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Antes de conocer los resultados del viernes, y con 54 años que tengo, les confieso que no recuerdo haber vivido momentos tan maravillosos como los que nos ha hecho sentir nuestra selección Colombia.
Momentos de gloria, de grandeza, de honor por sentirnos colombianos en un país que por arte de magia y por el desempeño de nuestros muchachos pasó de la apatía a la felicidad en tan sólo un par de semanas.
Eso demuestra que sí podemos unirnos en torno a las cosas buenas, que no queremos más odios y rencillas, que no queremos más insultos y trinos destemplados, que no queremos más recriminaciones inútiles.
Como colombiano no puedo menos que agradecerle al profesor Pékerman y a esos 23 jugadores que me han arrancado lágrimas, que me obligaron, por fortuna, a ponerme por primera vez la camiseta de la selección Colombia, que me hicieron echar madrazos de emoción.
Jamás pensé que me fuera a conmover un partido de fútbol y mucho menos que sintiera mi corazón latir como si estuviera a punto de un infarto. Cada bailadito de la selección, cada jugada de James, de Cuadrado, de Teo, cada estirada de Ospina, cada sonrisa de Quintero, me han hecho creer que tenemos muchas razones para alegrarnos y para pensar en grande.
No sé ustedes, pero a través de estos muchachos entendí que Colombia no es nada distinto que un país con falta de propósitos comunes, que se ven enredados en los odios y en la guerra que nos ha tocado vivir por más de 50 años. Yo quiero que mis hijos vivan en un país en paz en donde quepamos todos, sin racismo, sin exclusiones, sin rencores. Y todo eso lo han logrado nuestros futbolistas, que nos han enseñado a pensar en grande, a jugar como equipo.
No puede ser que no hayamos aprendido esta lección de grandeza que nos han mostrado estos muchachos de la selección, grandeza en sus triunfos y sus derrotas desde que empezaron sus entrenamientos para llegar como grandes al Mundial de Fútbol. No tengo sino palabras de agradecimiento por cada segundo en los que sentimos la mejor cara de Colombia, de su mejor gente.
Se vale soñar, soñar en grande, y esa lección la hemos aprendido de unos jóvenes exitosos que nos han dado una lección a los viejos como yo, que no hemos oído sino palabras de odio y el ruido ensordecedor de las balas y las bombas.
Siempre recordaré este Mundial como aquel en que, a través de nuestra selección, entendí que los colombianos somos grandes cuando nos organizamos en equipo y trabajamos en la misma dirección. Gracias, muchachos, gracias, profesor Pékerman, porque nos han dado lecciones que espero jamás olvidar.
Con el corazón arrugado y conmovido, como no recuerdo jamás, sólo puedo decir que a mí me cambiaron para siempre y que jamás pensé que alguna vez pudiera gritar con toda mi energía un gol. Qué bonito es soñar despiertos como nos han hecho soñar los jugadores de nuestra selección.
Gracias, muchachos, porque han puesto a delirar a un colombiano que hacía mucho tiempo solo tenía pesadillas.