedí que dejaran el celular y no fueron capaces por más de tres minutos. Y seguían en las mismas.
Monté en cólera, me paré de la mesa y me largué, no sin antes decirles que me resultaba muy perturbador que no fueran capaces de hablar y mantener una conversación personalmente. ¿Habrá algo más aburridor que eso?
A mí el celular, en vez de generarme nuevas amistades, me ha llevado a limitarlos. Mi círculo cercano de amigos y mis familiares saben de mi fobia y me llaman a mi casa.
Así, pues, que algunos quedan notificados: no me escriban porque no voy a contestar. Si me llaman y no contesto, dejen mensaje. ¡O ábranse!