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Qué vaina con los H.P.

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Otra vez, aduciendo normas de carácter constitucional, el Gobierno les aumentó el salario a los parlamentarios.

Entre otras cosas, en un porcentaje mayor de lo que les subió el sueldo a millones de trabajadores el pasado 1º de enero. Un “honorable parlamentario” (H.P.) se quedó ganando $29 millones en cifras cerradas. Por supuesto, esta decisión desató, y con razón, la rabia de muchos colombianos que no entienden las razones por las que un congresista se pueda ganar tanto dinero si trabaja menos que cualquier otro de sus conciudadanos. Ellos y ellas (como diría Piedad Córdoba) trabajan de martes a jueves y tienen descansos de más de tres meses al año. Los demás colombianos asalariados, entre los que me encuentro, trabajamos como unas mulas y sólo tenemos 15 días hábiles de vacaciones al año.

El salario mínimo, cerca a los $700.000, apenas les alcanza a los trabajadores colombianos para medio subsistir en condiciones muy precarias.

Por supuesto que esas comparaciones producen escozor, además de ira. Los H.P. tienen además primas de salud, vivienda y transporte, las cuales demandé hace unos años y las que fueron declaradas ilegales por el Consejo de Estado. Y el Gobierno, sin entender todavía cómo, expidió un decreto devolviéndoselas, pasándose por la faja las sentencias del máximo tribunal de lo contencioso administrativo. Eso, aparte de ser un eventual delito por haberse abstenido de cumplir sentencia judicial, es una afrenta en contra de las providencias de los jueces y, por supuesto, de los demás colombianos. El ministro de Hacienda, a quien respeto, no ha dado todavía las explicaciones del caso, y no lo va a hacer jamás.

Debo advertir que conozco algunos parlamentarios decentes (pocos, eso sí). Pero la gran mayoría no sólo han pasado de agache frente a este nuevo aumento de sus salarios, sino que además utilizan su posición para sacarles tajada a los proyectos de ley. Para nadie es un misterio que una campaña para el Senado puede costar entre cinco y 7.000 millones de pesos. Esa platica se recupera fácilmente negociando artículos que favorezcan a alguien. Casos hay muchos y notables.

El Congreso Nacional, a donde asisten estos H.P., se convirtió hace muchos años en una cloaca, pues ya superó con creces el cuento de Alí Babá y sus 40 ladrones. Entiendo que las democracias tienen un costo y uno de ellos es mantener su Congreso. Pero, claro está, en el caso colombiano es imposible no criticar a los H.P. que lo conforman, pues allí, como en botica, se ve de todo, desde gente proba hasta lo peor de la sociedad colombiana. Corruptos, narcotraficantes, tracaleros, etcétera.

Ahora bien, si usted pensó al leer al título de esta columna que yo iba a hablar de los hijos de puta, pues se equivocó. Entre otras cosas porque conozco muchos de esos y, sin lugar a dudas, me resultan más decentes y tratables que muchos y muchas de los mal llamados honorables parlamentarios, también conocidos dizque como “padres de la patria”.

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